Cine> Se estrena La villana, la película de superacción del surcoreano Jung Byung-gil
Matadora

En el principio era la Acción y la Acción era hiperquinética, desenfrenada, salvaje, imparable. Trompadas, patadas, algún cabezazo, disparos de armas de fuego, puntazos, sablazos, golpes con mancuernas. Y la Acción era sangrienta: sangre derramada, chorreada, salpicada; a veces espesa, otras más ligera. La chica pelea contra todos: un contingente de varias docenas de enemigos que suponen (cada uno de ellos lo supone, pobres de ellos) que una chica así, flaquita y sola, no puede hacer nada contra semejante poderío rival. Pero puede, como lo demuestra el final de la secuencia de apertura de La villana, la película del surcoreano Jung Byung-gil que viene cosechando elogios y disfrutando de un envidiable lanzamiento comercial en todo el mundo desde su presentación en el Festival de Cannes. No se trata, de ninguna manera, de un relato que brille por su originalidad. De hecho, en su esqueleto narrativo se acopian decenas y decenas de referencias literales y no tanto a otros cines, del pasado y también del presente, de las sagas femeninas de venganza a la japonesa, en boga en los primeros años setenta, a la mega acción made in Hong Kong que supo estallar una década más tarde, a la sombra del más tradicionalista universo del kung fu. De allí al desenfreno homicida de aquella Nikita que, hasta el día de hoy, sigue siendo uno de los mejores legados del devaluado francés Luc Besson. Y también al núcleo duro de la violencia descarnada del cine coreano más reciente, diseminado por el mundo gracias a uno de sus cultores más enfáticos, Park Chan-wook, en la que sigue siendo su creación más famosa: Oldboy. Tampoco se trata de una gran película: no se inauguran aquí lozanos caminos formales o se asiste al despertar de una nueva edad en el género cinematográfico del cual forma orgullosamente parte. A pesar de todo eso, La villana posee un brillo particular que hace que no pueda pasar desapercibida, una entrega sin pudores a los placeres viscerales de esa acción con mayúsculas, como así también a una idea de melodrama que el cine occidental, en gran medida, ha decidido abandonar hace rato para abrazar el verismo psicológico, esa paciente construcción que intenta casi siempre pasar por realismo.

En el principio era la Acción y la secuencia filmada en plano subjetivo que estalla durante los primeros minutos de proyección —y que parece tomada de un imaginario videojuego hiperrealista— es el resultado lógico de la era GoPro: la inmersión como grado sumo de la empatía física. Un golpe en la cabeza contra un vidrio espejado devuelve afortunadamente a la cámara y al espectador al otro lado, a una mirada ubicada a cierta distancia prudencial. A partir de ese momento, el relato dejará caer una serie de pistas que, como migajas en el camino, apilan y ordenan detalles de todo aquello que en el pasado comenzaba a configurar un posible futuro. Sook-hee (Kim Ok-bin, la actriz de Thirst, de Park Chan-wook) es detenida por la policía luego de la imposible masacre, pero, lejos del juicio y la condena, sus más que evidentes virtudes para la destrucción son redirigidas hacia una imposible agencia encargada de pulir y sacar lustre a potenciales asesinas por encargo (nunca quedará claro si se trata de un organismo gubernamental secreto o de la más oscura estructura paraestatal). Los primeros días en el más confidencial de los edificios sólo agregan confusión, de la heroína/villana y también de la platea: un intento de escape condenado al fracaso recorre en poco más de un minuto algunas de las habitaciones del sitio, aulas donde las futuras matadoras estudian y practican las artes de la cocina, el maquillaje o la actuación, armas de ocultamiento para el porvenir, cuando deban trasplantarse al exterior y adoptar una nueva identidad. La villana introduce en ese momento uno de sus temas centrales: la identidad como ente cambiante, el rostro como máscara, la personalidad en constante estado de mutación. El nombre del hongkonés John Woo es invocado así indirectamente: no es necesario recurrir al ejemplo literal de Contracara para recordar sus elaboraciones sobre los dobleces de la identidad, del enfrentamiento fatal entre amistades fallecidas, del amor transformado en el más visceral de los odios. Para Sook-hee el amor tiene dos caras: la de aquel hombre que la entrenó para someter y destruir al resto de la humanidad y amarlo exclusivamente a él y la del pequeño ser que ha comenzado a gestarse dentro suyo. Cuando llegue la hora de salir a escena, ese amor será una tabla de salvación posible en un mundo aún más violento y egoísta que el que había dejado atrás.

Sook-hee emerge nuevamente con intenciones de matar, pero el plan de vigilancia cercano sobre su persona debe necesariamente fallar para que las cartas resulten interesantes. Nuevamente, las identidades son creadas a imagen y semejanza de otras: un vecino joven y amable se acerca a ella con segundas intenciones, aunque no sean las que la nueva inquilina del edificio de departamentos imagina. La niña ha crecido y la posibilidad del amor (de diversas formas del amor) parecen estar a punto de florecer, siempre amenazadas por esa doble vida, usualmente nocturna, dedicada a la extinción. La villana también puede ser novia, pero como otras novias de la pantalla manchadas de sangre (la que vestía de negro y aquella otra que, muchos años después, se enfundaba en un apretado traje enterizo de color amarillo), en algún momento deberá teñir de rojo el virginal blanco de la tela. La lucha con espadas a bordo de varias motocicletas que corren a máxima velocidad por una avenida de Seúl es la más lograda de las notables escenas de acción de una película que no se cansa de ofrecer varios de esos momentos de intensidad audiovisual. En el intenso escape luego de un “encargo” -que remite, por los caminos del flashback, a un trauma del pasado esencial en el presente de la protagonista-, el realizador pone de relieve la humilde intención central de La villana: persuadir al espectador de que aún es posible sentir el frenesí de la catarsis física. Convencerlo de que el cine de acción, a pesar de las sornas recibidas, merece todo el respeto del mundo.