Ramiro Guggiari habla sobre su espectáculo Histórika
Salir del clóset escénico
En Heliogábalo, el anarquista coronado, el texto de Antonin Artaud acerca de la vida del emperador romano travesti del siglo III, el director encontró elementos para plantear “una alegoría de Cristina, Evita, el peronismo”. Puede verse en Xirgu Espacio Untref.
“Vivimos en una época de un reverdecer del odio fascista en la Argentina”, afirma Guggiari.“Vivimos en una época de un reverdecer del odio fascista en la Argentina”, afirma Guggiari.“Vivimos en una época de un reverdecer del odio fascista en la Argentina”, afirma Guggiari.“Vivimos en una época de un reverdecer del odio fascista en la Argentina”, afirma Guggiari.“Vivimos en una época de un reverdecer del odio fascista en la Argentina”, afirma Guggiari.
“Vivimos en una época de un reverdecer del odio fascista en la Argentina”, afirma Guggiari. 
Imagen: Bernardino Avila

“Quería salir del closet escénico”, revela Ramiro Guggiari, director teatral que, a los 32 años, comienza a encontrar su lenguaje. Sabe, en realidad, que la búsqueda no terminará nunca y que ésa es la gracia. No sólo es uno de los intérpretes de la notable Diarios del odio, dirigida por Silvio Lang, uno de sus maestros. En el verano optó por leer en profundidad a Antonin Artaud y conoció el texto Heliogábalo, el anarquista coronado, acerca de la vida del emperador romano travesti del siglo III, en quien encontró elementos para plantear “una alegoría de Cristina, Evita, el peronismo”. Eso es en parte Histórika (oda satírica), espectáculo que dirige en el Xirgu Espacio Untref (Chacabuco 875) y que se puede ver hoy y el próximo domingo a las 20.

Heliogábalo llegó al trono con apenas 14 años y a los 18 fue asesinado por la policía del palacio. Su reinado se caracterizó por lo que otros veían como excesos. Despertaba fanatismos y odios. Era homosexual, organizaba orgías, se vestía de mujer, se prostituía, quiso cambiar de sexo. Muchas cosas se dicen sobre él, pero en este caso lo que importa es lo que este joven director halló en el personaje –y en el ensayo de Artaud– para hablar de su tiempo. Según Guggiari, Heliogábalo desafió toda tradición religiosa y tabú sexual. “Famoso por sus fiestas y orgías, fue censurado por homosexual y por travesti descocada. Su aparición política constituye de por sí un acto performativo irreverente”, se lee en la sinopsis del espectáculo.

“Los historiadores eran como los periodistas de la época. Respondían al poder y escribieron historias denigrantes, exageradas y falsas. No es posible saber hasta qué punto eran verdad. De hecho, Artaud va y viene entre lo veraz y el delirio. En las narraciones cargadas de odio está todo lo que se necesita. Todo el cuento trata sobre el desborde, el exceso; su producción insumisa y desobediente”, asegura el dramaturgo a PáginaI12. En la original propuesta –“montaje de una leyenda marica”–, el mito de Heliogábalo funciona para condensar varios conceptos: la derechización de la población, el feminismo como la fuerza revolucionaria de estos tiempos y los futuros, el odio que producen los gestos públicos que se corren del canon. “Hay un tratamiento cómico en Histórika. A la vez, uno trágico. Porque es el mito del travesticidio originario, de la consolidación o del origen del machismo. Y hay mucho odio. Una pasión de odio antiperonista, anti k, racista, fascista, que se ve que es muy antigua. Y vivimos en una época de un reverdecer del odio fascista en la Argentina”, explica el director.

“Cuando los modos no son los del poder se produce una disrupción. Cristina produce escándalo, resulta insoportable, porque no es como debería ser una líder”, agrega. “Artaud dice que Heliogábalo fue sepultado, denigrado, proscripto y prohibido porque el valor que se había animado a sugerir era que cuestionaba la supremacía de lo masculino ante lo femenino. Es un ensayo feminista, que conecto con la política argentina reciente. Con el feminismo y la figura de Cristina, en gran parte denostada por ser mujer. El macrismo creó una contraparte: Vidal, que es todo lo contrario. Sumisa, cuidada y armada, como debe ser”, compara.

La sala de San Telmo, con su estilo arquitectónico de la tradición catalana, resulta ideal para este espectáculo en el que actúan Rosario Alfaro, Augusto Chiappe, Felipe Díaz, Martín Diese, Rocío Domínguez, Sofía Guggiari y Hugo Martínez. Hay música en vivo de Marcela Kaplan y Baltazar Oliver y destacados vestuario (Melisa Califano) e iluminación (David Seiras). La inevitable mutación “del Estado masculino, tradicional y conservador” hacia uno travesti es el deseo que actúa como trasfondo. Una canción de la rapera Sara Hebe –que da título a la obra–, discursos de la expresidenta y Néstor Kirchner, el cuento “El niño proletario”, de Osvaldo Lamborghini, un fragmento de Cachafaz, de Copi, y la película Paris is burning son otros materiales de los que se nutre este trabajo.

Al margen –o no–, Guggiari integra la Organización Grupal de Investigaciones Escénicas (ORGIE) y es performer en su primer proyecto, Diarios del odio, indagación escénica y musical dirigida por Silvio Lang. Está basada en un poemario que Roberto Jacoby y Syd Krochmalny elaboraron con comentarios de lectores de las ediciones digitales de Clarín y La Nación, publicados entre 2008 y 2015. “Obviamente, hay una influencia de Silvio en mi pensamiento. Me marcó. Estudié con él actuación y dirección. Creo que es uno de los pocos directores que es, a la vez, un pensador de lo escénico”, opina Guggiari, que se formó antes con Norman Briski, Stella Galazzi, Pompeyo Audivert, Juan Carlos Gené y Mauricio Kartun, y que es nieto de Eduardo “Tato” Pavlovsky.

En el camino transitado desde Verte llorar, y que abarcó obras como La isla de los niños, Complexión y La voluntad de los monstruos, este momento tiene un carácter especial. No sólo por el abandono de “una actitud representativa con respecto al texto”. “Quería hacer una obra contra mi neurosis teatral”, revela. Guggiari es hijo de psicoanalistas, y se nota: “Esta neurosis consiste en una sintomatología edípica en el modo de proceder teatralmente. Es usar las herramientas de ‘papá’, con desafíos ratificatorios de esas herramientas. En tal caso, no hay un verdadero riesgo subjetivo. Yo quería salir del closet escénico. No me interesan más el mundo edípico, los bardos de la heteronormatividad. No formo parte”, define.

“Uno nunca tiene que hacer teatro, tiene que estar pensando en cómo hacerlo. Hacer teatro es pensar el modo en que se hace teatro. El arte, para mí, tiene una función de lucha, de romper lo dado, desnaturalizar lo naturalizado. Una investigación no puede ser adentro del consenso. Tiene que ser en los bordes”, concluye.