El análisis, singular modalidad de abordar ese imposible
Silencio y palabra
Si seguimos hablando es por ese silencio que se dice de múltiples y siempre precarias formas. El mismo silencio que el analista preserva en el discurso del sujeto.
Una bella durmiente en coma profundo podía escuchar.Una bella durmiente en coma profundo podía escuchar.Una bella durmiente en coma profundo podía escuchar.Una bella durmiente en coma profundo podía escuchar.Una bella durmiente en coma profundo podía escuchar.
Una bella durmiente en coma profundo podía escuchar. 

La luna, la sombra, la mujer, la ausencia. Todos nombres que la filosofía desde Heráclito el oscuro hasta los cielos del aterrado Pascal, pasando por los místicos y la poesía de Celan, emparentan con el silencio. "Habla/no separes el No del Si/ Da a tu palabra también el sentido: dale las sombras", escribió el poeta.

Dicen que el silencio, esa sombra al lado de la palabra, cava un hueco en los dichos del ser‑hablante, hace trastabillar a la verdad, se esconde en la noche, duerme con el enigma, y custodia tu sueño para que el día alumbre palabras, vicarias de alguna revelación perdida. El silencio también camina con la ignorancia, se arrastra en la vergüenza, se acuesta con los desengaños y te clava el cuchillo de la angustia hasta que algún nombre encuentre al asesino de la palabra. El silencio puede ser secreto, pactado, fruto de una relación prohibida, hijo bastardo de una cópula ominosa, tributario de algún contubernio en el puerto de los olvidos.

Un paciente del hospital se negaba hablar porque si lo hacía... ya estaba, era la muerte, se había limitado a referir el hombre. El paciente tenía razón, su esquizofrenia también. Si "la palabra es la muerte de la Cosa", hablar es morir un poco, o si quieren: perder la Cosa que nos constituye. "No hable, cuénteme lo que le pasa", fue la intervención de la terapeuta que le permitió hacer lazo. Entonces: hacer del silencio un objeto que haga hablar al silencio es una fórmula que me tienta para describir lo que hace un analista. De la misma forma: Hable con ella, recomendaba Benigno, aquel enfermero de Almodóvar convencido de que su paciente -una bella durmiente en coma profundo‑ podía escuchar. En esa escena: ¿quién aporta el silencio que hace un lugar a la palabra? El enfermero, sin duda, cuyo medio decir -al igual que la colega del hospital‑ ha sabido extraer un rasgo de esa cerrada y muda singularidad. No en vano, el grito hace al silencio, dice Lacan al comentar el famoso cuadro de Eduard Munch. Curiosa perspectiva que hace de la música o la poesía el arte de escuchar un hueco en el sonido.

Por cierto que hay silencios intolerables, un paciente relataba con angustia en su sesión: "Le pregunté a mi novia qué le pasaba y no me contestaba. Insistí una y otra vez, pero seguía callada, hasta que ya desesperado me acosté en medio de la calle, donde pasan los autos, para que dijera algo". El que ahora dice algo, pero acostado en el diván, es este joven cuya pesadilla se negaba a hablar.

En definitiva, si seguimos hablando es por ese silencio que se dice de múltiples y siempre precarias formas. El mismo silencio que el analista preserva en el discurso del sujeto. En El Libro de los Divanes la poeta y ensayista Tamara Kameszain escribe: "Cuando le cuento un sueño a la analista de hoy/ Casi no dice nada una vez más se calla la boca/ Como si buscara que en el silencio de mi propia novela/ hable mi realidad yo sin embargo/ persisto no acabo de despertar/parece que necesito encontrarle un sentido freudiano/ a lo que no tiene, ya lo dije/no tiene vuelta atrás".

No tiene vuelta atrás, claro. Porque no hay término universal para el silencio que a cada uno atañe. Para eso está un análisis, cuyo recorrido precipita una singular modalidad de abordar ese imposible. Como si se tratara de encontrar la resonancia que la luna, la sombra, la mujer y la ausencia adquieren para un sujeto.

* Psicoanalista