Cuando entre la noche del sábado y la mañana de ayer se conoció el asesinato de Rafael Nahuel, nos preguntábamos con un colega qué dirán ahora. ¿Que las balas de plomo se dispararon solas? ¿Que cabe interrogarse qué hacía ahí Rafael Nahuel? 

Hacia el mediodía dominguero, los portales de los medios efectivamente hegemónicos ignoraban el asunto aunque uno de ellos, Clarín, se daba el lujo de ubicarlo a cabeza con un título segmentado: “Ocupación Mapuche”. En su formidable columna de estas horas,  “El estigma mata”, Martín Granovsky contrapuso la evidencia histórica de esa sentencia contra el carácter de frase hecha -aunque cierta- de que el ajuste no cierra sin represión. Pero lo fundamental es eso de los prejuicios que implican hechos, cuando se los alienta desde el aparato estatal. Que el enemigo estaría integrado por mapuches, que los mapuches tendrían una vanguardia violenta, que el kirchnerismo y la izquierda alientan los conflictos porque cuantos más muertos mejor, etcétera. Si algo faltaba para determinar la coherencia modélica vigente, allí está el combo entre que Santiago Maldonado se ahogó por su cuenta y la nueva cacería desatada en las horas de difusión de su autopsia. Notable. De tan perfecto que suena publicitariamente desde el marketing oficial, parecería que lo hicieron a propósito. De hecho, (a)gentes de prensa macristas subieron, en los portales ídem, opiniones basadas en que el problema es la ausencia de políticas de Estado para que la segunda muerte en el marco del conflicto mapuche se pueda resolver por vía política, como si la vía política no fuese volver a inventar un enemigo interno. Las cosas vuelven a contarse solas.

Mientras tanto, la mierda del ocultamiento, de la manipulación, del engaño, hoy puede ser mostrada, debatida, evidenciada, combatida. Esa debe ser el único elemento positivo, por llamarlo de una manera extraña, riesgosa, de la tragedia que monopoliza la agenda. La del submarino.

El indescriptible momento que sufren los familiares y la gente cercana a los tripulantes tiene registro inocultable. Se puede decir que es de terror el tratamiento mediático del tema, en su alcance de sensibleros berretas que de la noche a la mañana se transformaron en especialistas sobre industria naval, arcos voltaicos, baterías de origen, recargas sospechosas, boyas hidroacústicas. Todos ellos circulan en los medios serios. Se puede echarle la culpa a Cristina porque seguro que ató con alambre corrupto la reparación de la nave; o a Macri porque seguro no tenía ni tiene la menor idea, ni le importa tenerla, acerca del material operativo de unas fuerzas armadas de las que todos –todos– vienen escondiendo el debate sobre (i)nutilidad estratégica. Se puede discurrir con lujo de detalles en torno de las intrigas entre el ministerio de Defensa y el almirantazgo. Se puede cargarle las culpas al mando naval para salvarle las papas al Gobierno, del mismo modo en que se las cargaron a los jueces para limpiar de responsabilidades al Ejecutivo frente a las atrocidades de las detenciones arbitrarias de opositores. O del mismo modo en que está el distractivo de la culpa de la víctima, si Maldonado se ahogó sin importar cómo ni bajo qué encubrimiento de cuál jefatura política. Se puede decir que, como fuere, la conducción de los militares argentinos ratifica que son una desgracia histórica. Se puede advertir esto sucede cuando al frente del área respectiva hay uno de los personajes más oscuros y siniestros de la extinta Unión Cívica Radical, a la que Cambiemos le tiró, entre otros pocos, el hueso de un ministerio despreciado. Se puede imputar libremente lo vergonzoso de que, en medio de tamaño episodio, sólo pusiera la cara un vocero marino. Se puede filmar y fotografiar la angustia de las familias de las víctimas, cual si fuere un documento periodístico de valor. Pero se puede. Da asco, pero se puede decir, denunciar, vomitar. Se puede aun cuando rige lo que ya se llama el “apagón informativo”, en alusión a los espacios cada vez más limitados, en los medios tradicionales que marcan la agenda, para las voces disidentes  con el oficialismo. Se puede. No siempre fue así, si hablamos de operativos de camuflaje y del dolor de las víctimas.

Se puede asimismo tomar nota de otras noticias más a la vista que un elefante en un bazar. Mientras quiera vérselas, naturalmente.

La semana pasada se difundió el informe del Ministerio de Finanzas, a cargo de Luis Caputo, que refleja el espectacular aumento de la deuda pública y cuya disección analizó en PáginaI12 el periodista e investigador Federico Kucher. Colegas suyos y economistas que no abrevan en el ideario progre arriban al mismo pronóstico, acerca de dónde terminará –a plazo impreciso, porque de por medio está la política y la capacidad masiva de comprar humo– esta fiesta de endeudarse alegremente para sostener un déficit explosivo. El dato prioritario es que Argentina ya debe en dólares más de un tercio del volumen de su economía (36,3 por ciento), cuando hasta hace apenas dos años esa cifra era tan irrelevante como para que –justamente– el mundo se dispusiese a prestarnos porque la pesada herencia del kirchnerismo fue fantástica para el macrismo. Sería injusto no reparar en que las crisis del sector externo son recurrentes en la economía argentina, porque en cada instancia de crecimiento y cuentas más o menos acomodadas surge que el país necesita divisas para sustentarlos. Es entonces cuando aparece su dependencia estructural de bienes importados, su falta de especificidad exportadora, su atadura permanente a un esquema productivo primarizado en el agro. El kirchnerismo tuvo para eso una respuesta incompleta pero efectiva, que bajo el denuesto de llamársela “cepo” consistió en control cambiario y de fuga de capitales. Antipático para los criterios aspiracionales de esa bruma denominada clase media, el mecanismo K sirvió para resistir a costa de que la patria financiera internacional no le prestase nada. Ahora nos prestan sin problemas en forma provisoria, hasta que –ya sucede, en rigor, desde que calificaron a Argentina como “país frágil”– saquen los números y vean que las chances de devolver lo prestado se complicarán gravemente. Es la repetida historia del fin implacable del menemato, mientras algunos provocan que, al tratarse de una derecha democrática, moderna e inédita, no serán capaces de cometer los mismos errores. Que nunca fueron ni son errores, por si hiciere falta aclararlo. Son decisiones de clase dominante, bien que no dirigente, seguras de que los platos rotos jamás terminarán afectando a sus integrantes. ¿O acaso el estallido de 2001/2002, por fuera de que produjo políticamente el surgimiento de la anomalía kirchnerista, significó algún perjuicio grave para el peculio de los dueños de la torta? ¿O acaso la explosión de la burbuja especulativa de 2008, con centro en Estados Unidos y su periferia europea, supuso que no tuviesen actitud y aptitud de recomponerse? Por enésima vez: no hay errores ni hay excesos. O, más aún, el capitalismo salvaje sofisticó sus herramientas hasta el punto de (re)producir una fantasía de progreso individual –la subjetividad masiva, la posverdad, la validez del sálvese quien pueda– que no encuentra respuestas entre sus víctimas. No, todavía, más allá de la resistencia.

¿De dónde se sacarán los dólares para pagar esta partusa especulativa que hoy tiene sin cuidado a la mayoría de la población? ¿A quién le importa? ¿A quiénes seduce analíticamente que, encima del bruto endeudamiento, el déficit comercial ya acumuló este año más de 6 mil millones de dólares? ¿A quiénes que la deuda crece a unos 1204 dólares por segundo, como indica el sitio www.observatorio-fiscalfederal.org.ar citado ayer por Ismael Bermúdez en el mismísimo suplemento económico de Clarín. La trascendencia de preguntas como esas no se mide por su soledad, sino por la certeza de que se debe continuar haciéndolas para –al menos– no cargar con la culpa de haber renunciado a advertir que la historia se repetirá. Más tarde que temprano, probablemente. Pero se reiterará como al cabo de la dictadura y de los ‘90, que también semejaron eternos. Hoy las resistencias ya tienen sus experiencias. Las de haber probado que se podía otra cosa, que objetivamente fue mejor para las mayorías. No es el mismo desierto que otrora, cuando se había decretado el fin ideológico. Si es por la región, Chile acaba de expresar alguna réplica al igual que la popularidad persistente de Lula. Y que los atisbos de reacción gremial y sectorial en Argentina otro tanto frente al paquete de “reformas” laborales, tributarias, previsionales. Todo lo poco que eso es, o parece, representa entre alguito y bastante comparado contra la aplanadora significada por el neoliberalismo hace pocos años. Quizá no alcance y uno esté equivocado, pero con seguridad no alcanzará si el espíritu de quienes se oponen a esta lógica perversa es derrotista. 

El sociólogo Atilio Borón decía el miércoles pasado, al celebrarse los 15 años del Centro Cultural de la Cooperación, que en este país pasan más cosas en una semana que en dos siglos de historia belga. Es una figura filosa para despertar inquietudes intelectuales, frente al desasosiego que establece el presente. Nos recuerda que inevitablemente seguirá pasando mucho, cuando vuelve a parecer que ya no pasa más nada.