Dos autores franceses echan luz sobre los famosos “leaks” en el libro Armas de desestabilización masiva
Sobre fuga de datos, ciberguerra y manipulación
Los mails de Hillary Clinton, los Panama Papers, Assange o WikiLeaks, MacronLeaks: qué hay detrás de estas revelaciones.
WikiLeaks difundió los correos electrónicos de Hillary Clinton en plena campaña para las presidenciales.WikiLeaks difundió los correos electrónicos de Hillary Clinton en plena campaña para las presidenciales.WikiLeaks difundió los correos electrónicos de Hillary Clinton en plena campaña para las presidenciales.WikiLeaks difundió los correos electrónicos de Hillary Clinton en plena campaña para las presidenciales.WikiLeaks difundió los correos electrónicos de Hillary Clinton en plena campaña para las presidenciales.
WikiLeaks difundió los correos electrónicos de Hillary Clinton en plena campaña para las presidenciales. 
Imagen: AFP

PáginaI12 En Francia
Desde París

“Las mejores fuentes son las personas que están convencidas de que actúan por el bien y aquellas que sirven a nuestros intereses creyendo que están sirviendo a los suyos propios”. La impecable cita de un responsable de la CIA extraída del libro Armas de desestabilización masiva cabe perfectamente como prólogo para introducirse en el turbio mundo de la constante publicación de los famosos “leaks”. Desde el año 2009, estos documentos confidenciales aparecen regularmente, tanto y con tanto impacto que dos periodistas franceses, Pierre Gastineau y Philippe Vasset, se preguntaron ¿quién estaba realmente detrás de estas revelaciones?. La respuesta es mucho menos inocente o militante de lo que la opinión pública y los periodistas suponen. Los cómo y por qué están rigurosa y acabadamente narrados en un libro de investigación cuyo título es ya un programa: Armas de desestabilización masiva: Investigación sobre el negocio de la fuga de datos” (Armes de déstabilisation massive: enquête sur le business des fuites de données, Fayard). El pinchazo a los mails de Hillary Clinton, los Panamá Papers, los Paradise Papers, los Malta Papers, Assange o WikiLeaks, Football Leaks, Macron Leaks, nada escapa a la sagacidad de esta investigación que corre el telón de un escenario en cuyo patio trasero se deslizan las sombras de los Estados como la India o Israel, cofradías de hackers generosamente remunerados por estos u otros Estados, servicios secretos, agentes dobles y triples, instructores, gabinetes de abogados, periodistas, bancos y multinacionales.

Si los leaks fueron una creación de honestos filtradores de información que querían hacer el bien denunciando la podredumbre interna de los sistemas, hoy ya se han convertido en un arma manipulada de una gran eficacia. 

Desde 2009, no menos de 50 escándalos planetarios estallaron gracias a la publicación de los leaks. En estos años, hubo tres hits absolutos cuya legitimidad nadie interrogó: en 2010, WikiLeaks divulgó 251.287 telegramas diplomáticos norteamericanos, en 2013 Edward Snowden filtró decenas de miles de documentos secretos de la NSA norteamericana y en 2016 el informador anónimo John Doe entregó 11,5 millones de documentos del gabinete panameño Mossack Fonseca donde figuraban argucias fiscales que involucraban desde el presidente ruso Vladimir Putin hasta el argentino Mauricio Macri. Casi no hubo país o gremio que no saliera prendido: actores, directores de cine, jefes de Estado, escritores, etc, etc. Sin embargo, sólo después de las presidenciales de Estados Unidos y Francia las redacciones empezaron a interrogarse sobre quién mueve los hilos de todo esto. En el primer caso, el 22 de julio de 2016, salieron a la plaza pública 22.000 emails internos del Partido Demócrata. En el segundo, el seis de mayo de 2017, un fichero con las mensajerías de varios consejeros del actual presidente francés, Emmanuel Macron, fueron colgados en el foro 4achan, justo dos días antes de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Pierre Gastineau y Philippe Vasset escriben que ambos hechos “llevaron a que se tomara conciencia de que la fuga masiva de datos no respondía únicamente a iniciativas desinteresadas de valientes filtradores de información sino, también, a técnicas de manipulación”. En el libro, los periodistas responden a estos interrogantes: “por qué se asiste a una generalización de las fugas masivas desde hace 10 años. ¿Cómo son los entretelones de estas manipulaciones?. ¿Quién maniobra y, sobre todo, a quiénes benefician?”. Lo primero que constatan los autores es que, al principio, “los espías se vieron sobrepasados por el fenómeno, pero hoy van hasta encargar el robo de datos”. Gracias a esos leaks, los “Estados y los intereses privados pueden llevar a cabo “ataques nucleares de información instantáneos con un arma que no cuesta gran cosa”, explica Pierre Gastineau. Un ejemplo imperdible es el pirateo mortal de los mails del equipo de campaña de la ex candidata demócrata Hillary Clinton. Según los dos periodistas, los rusos se convencieron de que los Panamá Papers eran “la obra” de la administración Obama. Ello “generó una paranoia en el seno del aparato del Estado ruso y Moscú decidió hacer lo mismo”. Muchos se preguntarán ¿ por qué Rusia acumula victoria tras victoria en esta ciber guerra donde parece tener un adelanto considerable frente a occidente?. Philippe Vasset acota que “la ventaja estratégica de este país radica en que es uno de los pocos Estados en el mundo que conservó una suerte de filial muy activa de capacitación en manipulación de información y propaganda. La guerra de la información empezó a ocupar un lugar preponderante en la doctrina rusa a partir de 2010 y se acelera entre 2012 y 2013. Otro aspecto importante es el hecho de que mientras la mayoría de los países reducía sus presupuestos de espionaje e información al final de la Guerra Fría, Rusia mantuvo intacto el suyo”. En el libro aparece justamente el testimonio de un espía ruso que confiesa que en la academia donde se capacitan los agentes, “las técnicas de manipulación e influencia constituyen los cursos a los cuales se les da más valor”. 

El resto lo hizo la misma actualidad y, en ella, dos símbolos: el ex soldado Bradley Manning y el ex consultor de la Agencia de Seguridad norteamericana (NSA), Edward Snowden. Cuando Moscú vio el daño que los leaks le habían hecho al imperio “entendió rápidamente que disponía de un arma de un altísimo grado de desestabilización”. Pero los rusos, desde luego, no son los únicos actores de estas guerrillas digitales. Otro ejemplo reciente es la ruptura de las relaciones diplomáticas entre los países del Golfo Pérsico y Qatar a raíz de unas declaraciones del emir de Qatar a través de la agencia oficial qatarí. Según esa fuente, el emir dijo que Irán era un “socio” honorable y que el movimiento palestino Hamas era el “único representante de la Autoridad Palestina”. Sólo que nada de ello fue verdad. La declaración “fue introducida por un hacker en el hilo de la agencia oficial”, cuenta Vasset. Pero… ¿quién y por que la introdujo?. Aquí la razón: “hoy sabemos que fueron los Emiratos Árabes Unidos quienes contrataron y pagaron a los piratas que introdujeron la falsa información. Y lo hicieron para vengarse del hackeo del email de su Embajador en Washington, del cual responsabilizaron a Qatar”. 

Esto lleva a los autores de Armas de Desestabilización masiva a corroborar que se trata ahora “de una nueva guerra clandestina donde un Estado o una empresa pueden ser puestos de rodillas sin que el golpe se vea venir. Es una suerte de Guerra Fría en donde los conflictos entre las grandes potencias se desarrollan en el ciberespacio a través de actores como los hackers, los cuales, a su vez, se ven atrapados en lógicas que los sobrepasan y cuyos objetivos sirven para el arreglo de cuentas entre Estados, empresas y otros actores poderosos”. Este antagonismo desestabilizador converge en la siguiente lógica: “la batalla de las redes no es sino una guerra de posición, un enfrentamiento entre personas interpuestas que ponen en juego la ambición, el orgullo, el lado cupido de unos y otros”. En esta rueda digital de la fortuna o el infortunio, Rusia no es, desde luego, el único demonio que hace tambalear el sistema. Ni muchos menos. Cuando se interroga a Vasset y Gastineau acerca de los amos del trabajo clandestino, la respuesta es contundente: India e Israel. Philippe Vasset resume su investigación: “Israel y la India optaron por desarrollar plataformas informáticas muy ofensivas y, por consiguiente, capacitar a hackers para luego integrarlos a sus servicios secretos. Pero en vez de retenerlos, los dejaron que fueran a otras partes a vender sus técnicas…sin perder jamás la relación con ellos para que no actúen contra su propio país. Rusos y ucranianos son también muy activos. Sin embargo, si se mira más de cerca, mucho  se reduce a India e Israel. Los hackers suelen ser ex miembros de los servicios del inteligencia que crearon empresas privadas, start-up, con ayudas del Estado, el cual, a su vez, es el primer cliente de las empresas de ciberinformación. El Mossad acaba de crear Liberad, un fondo especial consagrado a esas empresas”. Otras dos constantes aparecen también en esta mega investigación. La primera de ellas es que, ante las fugas y sus consecuencias, los europeos y los norteamericanos se quedaron “desnudos”, congelados en una suerte de “estrategia defensiva. Invirtieron enormemente en complejos aparatos para tratar de frenar las fugas de información en vez de servirse de ellas”. La segunda evidencia radica en que los intereses de los Estados y las empresas, o sea, las ciberguerras cruzadas, empezaron a ser defendidas o montadas con los instrumentos que antaño empleaban los activistas de la sociedad civil: “en apenas una década, esas técnicas de los activistas se volvieron las técnicas de los poderosos, alega Vasset”. Otra incógnita interesante : ¿para quién trabaja realmente Julian Assange, el fundador de WikiLeaks refugiado en la Embajada de Ecuador en Londres ?. Como difundió en WikiLeaks los mails de Clinton y jamás ha atacado a Rusia con otros leaks, muchos creen que es un agente de Vladimir Putin. Según Pierre Gastineau y Philippe Vasset, la respuesta es más compleja, en primer lugar porque “la enorme sed de celebridad que tiene Assange es un excelente motor de reclutamiento”. Para los dos investigadores, “no existe ningún elemento tangible” que permita afirmar con “certeza que Assange es un agente pagado por Rusia. Más bien, se trataría de un idiota muy útil para el régimen de Vladimir Putin”. Los leaks, en suma, plantean muchos problemas, y el del anonimato de la fuente es uno de ellos. El Consorcio internacional de periodistas de investigación, (ICIJ), jamás reveló la fuente de los Panamá Papers o los 13 millones de documentos correspondientes a los Paradise Papers. Por ello, Pierre Gastineau y Philippe Vasset admiten que “los periodistas no siempre fueron lo suficientemente atentos a las motivaciones de las fugas masivas que ellos mismos contribuyeron a difundir. Con lo cual, a veces se hicieron cómplices de operaciones cuyos intereses estaban mucho más allá de las informaciones que se publicaban”. En este mar de guerras asimétricas, espías, hackers, mentiras robotizadas y espionaje masivo, los dos periodistas franceses sólo tienen una recomendación destinada a la sociedad civil o a los grandes poderes: “verifiquen sus conexiones en la red y cambien sus contraseñas: bienvenidos al mundo de las cibertrincheras”. 

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