Djam, del realizador franco-argelino Tony Gatlif
Drama musical de exportación

El cine del realizador franco-argelino Tony Gatlif, alguna vez admirado –con justa razón– por películas como Gitano o El extranjero loco, se ha dejado abandonar, desde hace un tiempo, a los facilismos y trivialidades del world cinema, que en su vertiente particular viene acompañado por la aparición en los altoparlantes de la música típica de alguna región del planeta. En Djam (título que los distribuidores locales decidieron adornar con una frase redundante), el género musical en cuestión es el rebético, de origen griego y definidamente popular, arrabalero. El contexto para la narración no puede sino ser otro que la crisis que continúa golpeando con dureza a la sociedad de Grecia. Un cartel ubica rápidamente a la protagonista, Djam, en la isla de Lesbos, cerquita de las costas turcas, bailando y cantando frente a un alambrado con un nivel de frescura y energía que no abandonará en momento alguno de la película (detalle: la actriz Daphne Patakia no usa ropa interior debajo de la falda, primer ejemplo de un film que encuentra diversas excusas para desnudar parcial o totalmente a la heroína y a su nueva amiga, que no tardará en aparecer).

El inminente cierre del restorán familiar y la necesidad de fabricar una pieza de repuesto para el motor de un pequeño navío son la excusa para una visita a Estambul y el comienzo de la aventura. Djam es, al fin y a cabo, un derivado de la road movie, aunque aquí los avatares del camino no se vinculan necesariamente con los cambios internos de los personajes sino, muy por el contrario, con una reafirmación de la identidad. Al menos eso es lo que le ocurre a Djam. El caso de Avril es diferente: francesa perdida en las calles turcas, la amistad con la chica griega (quien habla convenientemente francés) la inicia en los dolores del exilio y en la insoportable realidad de los refugiados del Medio Oriente en Europa. Como en un viaje con varias paradas –donde las casualidades abundan bajo la forma del reencuentro–, Gatlif introduce números de canto y baile de manera regular, canciones cuyas letras hablan del desarraigo, la pobreza, el alcohol y las drogas.

Drama musical de exportación para el consumo global que nunca termina de ensuciarse las manos, todo es un poco demasiado ligero a pesar de las realidades reflejadas. Y un poco demasiado previsible. La greco-belga Patakia –de gran carisma en pantalla– resulta esencial para lograr ese efecto algo anestésico: su imparable movimiento y energía positiva (al menos, hasta la catarsis final) es el vehículo elegido por el realizador para transmitir su mensaje esperanzador a pesar de las circunstancias. Seguramente de manera inconsciente, Gatlif termina reconstruyendo frente a los ojos del espectador un estereotipo: el griego sufre por amor o lejanía, canta y baila con pasión, se emborracha y entonces es más fotogénico que nunca. Intentando tocar alguna poderosa fibra de verdad la película termina encarnando en artificio. Las canciones, desde luego, son bellas, como lo es Djam y el azulino mar que baña las costas griegas.