Juguetes para no tocar
ARTE Crítica cultural y escritora, Beatriz (Beba) Eguía contribuyó con una suerte de dandismo heredado de su padre a que sus saberes permanecieran en segundo plano para ocuparse de difundir los de los otros. Ahora, inaugura “Pajerías”, una serie de esculturas curadas por Fernanda Laguna, que realizó hace cinco años y que permanecieron ocultas mientras cuidaba de su marido, Ricardo Piglia, hasta su muerte a principios de este año. María Moreno escribe sobre ella y sus criaturas y traza un retrato inconcluso y a mano alzada de esos objetos de erotismo dulce y siniestro.

Traductora sutil, colaboradora del Centro Editor de América Latina en innumerables proyectos, Beba Eguía es de esas sofisticadas intelectualesque no vacilan en participar en producciones culturales que aspiren a la difusión de la izquierda democrática fuera de las elites, dentro de los múltiples espacios que requiere el mundo del libro: corrección, diseño, traducción, prensa…  

Su traducción de Robinson Crusoe (Grupo Anaya) sorprendió al crítico Jorge Lafforgue , durante años fue la intérprete de los grandes monstruos teatrales que venían a protagonizar clásicos al teatro Cervantes como Vivien Leigh o Viveca Lindfors y tradujo para Bruguera libros del calibre de Johnny se fue a la guerra de Dalton Trumbo y Canguro de  D.H.Lawrence, muchos  números de la Monthly Review consumida por el trotskismo local, Razón y Violencia de David Cooper (Paidós), datos que ella minimiza hasta la exasperación. Su inglés del Margaret’s School se aguzó bajo las sugerencias del célebre Floreal Macía pero sobre todo leyendo sola y de todo, favorecida por la proliferación editorial de su época: los años sesenta y setenta. Al igual que Colette de Monsieur Willy fue ghost writer de innumerables proyectos editoriales firmados por su segundo marido David Viñas (con el primero Roberto Madero se casó a los 16 y tuvo dos hijos, Marta y Roberto).

Fue amiga de Adelaida Gigli, ex esposa de Viñas, madre de sus hijos Lorenzo y Adelaida que integran la lista de desaparecidos y miembro del grupo Contorno. Con ella trabajó en cerámica y cultivó una complicidad duradera.  

Acompañó exilios, levantó casas, sostuvo estructuras y, ya  casada con Ricardo Piglia, fue la primera lectora y editora de sus obras, también la gestora absoluta de su sobrevida a una enfermedad irreversible: ELA. El se lo agradeció escribiendo sobre ella en el tercer tomo de Los diarios de Emilio Renzi bajo el nombre de Carola: “Se había casado porque se había enamorado de Carola, a la que conocía y deseaba desde hacía años pero con la que había mantenido una amistad platónica porque ella era, en ese tiempo, la mujer, la compañera, como se decía entonces, de su amigo David y él estaba decidido a no volver a repetir sus andanzas del pasado y a no volver a caer en un triángulo adúltero, así que empezó a salir, como se dice, con Carola cuando ya se había separado de su evidente compañero, el intenso, hermético y combativo D.V….”. Todo empezó con un golpe de azar. Ricardo Piglia-Emilio Renzi estaba en París y tenía una cena con una amiga argentina. Para llegar hasta su casa debía hacer varias combinaciones de metro. Decidió ser original y no llevar una botella de vino sino dos docenas de rosas rojas. En el metro lo miraban con complicidad. Al llegar a la Pote Dauphine donde tenía que tomar un metro hasta Pigalle vio venir a Carola-Beba. Se le acercó sonriente y diciéndole “Estas flores son para vos”, se las puso en las manos. Y de ahí en más no se separaron. 

No sé dónde las tenía escondidas. En qué momento las hizo ya plenas y seguras como si ella nunca hubiera pasado por la etapa “artista cachorra”. Cómo alguien tan impaciente aprendió a dominar los tiempos del horno, las mediaciones de quienes tenían uno, la experimentación en la que siempre se vuelve a empezar pero  conservando, en cada fallo, un saber nuevo. De qué modo embaló las piezas de un país a otro -México, España, EEUU, Argentina- o no eran éstas sino otras. Ella dice que las hizo hace cinco años, en la vuelta a Argentina y que las interrumpió cuando enfermó su amor, Ricardo Piglia. Que en el roperito de donde las sacó quedaron otras, menos que en su cabeza  siempre despeinada. 

Son pocas pero no un amago ni una improvisación. Nacieron por el final. Hay ahí una mirada propia, entre candorosa y maligna, la de una voyeur que no busca el erotismo sino algo más sutil y ambiguo -nótese que cada personaje actúa como si nadie lo mirara, es un inocente-: los putini ¿se están abrazando o estrangulando? ¿o simplemente se entrelazan porque debajo de la cama hay un terremoto? ¿a quien se le ocurre hacer fantasmas sólidos y en manifestación?  ¿adónde se esconde la trompa para beber con un amigo en un bar? “Pajerías” son escenas de la vida de los sueños, combinatorias de un ferromodelista maniático, como esos que, al armar una ciudad y ponerle bares, insisten en servir cerveza en copas de medio milímetro; juguetes fijos pero delicados como para dejar en manos de un niño- alguien  que siempre imagina que cada universo en miniatura le está dedicado-.  Pop de escritorio pero al que hay que proteger como a las grandes piezas de un museo, por su valor y fragilidad.

Beba, la amiga 

El logo de Beba es el don. Don que prodiga y que jamás la vacía sino que parece colmarla cuanto más se despoja. Nada que ver con la filantropía ni con el dar rutinario y como de inversores que practican los creyentes y los usureros. Poco de sin mirar a quién. Es que no se trata de limosnas sino de acciones artísticas: Beba es editora, curadora y salonera por amor razonado y por placer pero también como si sólo ella constituyera un jurado. Mostrarle un inédito es someterse a una intransigencia amable pero definitiva y aunque, por cortesía, no se atreva a arrancar las hojas o cubrirlas enteras de tinta negra, en su sonrisa de “devolución” y a través de sus palabras directas, siempre un poco cachadoras, es fácil adivinar cuando te hubiera devuelto sólo el espiral de la copia. Sus observaciones en muestras de arte suelen desmantelar prestigios con apariencia de unánimes -ante una retrospectiva loada hasta la exasperación puede declarar que su curador le dio el aspecto de un mercado de pulgas-; enfatiza, en cambio, descubrimientos que la llevan a una inmediata acción proselitista -a veces con su espíritu socializador suele crear vínculos duraderos y proteicos aún entre fóbicos y misántropos de pedigrí, todo con tal de bendecir y promocionar.

Mecenas, agente inmobiliaria, arquitecta, acciona en bancos internacionales a los que sobresalta en un revoltijo de polleras negras y de rulos  frondosos que ni aún en los peores momentos deja de entretejer, macerar y anudar con coquetería inconsciente mientras denuncia al capital (maoísta for ever) luego de pedir un banquito, interpreta furiosa la letra chica y lo obtiene todo, incluida la expulsión. 

Sabe la vida de todo el mundo y ha llegado a ser esquilmada de sus aparatos electrónicos por la debilidad ante un ex sicario disfrazado de enfermero que sabía contar bien una historia de infancia. 

Su amistad no busca reciprocidad ni simetría pero se vuelve implacable con los que desertan de su propio deseo y más aún con los que traicionan, no a ella, sino a sus amigos y amores; puede perdonar a asesinos y chorros pero no a esa clase de debiluchos morales. 

Como Andy Warhol siempre está rodeada de gente pero lo suyo no es una corte sino una mafia sin armas, una runfla de terroristas del arte, un asentamiento portátil  con algunos nombres propios notables. Y todo lo hace en banda, aunque sea de a dos, como estas pajerías, con Fernanda Laguna-otra loca genial y chica superpoderosa.  

Sola de toda soledad en sus últimos años, en los que  vivió para prolongar hasta lo imposible la vida de su amor con quien -creía- iba a envejecer, conservó siempre ese sino societario y afectuoso y es por eso que, quizás, como la fabricó sin compañía, al bautizar esta muestra, haya elegido un nombre asociado al vicio solitario. Pero no se trata de pajerías ni en la más modesta analogía-la paja es mecánica , monótona, no requiere ninguna habilidad, ni siquiera las dos manos-y esta cerámicas son de una factura rigurosa, la obra de quien ha trabajado distintas técnicas y con maestros cultivados por -aunque intermitentes-largos períodos de tiempo , luego de perseguirlos hasta sus guaridas en la ciudades  adonde la llevó el exilio o la enseñanza, la traducción o esas amistades que suele alimentar  por sobre todas las cosas , carísimas en millajes y potlatch.

Beba, la musa 

Beba vive artísticamente, cultiva una inteligencia socarrona , enciclopédica y cartonera , sabe escuchar -a la manera, dicen , que lo hacía Macedonio Fernández -como si siempre tuviera delante al Mesías , a Quntiliano o a un hipnotizador. Vive de chocolate y arroz con leche,  porros generosos y la telefonía de línea. India bella mezcla de diosa y pantera , como toda chica de familia bien argentina, es  razonable que sea musa de muchos y una desgracia siempre perdonada para otros que no la olvidan. Es la “Carola” de los diarios de Ricardo Piglia aunque también figure allí con el esencialista “Ella “ . Y el Virgilio sanador y femenino de  Alabanza y exaltación del Padre Mario , escrita por su amigo Néstor Perlongher : “Oh Padre Cúrenos, no nos oculte dónde está de dónde reparte desde la escueta sillita las curaciones de la marcación el mareo sororal la solidaridad de las auroras (…) no nos obligue a recorrer con Beba en vano distancias siderales de un suburbio anterior desconocido estelas polvorientas que dejaba el periplo nuestro andar en pos de usted entre los ómnibus”.

Beba, la “Manitas” 

En su esculpir hacendoso Beba cita a otras manos que acompañaron las suyas en el moldear, hornear,  colorear  y volver a hornear-las de Adelaida Gigli que hacía cerámicas buscando y rebuscando en las formas como si de allí pudiera surgir el rostro de sus hijos desaparecidos , también con la violencia que no hace daño puesto que la materia es insensible aún cuando se la golpea hasta arrancarse uñas y abrir la piel -  y las que apretaron en la impaciencia de la pasión -las de Ricardo Piglia que ella retuvo y que acarició y por las que se dejo acariciar  antes de que se quedaran quietas y entonces ella llamó a toda la invención del mundo para relevar su ausencia y que la escritura no parara nunca, triunfando sobre la adversidad hasta la muerte.    

También en las manos de Beba  , en su archivo secreto , están las de su padre que también esculpía , de su abuelo  y de su primo con quien la infancia fue pecado y estatuitas . En cada una de las yemas de sus dedos , entonces, hay multitud , así que nada de “Pajerías”.     

Beba, la poderosa .

Beba lo puede todo, algo inimaginable en alguien que, entre una boletería y un muelle de estación fluvial, suele perder tres veces el boleto y, cuando llega a un restaurante , barrer con su pañoleta la fila de saleros y pimenteros de las primeras mesas y contemplar el espectáculo del desastre como quien espera que el universo se detenga y venga en su ayuda sin que ella mueva un dedo. 

Puede violentar una ley de la FDA y conseguir una droga aún no legalizada que mejore los síntomas del ELA , transar en anglo- chino con el laboratorio , gestionar la aduana en mafia amistosa organizada y conmovida, querellar con la prepaga para que la sufrague-hasta lograr que se le prohíba la entrada como en ciertos bancos-y mientras tanto localizar inventores capaces de crear un sistema de teclados y de soportes para que la escritura pueda fluir como la velocidad y la efervescencia en la mente del escritor enfermo solo de su cuerpo, y conseguir luego el  TOBBII, inconseguible hasta entonces en el país para que la metáfora de la luz de la creación ancle en la realidad de un sistema alfabético y la obra de Ricardo  fuera tan prolífera como nunca . 

No es casual que lo primer que yo conociera de Beba fuera este poder de lo imposible: me abrió una cuenta bancaria en EE.UU. sin que yo estuviera allí y sin conocerme ella misma. 

Ahora el poder de Beba  vuelve a ella  fuera de toda gestión imperativa que la distraiga y angustie, a la ensoñación de estas escenas mal bautizadas donde el humor y las expresiones , la cotidianidad  y las máscaras, le injertan a la tradición Pop una serie de bibelots para degenerados -esos fantasmitas sólidos como tazas, esos caras lustrosas de elefante que ríe , esa durmiente observada por un dinosaurio( falta el dinosaurio, Beba estaría hablando por teléfono) -, a esa vasta vida en el arte que siempre tuvo pero que recién nos muestra.