Desde que Mauricio Macri asumiera la presidencia ha reiterado una y otra vez su deseo de “reingresar al mundo”. Así lo explicitó en diversos foros internacionales y nacionales y dio diversas muestras ante los poderes mundiales. Ahora ha propuesto una serie de reformas para ganar competitividad y ha trazado una hoja de ruta muy concreta para ese regreso.

No acababa de sentarse en el sillón de Rivadavia que el presidente viajó al Foro Económico Mundial de Davos a presentarse en sociedad ante los grandes, regresó cargado de elogios aunque sin nada concreto. Algo similar pasó en Buenos Aires cuando la reunión con representantes y empresarios de las grandes corporaciones en el llamado “Davocito”. Y así siguió en los diversos encuentros con los presidentes de Estados Unidos, Francia, Italia, China y con la canciller de Alemania. Muy buena voluntad pero poco o nada de inversiones productivas. El pago a los fondos buitre, sin cuestionar mayormente sus pretensiones y con el apoyo de la mayoría de las bancadas opositoras, sí dio resultados. Argentina regresó a los llamados “mercados voluntarios de crédito” con un ímpetu que batió record de endeudamiento.

Cuando están por cumplirse los dos primeros años de gobierno las inversiones productivas, salvo en cuenta gotas, siguen sin aparecer y su relación en términos de PIB sigue muy baja. Los potenciales inversores corren permanentemente el arco: primero que había que saldar la deuda con los fondos buitre, luego exigían garantías de seguridad jurídica, después la continuidad de las políticas estatales. Ahora, cuando los resultados electorales auguran que el gobierno podría continuar por seis años más, se preguntan si será capaz de garantizar la competitividad de la economía.

Iniciativas

El gobierno ha respondido en dos planos. Por un lado señaló que hasta ahora, producto de la “pesada herencia”, se vivió una transición que necesariamente debió ser financiada con endeudamiento pero que comienza otra etapa. Presentó entonces tres proyectos de reformas: la impositiva, la laboral y la previsional, destinadas a ganar competitividad. Los tres proyectos están vinculados, y lo que se destaca es que se rebajan las cargas a las empresas, se modifican conceptos centrales de la legislación laboral y que el financiamiento de los cambios impositivos surgirá de los ahorros que consiga el Estado por modificar el método de ajuste de las jubilaciones, pensiones y planes sociales.

Por otro lado ha trazado una línea de acción para concretar el “regreso al mundo”. A mediados del año pasado solicitó ser sede de la 11° Conferencia Ministerial de la Organización Mundial de Comercio (OMC). Creada en 1995 e integrada por 164 miembros (países y asociaciones aduaneras) es la organización emergente de la hegemonía neoliberal de los años ‘90. En paralelo aceptó ser, en noviembre del 2018, el país anfitrión de la 13° Cumbre del G20 –el grupo de las naciones más industrializadas y algunas como Argentina que no lo son– surgido cuando ya el G7 daba los primeros indicios –que luego se acrecentarían– de dificultades para contener las contradicciones del orden conformado a la salida de la Segunda Guerra Mundial. El presidente Mauricio Macri asumirá la presidencia de esta Cumbre el próximo 1° de diciembre. Por último en connivencia con el presidente Michel Temer de Brasil impusieron un ritmo acelerado para concretar un Tratado de Libre Comercio del Mercosur con la Unión Europea, que se viene negociando desde 1999.

Reinserción 

Este regreso al mundo –en el supuesto que antes el país hubiera estado aislado– no es solo el retorno a “los mercados voluntarios de crédito” –léase endeudamiento– o recuperar las buenas relaciones con el FMI –léase aceptar el artículo IV y las auditorias– o codearse con los grandes del mundo –tratar de que inviertan–, sino que tiene un carácter más estratégico.

El verdadero sentido del promocionado regreso es, como han definido los sectores pensantes del macrismo, “la reinserción inteligente al mercado mundial”. ¿Qué es la “reinserción inteligente”? No otra cosa que la apertura de la economía para insertarse dinámicamente en determinadas cadenas del comercio internacional. Para esto se tiene que avanzar en generar las condiciones adecuadas –léase competitividad de la economía y productividad de los factores– para atraer inversiones, aggiornarse tecnológicamente y poder así competir en los mercados mundiales. Lo que implica reconvertir el sector industrial con los costos que eso presupone.

Transformación

Adicionalmente hay un objetivo político que es lo que explica porqué Argentina buscó convertirse en el primer país latinoamericano en ser sede de la  Conferencia Ministerial de la OMC, de la que nadie espera grandes resultados, y que será una suerte de antesala de la posterior Cumbre del G-20. El gobierno intenta –ante la vacante dejada por Brasil– asumir el liderazgo de la región. Por eso apura también el acuerdo Mercosur-UE, para firmarlo en el marco de la Conferencia, mostrando así avances concretos y producir un impacto político, sin reparar en los efectos que tendrán para el mercado interno, y especialmente para la industria, las grandes asimetrías entre los dos bloques. Se supone que la realización de estos encuentros serán un espaldarazo para el gobierno que aspira a que el país sea portavoz de América latina e interlocutor ante los grandes países y sus corporaciones.

Sin embargo, la administración Macri pretende también tener relaciones privilegiadas con los Estados Unidos, pero estos desde que asumiera la presidencia Donald Trump ha dejado en claro que no le interesan los acuerdos multilaterales y si los bilaterales, incluso ha llamado a desconocer los organismos de la OMC que arbitran las posibles diferencias por el intercambio entre países. Así la inserción inteligente quedaría a dos aguas.

* Integrante del colectivo Economistas de Izquierda (EDI).