Opinión
Liderazgos nacionales y autoestima del pueblo

Nunca habia surgido, en América Latina, un grupo de líderes populares tan significativo como el que han compuesto Hugo Chávez, Lula da Silva, Néstor y Cristina Kirchner, Pepe Mujica, Evo Morales, Rafael Correa. Ellos pasaron a representar no sólo un proyecto de desarrollo económico con inclusión social, sino también han protagonizado un proceso de aumento de la autoestima de los pueblos de esos países.

Nunca nuestros pueblos se han enorgullecido tanto de sus países, de sus gobiernos, de sus líderes, como en ese momento. Porque nunca esos países han prosperado tanto en lo económico, nunca ese progreso ha derramado tanto en las manos de todos. Nunca la soberanía nacional fue tan plena, para que nuestros gobiernos pudieran expresar a todo el mundo que las políticas externas de nuestros países representan lo que piensa y siente la gran mayoría de su pueblo.

Esa autoestima es fundamental para que nuestros pueblos puedan creer en nuestra capacidad de generar nuestras propias respuestas a los problemas que enfrentamos. Es fundamental para que la esperanza en el destino de nuestros países se imponga y nos oriente.

La derecha no puede imponerse frente a un pueblo optimista de cara a su futuro. No puede imponerse sin imponer el pesimismo, el catastrofismo, el desánimo, la sensación de que nuestros países no tienen arreglo, de que no somos capaces de formular soluciones a nuestros problemas.

Pero para imponer esas sensaciones, la derecha tiene que destruir la imagen de los líderes que personifican la autoestima de nuestros pueblos. Cuando llegan al gobierno tienen que promover el olvido de todo lo que ha pasado en los gobiernos anteriores o descalificar los avances logrados.

Evo Morales fue objeto de la historia más espeluznante, una verdadera telenovela, en la que fue acusado de haber tenido relaciones con una rubia, con quien habría tenido un hijo, que habría sido abandonado por él. La difusión de esas mentiras poco tiempo antes de la consulta fue determinante para que el resultado del referéndum resultara adverso al gobierno. No tardó mucho para que se revelara no sólo que la historia era totalmente falsa en todo, sino también que había sido montada por dirigentes de la oposición política. Los mismos que ahora defienden el resultado de aquel referéndum, para el cual ellos han contribuido decisivamente con esos montajes mediáticos.

Al igual que es indispensable destruir la imagen de Lula, con la cual la gran mayoría de los brasileños se identifica e identifican el mejor momento de la historia del país y de sus vidas, para concluir la idea de que Brasil no tendría arreglo, que los problemas actuales del país no son resultado de la desastrosa política económica del gobierno de Temer, sino de los gastos supuestamente excesivos de los gobiernos del PT. Lula tendría que aparecer como alguien que se habría valido del cargo de presidente para obtener ventajas para él y para sus parientes. Al no lograr hacerlo, 

la imagen de Lula queda plasmada en la cabeza de la gran mayoría de brasileños de forma extraordinariamente positiva.

Se busca, de igual manera en Ecuador, identificar al gobierno de Rafael Correa con endeudamiento supuestamente enorme del Estado, con vínculos con casos de corrupción, para atacar la imagen que la figura de Correa tiene entre los ecuatorianos, identificado como el presidente que ha hecho el mejor gobierno en el país, por lejos.

Así es en relación a todos los gobernantes populares de la región. Se ataca sus imágenes ante la dificultad de contraponer los resultados concretos de sus gobiernos con los de los gobiernos neoliberales. Todos serían centralistas, autoritarios, “populistas”, irresponsables en el manejo de las cuentas públicas, corruptos. Es indispensable esa operación, que se da en todos los países donde hay o hubo gobiernos antineoliberales, para buscar destruir la reputación pública de esos dirigentes y, a la vez, destruir la autoestima del pueblo.

La derecha no puede gobernar un país en donde el pueblo cree en su propia capacidad de generar liderazgos, en los que deposita su confianza, conforme a sus intereses y necesidades. La identidad del pueblo con esos dirigentes es un patrimonio indestructible para la lucha por la democracia, la justicia y la soberanía de nuestros países.