Correa suelta
En El cabaret de la Difunta Correa, Camila Sosa Villada, una de las actrices más fascinantes de la escena contemporánea, revisita el mito popular de la mujer que aún muerta sigue dando leche y saca a la luz la historia de aquellas otras que están más allá de todas las mitologías.
Viernes 8 de diciembre a las 22.30 en el Teatro El Picadero, Pasaje Santos Discépolo 1857.Viernes 8 de diciembre a las 22.30 en el Teatro El Picadero, Pasaje Santos Discépolo 1857.Viernes 8 de diciembre a las 22.30 en el Teatro El Picadero, Pasaje Santos Discépolo 1857.Viernes 8 de diciembre a las 22.30 en el Teatro El Picadero, Pasaje Santos Discépolo 1857.Viernes 8 de diciembre a las 22.30 en el Teatro El Picadero, Pasaje Santos Discépolo 1857.
Viernes 8 de diciembre a las 22.30 en el Teatro El Picadero, Pasaje Santos Discépolo 1857. 
Imagen: Lali Zonotti

“En algunos textos se deja abierta la posibilidad que este mito, el mito de Deolinda Correa, sea un mito indio que la iglesia católica deformó porque algo de lo que implica que de la muerte pueda continuar la vida no es algo que deje a los cristianos muy tranquilos. Me gusta pensar en todo lo que está vedado para la cultura blanca, todo lo que ese mito encierra, más allá de ese bebé mamando de su madre muerta. Eso que no puede explicarse y que es el milagro para nosotres” arranca a responder Camila Sosa Villada, prestigiosa actriz y poeta travesti y cordobesa, las preguntas de una entrevista que iba a ser por teléfono y termino siendo vía chat. Habla de la obra que presenta esta noche en Buenos Aires, El Cabaret de la Difunta Correa. Y brilla, Camila, en sus respuestas, porque es brillante Camila. Sigue: “Pero haciéndome cargo de mi parte de cultura blanca, y respondiendo ya más a la historia oficial de Deolinda Correa, creo que es una mujer con mala suerte. Que el azar interviene para salvar a su bebé que de alguna manera llegó hasta la teta de su madre, muerta en el desierto, perseguida por un juez de paz (o un comisario) para ser violada. Me imagino su desesperación por no saber a dónde huir y decidir cruzar ese desierto para buscar a su compañero reclutado por Quiroga y retenido en las montoneras de La Rioja. Podría haber sobrevivido si llegaba a Valle Fértil, pero se perdió, y ahí comienza la leyenda. De Deolinda lo que más me da leche es el instinto de supervivencia, tan compartido con nosotras las trans, una manera distinta de ponerse a salvo. En mi época huíamos de la policía montadas sobre unos tacos de quince centímetros y nos descolgábamos por unas lomas del parque donde nos prostituíamos, también alegremente, para no ser detenidas. Lo importante no era la vida, tal cual la viven los demás, lo importante era no ser detenidas en esa marcha nuestra, la marcha de nuestro travestismo, lo importante era no ser encerradas, no morir a manos de la policía, no darles el gusto. Nos tirábamos por esas lomas y nos escondíamos en las canaletas de agua y ahí nos quedábamos hasta que alguna se asomaba y ya no había peligro. En esas estampidas de travestis alguna se quebró, alguna se cortó profundamente, alguna se esguinzó, todas terminábamos a la miseria y con pocas ganas de trabajar, pero no encerradas. Deolinda no quiso ser violada y por eso escapó así, a la bartola como quien dice, y eso es lo que me hace recordar a las travas del parque y a la trava que fui”.

Pensar en Deolinda Correa es pensar en una teta también, en darla, ¿qué es una teta para vos?

-Respecto a la teta, tema central durante años entre las travas, la teta es la hembra. Yo durante años creí que las tetas iban a confirmar la duda de los demás a primera vista sobre mi sexo: dirían, supongo, es mujer, o es una SEÑORA travesti, porque además, en esas épocas no había lugar para experimentar ser mujer más que así: poniéndote tetas y cadera y culo. Con pija y tetas trabajabas más. A partir de mi hormonación descubrí el universo fascinante de las tetas en la sexualidad. Las hormonas me dieron la posibilidad de experimentar las mil electricidades y fulgores de mis propias tetas siendo besadas, mordidas o apretadas. Se dice que amamantar es una de las experiencias más placenteras de una mujer, me imagino que no debe ser muy distinto de lo que sucede cuando un chongo se prende a tu pezón y se queda un rato ahí, jugando a la nodriza.

En teatro siempre trabajás con material autobiográfico, ¿cómo se conecta la Difunta con tu vida?

-Yo tengo mi propio mito sobre un milagro de Deolinda Correa. Es el origen de la obra: mis viejos fueron al Santuario a pedir y agradecer y mi mamá le pidió un trabajo para mí, porque en ese tiempo la estaba pasando mal en la calle. A los tres meses estrené Carnes Tolendas y mi vida dio un volantazo terrible: de esa marginalidad que no me disgustaba del todo, pasé a ser una actriz conocida, respetada, que interesaba a los demás. Podía hacer algo que pocas actrices de mi generación pueden hacer: vivir del teatro. Al poco tiempo de ese milagro, volvimos al santuario de Deolinda a agradecerle y lo que más me llamó la atención es cómo pagaban su deuda los promesantes: de rodillas, arrastrándose. Pagaban con el cuerpo, como pagamos con el cuerpo las travestis el precio de ser nosotras mismas. Lo segundo que me llamó la atención era lo sexy que estaba representada Deolinda muerta. Más que muerta, parecía una mujer extenuada después de coger por muchas horas. Que en el intervalo recuerda amamantar a su hijo. Y me dije: acá hay una historia para contar. De manera que la historia de la Difunta me conecta con mis viejos, a quienes imagino haciendo una promesa para ayudarme, cruzando el desierto en ese auto viejo llevándome a pagar mi deuda también. Me conecta con las travas que conocí, que me cuidaron, que me enseñaron, que me dieron valor, que me hostigaron y me dañaron también, esas travestis con las que pusimos en práctica la sororidad trans para defendernos de borrachos y chetos dañinos. También con mis maestros, también con mis Baudilios y también con mi deseo de ser madre, que a veces mengua y a veces fulgura como una Yerma Trans. También me conecta con María Palacios, amiga y compañera de debut, con paco Giménez que me enseñó mucho de lo que sé del teatro. Deolinda Correa es un viaje a mi propia historia, que de repente se transformó como se transforman las actrices en escena.

Elegiste una galería de mujeres tremendas como las de Federico García Lorca, Tita Merello, Billie Holiday, Frida Kahlo. ¿Por qué elegiste a cada una?

-Lo importante de los personajes que elijo para llevar a escena es que tengan una historia digna de ser contada. No toda una vida, aunque suenen tremendos esos nombres que vos decís, sino escenas, detalles de una vida que puedo poner en el teatro con mi propio lenguaje: Lorca a oscuras suplicándole a su madre que lo borde en una almohada, o en el pelotón del fusilamiento diciendo poesía. Tita Merello declarándosele a Luis con un texto de una obra que estaba ensayando, o encontrando de repente tantas similitudes con Filomena Marturano y su propia historia. Billie Holiday cayéndose del pedo en un recital bañada en lágrimas. Frida Kahlo escribiéndole a su doctor los pormenores de su aborto. También son personajes que me parecen prismas. La luz pasa por ellos y refleja en todas direcciones. Cualquier persona del público puede sentirse interpelada por sus historias, por sus palabras, por esas escenas, sin necesidad de coincidir en nada, salvo en ese instante que pertenece al ámbito de las emociones. Por otro lado, esos personajes son un poco yo misma, por marginales, por dolidos, por llorones, por traicionados. Todos nuestros personajes nos modifican, decía la Yourcenar. Yo creo que es verdad. La sola disposición de llevarlos a escena me ha cambiado por completo.

Trabajar esas figuras desde el travestismo, ¿te parece que ele pone una perspectiva particular a tu creación y composición de los  personajes?

-Cuando los interpreto entiendo que algo de mi travestismo los trae a tierra. Pienso en Salma Hayek interpretando a Frida y luego pienso en mí y creo que no es lo mismo. El cuerpo de las travestis está atravesado de connotaciones que ponen a jugar otras cosas en el espectador. Sobre ese sufrimiento que nos ha impuesto el mundo, yo pongo a jugar una leyenda. Entonces la leyenda de repente se vuelve real, más alejada del mito o la belleza y entra a jugar todo lo que se sabe de nosotras las travestis. Pienso que esas personas que llevé a escena están felices de que haya sido una trans y no una mujer cis o un hombre cis quien los interpretara. El cuerpo de una travesti en escena siempre es algo para agradecer.

Y empieza a terminar Camila. “Para terminar”, me dice, “en este viaje de El Cabaret de la Difunta Correa, me acompañaron Érica González, amiga desde hace casi 20 años y Agustín Albrieu Llinás, compañero más reciente que me ha traído al mundo de la música de lleno y de golpe, que me ha ayudado a cantar y me ha conectado otra vez con mi belleza, nomás por estar a su lado, que es tan bello. Y me niego a decir Difunta Correa todo el tiempo, me gusta pensar en Deolinda viva, amamantando, cogiendo, recibiendo visitas, me gusta pensarlas vivas, aunque estén muertas”.