Una mujer sin límites
Firme candidata de Chile para el Oscar a Mejor Película Extranjera, Una mujer sin límites viene cosechando premios desde los tres que recibió en el Festival de Berlín, incluyendo el Teddy a la Mejor Ficción de Diversidad Sexual. La actriz trans Daniela Vega pasó por el Festival de Cine de Mar del Plata, donde recibió el premio a Mejor película mercosureña de la Competencia Latinoamericana.

Se dice que el escritor chileno José Donoso hizo todo lo posible para que Luis Buñuel filme una adaptación de su novela El lugar sin límites (1965). Pero lo único que se logró era que el cineasta compre los derechos de la novela y amague con filmarla durante seis años, proponiendo y descartando a distintos actores para que interpreten a la protagonista, La Manuela, el corazón de la novela, una travesti que teñía de pasión escarlata toda la oscuridad de un prostíbulo. Ese proyecto quedó trunco, pero el mexicano Arturo Ripstein, con asistencia en guión de Manuel Puig, finalmente hizo la adaptación en 1976, donde el papel de La Manuela fue interpretado por Roberto Cobo, quien fue, paradójicamente, protagonista de Los olvidados, una de las primeras grandes películas de Buñuel en su exilio en México. Con El lugar sin límites¸ Ripstein terminó de perfilar su estilo personal y la película, con patetismo, dolor y melodrama con exaltación de tragedia, se convirtió en una de las obras más densas del cine mexicano, cristalizando todo el machismo, pero también la sensualidad carnal y el ritualismo mortuorio, rasgos propios de esa cultura. Nunca, ni Buñuel ni Ripstein, pensaron en una persona trans para interpretar el rol. La travesti en cine parecía estar condenada a ser siempre representada, pero nunca encarnada.

La película chilena Una mujer extraordinaria es un giro necesario dentro de esta tradición, que no solo convoca a ser el rol protagónico a Daniela Vega, sino que ella colaboró desde el germen del guión, y el papel incluyó algunas vetas propias de la actriz trans como su virtuosa capacidad de cantante lírica. No se trató de imponerle un rol a Vega sino de crearlo en diálogo. Para eso, el cineasta Sebastián Lelio junto con el guionista y crítico de cine Gonzalo Maza urdieron una narración que se vuelve un artefacto inteligente y sensible, pudiendo usar las herramientas del cine para cuestionar incluso el juego que se produce en cada película. Para empezar, como primer giro, la película comienza siendo narrada desde el punto de vista de un hombre para dar paso, en un ideológico giro del relato, a una historia que es conducida por una mujer trans, Marina. Como en Psicosis de Hitchcock, otra película transgénero, el cambio de punto de vista reescribe las reglas y nos hace cuestionar el lugar desde el que miramos. “Es una película transgénero sobre un personaje transgénero. La película es una especie de caballo de Troya: toma a un personaje que la sociedad tiende a rechazar para ponerlo en el centro absoluto y filmarlo con caligrafía clásica, a pesar que sea un personaje anticlásico”, señaló Lelio, revelando el espesar de la operación principal de la película. En un relato que puede pasar por thriller convencional hay una mirada que puede ver más allá del horizonte de expectativas para trazar la historia de una mujer trans que pierde a su novio, un empresario maduro, y comienza una escalada de tensión y violencia que deriva de un acoso extremo de la policía y la familia del novio muerte. Una vez una mujer trans sobrevive, una vez ella tiene que hacer el duelo, otra vez el entorno no le perdona estar en el lugar de la sensibilidad que el orden disciplinario social dicta que no le corresponde. Como los grandes directores modernos disfrazados de clásicos al estilo Hitchcock, Una mujer fantástica cuestiona la representación, las formas en que se crean imágenes de nuestros cuerpos, acciones y sentimientos. Por eso también hay citas literales a Vértigo, otra película del maestro del suspense, que invierten el punto de vista de quien investiga al mundo, de la mirada que busca abordar el sentido de realidad y del amor. 

“El motor de nuestra película es cuestionárselo todo. Es preguntarse qué cuerpos se pueden habitar, qué otros no pueden habitarse y quién dijo que esto no podía ser así”, dice Daniela Vega, cuyos ojos miran todo con perplejidad en cada plano, como forma de resistencia de las miradas rígidas y opresivas. Ojos abiertos a encontrar pistas y a dejarse perder, sabiendo que a veces no hay nada que encontrar. La violencia a la que se enfrenta Marina es clásica y moderna, es la que sale en los diarios y la que se invisibiliza en la rutina, es la violencia del golpe y el insulto, de las prácticas institucionales policiales y médicas actuando la unísono, pero también es el menosprecio y el maltrato inconsciente del paternalismo solidario. La escapatoria de la película a toda esa violencia es la posibilidad de avanzar con independencia hasta encontrar refugio en la ambigüedad de la realidad, nunca ser tajante y unidireccional, sino sabiendo que en la percepción propia del mundo también hay agujeros negros, expectativas equivocadas, flaquezas, alucinaciones y fantasmas. Cuestionar todo es también interrogar nuestros propios deseos de ser, representar y percibir el mundo. Ser y/o no ser, esa es ahora la cuestión.