La revista Fierro llega mañana a los kioscos con Página/12
Puertas a la historieta argentina de hoy
El tercer número de la nueva etapa de la publicación señera de los cuadritos en el país trae una saludable e inusual mezcla generacional, además de gran presencia femenina, distribuidas en 100 páginas de pura historieta.
La historieta no es un arte que se quede en el pasado añorando tiempos presuntamente mejores.La historieta no es un arte que se quede en el pasado añorando tiempos presuntamente mejores.La historieta no es un arte que se quede en el pasado añorando tiempos presuntamente mejores.La historieta no es un arte que se quede en el pasado añorando tiempos presuntamente mejores.La historieta no es un arte que se quede en el pasado añorando tiempos presuntamente mejores.
La historieta no es un arte que se quede en el pasado añorando tiempos presuntamente mejores. 

Hay muchas formas de entrar a la historieta argentina contemporánea. Y en la Fierro hay una buena cantidad de puertas que vale la pena atravesar. Esto dicho a propósito de la nueva entrega de la revista señera del noveno arte en la Argentina, que este año asumió una nueva etapa de su historia –la tercera– y se convirtió en trimestral y con formato expandido: 100 páginas, una tras otra, de historieta pura. Como en la etapa anterior, sigue llegando a los kioscos junto con PáginaI12. Y lo que son las cosas, su próximo número sale mañana mismo.

Este tercer número de esta tercera etapa viene a ratificar el nuevo camino emprendido por la revista, mucho más amplio en su concepción de qué es la historieta argentina, con una muy saludable mezcla de generaciones, difícil de encontrar en otras publicaciones del rubro. En esta Fierro coexisten algunas figuras de la generación fanzinera de fines de los 90 (que se consolidó y convirtió en modesto establishment local la década pasada) con nombres de calle de la última etapa masiva de la disciplina en el país (ahí están Guillermo Saccomanno y Domingo “Cacho” Mandrafina), pibas y pibes de 30 y pocos que están sacudiendo el avispero desde la autoedición desde hace algunos años, y figuras difíciles de encasillar en ningún sector, pero cuyos trabajos no dejan de atraer miradas.

En su posfacio, el director de la revista, Lautaro Ortiz, observa que la historieta “no es un arte llorón”. Es decir, no es un arte que se quede en el pasado añorando tiempos presuntamente mejores. Y ahí aparece la troupe de nuevos nombres: la sensualidad manifiesta de las ilustraciones de Natalia Novia, la intensidad del relato de Gato Fernández, los abrazos y las bicicletas de Nacha Vollenweider, la aguada épica de Daniela Arias, el trazo salvaje de Muriel Bellini y la narración precisa de Matías San Juan. Y no parece casual que la mayoría de estos nombres, nuevas incorporaciones al equipo trimestral fierrero sean mujeres. Era un debate de larga data, la presencia femenina no sólo en la publicación, sino en todo el circuito comiquero local. Este 2017 fue el año en que los escépticos tuvieron que abandonar todas sus dudas: nunca se publicaron tantos libros escritos / dibujados por ellas (muchos, además, entre los mejores del año). Nunca fueron tantas en la revista. Y ya no agrupadas en un suplemento especial, sino como parte de la propuesta regular, a la par de sus colegas varones.

Con todo, los nostálgicos de etapas anteriores de la revista siguen teniendo su rincón. Ahí hay dos páginas de Gustavo Sala, con su humor de siempre. Ahí están Langer o el Polaco Scalerandi, revulsivos. Y no falta tampoco Lucas Nine (quizás uno de los principales caballitos de batalla de Ortiz). Pero también está un clásico como El condenado, de la veterana dupla compuesta por Guillermo Saccomanno y Domingo “Cacho” Mandrafina. Hay un rincón para la cosa más experimental de la mano de Ezequiel García. Además, vienen varias páginas de Barrio gris, quizá la serie más veterana de la revista, de Pipi Spósito y Eduardo Maicas.

La sorpresa en este número viene por el lado de Daniel Santoro, con una extensa historieta autoconclusiva –20 páginas– que propone un Manual del niño leoliberal, en claro diálogo con la actualidad social, política y económica del macrismo, y con dos referencias claras: una más estilística en los antiguos manuales escolares del peronismo, la otra en formato a partir de libros de biología. Construido su trabajo en torno a textos ilustrados que potencian y completan su sentido, Santoro se permite observaciones agudas sobre el ser neoliberal,    su predilecto empleado “el CEO” (incapaz de practicar la piedad porque “nunca sabrá cuándo es suficiente”, considera) y su opuesto, el descamisado que “atrapado en la ciudad neoliberal medita su destino” (y ahí se desliza en una referencia a El hombre que está sólo y espera).

Para cerrar el recorrido de esta revista, conviene destacar la participación del español Álvaro Ortiz, con un relato difícil de encasillar sobre la vida y las relaciones en este siglo. Una historia muy bien construida y con un dibujo caricaturesco muy logrado. Otro de los hallazgos de una revista con la que vale la pena reencontrarse.