La llamada solución final fue parte del programa del nacionalsocialismo. Mientras afirmaba que “las contradicciones entre propaganda y realidad no eran muy profundas”, el régimen sabía todo lo que al pueblo le brindaba felicidad, sin jamás frenar la fabricación del mito. Así, Goebbels, el omnipotente ministro de propaganda nazi, afirmaba que la “Idea” se expandía en las masas “como un gas que penetra los objetos más sólidos”. El Triunfo de la Voluntad (1935), de Leni Riefenstahl, es un documental de propaganda nazi, encargado por el propio Hitler. Desde los inicios del régimen, la propaganda fascista fue la columna vertebral y sostén ideológico del Tercer Reich. El régimen había planificado una estética muy clara para luego materializarla en hechos criminales.

“Ojalá que la brillante llama de nuestro entusiasmo nunca se extinga. Solo esta llama da luz y calor al arte creador de la moderna propaganda política. Levantándose de las profundidades del pueblo, este arte siempre debe volver a descender sobre él y encontrar su fuerza. El poder basado en las armas puede ser una cosa buena: es, sin embargo, mejor y más satisfactorio ganar el corazón del pueblo y conservarlo”. (Goebbels). Para el fascismo, la retórica define la propaganda y se materializa a través de los medios de comunicación de su tiempo histórico; se puede volver un “arte creador”, y en el caso de la propaganda nazi lo consideraban un poder autónomo al régimen, cuyo fin era exterminar a un pueblo. Pero el régimen, Goebbels y el resto sabían que esta llama se apagaría. Los dos medios de comunicación más importantes fueron la radio y la prensa. Por orden ministerial, todas las emisoras radiofónicas fueron unificadas en la Compañía Nacional de Radiodifusión. La propaganda era la base sobre la que se sustentaba el régimen alemán y uno de los medios que más difundía su ideología --además de los periódicos-- fue la Volksempfänger, la radio del pueblo. Este aparato de radio fue creado por Otto Griessing, un ingeniero de la empresa Seibt, quien recibió el encargo de manos de Joseph Goebbels, y para trabajar en él había que pertenecer a la Cámara de Radio del Reich, dependiente del ministerio. Los filmes de propaganda necesitaban enaltecer la supremacía del ejército sobre el partido y evitar cuidadosamente la realidad. Es tan grande la teatralidad, el maniqueísmo y la impostura, que apesta. Uno de los ejemplos más elocuentes es el hecho de que los treinta y dos camarógrafos del documental tenían que llevar uniformes de las SA durante todo el rodaje, a sugerencia del jefe del estado mayor, Lutze, “para que nadie perturbara la solemnidad de la imagen con sus ropas de civil”. El destino estaba escrito. La bella marginada trabajó codo a codo con Hitler y Goebbels, por lo que no había dudas de sus intenciones, sin embargo, también desarrolló una concepción estética independiente de la propaganda nazi. La forma de nazificar al pueblo fue a través de la propaganda. “Las cuatro películas que el régimen encargó a Riefenstahl son epopeyas de comunidad consumada, en las que la realidad diaria es transcendida mediante la impasividad y la sumisión extáticas. Estas tratan del triunfo de poder” (Sontang). Las cámaras captan primeros planos, edificios antiguos de piedra de Núremberg, la esvástica, campanarios, nubes, cielos plagados de aviones de guerra, siempre la exuberancia a la lealtad, enarbolando las banderas de sangre. El film está en marcha, en lucha, con un movimiento incesante, panorámicas y travellings que envuelven al público en una marea febril, alienante y nihilista. “La propaganda manejaba un pueblo vacío. Dominada por un lenguaje llano, la propaganda de Goebbels, del régimen, no satisfecha con imponer por la fuerza el sistema nazi en el pueblo, se proponía imponerlo en su corazón y mantenerlo allí. De esta manera, la propaganda nazi se extendió sobre todas las potencias del pueblo para cubrir el vacío que había creado el régimen fascista. Se recurrió a la realidad adulterada, y a las mentes agotadas y ya no les fue permitido soñar” (Kracauer). En el discurso fascista, la verdad radica en su omisión. Leni Riefenstahl alcanzó su esplendor como directora de cine durante los decisivos años treinta. Puso su indiscutible capacidad creativa y vanguardista al servicio de la ideología más cruel e inhumana que haya conocido el mundo contemporáneo. Los films de propaganda nazi elogiaban la figura por sobre el intelecto. La quema de libros de mayo de 1933, y posteriormente la quema de cuerpos, fue símbolo de acabar con el pasado para ver nacer una nueva raza aria.

La política es “el arte más elevado y comprensivo --dijo Goebbels en 1933-- y nosotros, los que damos forma a la política alemana moderna nos sentimos artistas, ya que la tarea del arte y del artista es conformar, moldear, suprimir lo enfermo y crear libertad para lo sano”.

Diez años después de la liberación del campo de concentración de Auschwitz, el 27 de enero de 1945, Alain Resnais regresa al escenario del horror y filma Noche y niebla (1956), una de sus obras más notables. “¿Qué esperanza tenemos de capturar esa realidad? De este dormitorio de ladrillo y esos sueños atormentados podemos tan solo mostrar el caparazón exterior, la superficie. Un campo de concentración se construye como un estadio o un gran hotel. Con empresarios, estimaciones de competencia y sin duda alguna, algún que otro soborno. No hay ningún estilo específico, se deja a la imaginación: estilo alpino, estilo garaje, estilo japonés... sin estilo. Bajo el pretexto de la higiene, la desnudez despoja de orgullo a los presos ya humillados. Al final cada preso se parece al siguiente: un cuerpo con edad indeterminada que muere con los ojos muy abiertos. Un crematorio desde el exterior puede parecer una postal. El único signo que se debe reconocer son los arañazos en el techo. Incluso el hormigón era rascado. Con los cuerpos... ¿lo podremos decir? Con los cuerpos hacían jabón”. Y mientras nosotros, espectadores de la muerte ajena, intentamos reparar algún daño, el director nos advierte: “Nueve millones de muertos en este paisaje. ¿Quién entre nosotros vigila desde esta extraña atalaya para advertirnos de la llegada de nuevos verdugos? Hacemos la vista gorda a lo que nos rodea y oídos sordos al llanto interminable”.