La gratitud que expresa el título del nuevo disco de Juan Gabino -Gracias Amigo (Club del Disco)- se acentúa a lo largo de la escucha, en donde el jazz aparece como un diálogo virtuoso y agraciado, a partir del disfrute que el guitarrista logra junto a Martín Wyczykier en piano, Nicolás Baumberger en contrabajo, y Sebastián Mamet en batería. La presentación del álbum es esta noche, a las 21 en el Petit Salón de Plataforma Lavardén (Mendoza 1085); junto a la participación de Lu Blanch en voz y Manuel Asenjo en guitarra. “El disco nace, precisamente, a partir de la canción ‘Gracias, amigo’, desde una necesidad casi accidental en la que me encontré, a partir del fallecimiento de una persona muy especial en mi historia de vida y con la música”, explica Juan Gabino a Rosario/12.

“A los 14 años, un amigo de mi vieja, Fer, cuando supo que había empezado a estudiar música comenzó a regalarme muchos discos, y después empezó a prestarme guitarras, que él coleccionaba como aficionado. Al final, hasta me terminó regalando una para un concierto: ‘Tenela’, me dijo; no aceptó que se la devolviera. Los años pasaron, en el 2023 Fer falleció, y encaré un proceso de duelo componiendo. Las composiciones que aparecían tenían algo del homenaje que quería, y fue así como nació esta canción, de una forma completamente distinta a como se grabó. Es una canción en forma de agradecimiento y con un tono un poco melancólico, pero al mismo tiempo queriendo rescatar y revalorizar todo lo que Fer me había dado a lo largo de los años”, continúa el músico.

-Algo que terminó por cobrar la forma de todo un disco.

-Algunas canciones, que tenía a medio hacer, empezaron a resonarme. Por ejemplo, el primer tema, “Lo que trasciende”, lo hice durante la pandemia, pero no lo había terminado. Ese tema me empezó a llamar, porque tenía que ver con este tinte de celebrar lo que él me había dejado; en ese sentido, empecé a encontrar obras que se empezaron a vincular, y en 2024 empecé a escribir otras cosas. Se sumaron también dos canciones de los músicos integrantes, porque quería que hubiera música de ellos.

-¿Cuáles son?

-La canción del contrabajista, Nicolás Baumberger, es “Guadal”, el título hace referencia a un término que remite a unos pozos de barro que hacían los gauchos para atrapar a los indios (ver contratapa de este diario); es como un “barro armónico” y es muy difícil de improvisar, es el que más estudio me lleva (risas). El otro tema se llama “E de Sur (mi empresa favorita)”, del pianista, Martín Wyczykier; tiene un juego de palabras irónico con Edesur, por los cortes de luz que él tuvo que sufrir.

-El disco suena feliz, es toda una nota de cariño para tu amigo.

-A mis 14 tuve, una crisis en mi familia; mis viejos se separaron, mi papá tuvo que irse a laburar afuera, era la época del 2001. Yo estaba empezando a estudiar música, y mi madre empezó a caer en una especie de depresión. Sin querer, estuve bastante desamparado, pero con la música a pleno; y esta persona fue como un salvador. Gracias a él, llegué a tener en un momento cuatro guitarras que me había prestado, y tres de ellas valían más de 1000 dólares. A lo largo de los años, y como pude, siempre le fui agradeciendo. Este disco me ayudó a transformar el pasamano que significa la música, porque me parece que la música es de todos y al mismo tiempo no es de nadie; es algo que en realidad nos atraviesa, y es lo que me enseñó esta persona, por cómo me entregó música. Entonces, lo mínimo que yo podía hacer era transformar en música toda esa experiencia.

-¿Qué aparece aquí de forma diferencial, en relación a tus anteriores trabajos?

-En principio, sigo usando algo que creo que me identifica, que es el lenguaje del jazz tradicional, pero también el moderno. Esta vez, creo que doy un paso más dentro de lo moderno o contemporáneo, más que nada en el primer tema: uso la guitarra como una especie de colchón rítmico, de candombe y milonga, donde después sobregrabo algunas líneas melódicas, algunas texturas, algo más climático. La estructura de esa canción es la más contemporánea de lo que he grabado hasta el día de hoy; introduje también voces como instrumentos, junto a mi compañera, Luciana Blanch. Desde la guitarra hablo un lenguaje rítmico de milonga, y la batería y el piano improvisan en ciertas partes. La estructura es también bastante única, con momentos más tonales y momentos más ambiguos. Después, lo que sucede con la formación a lo largo del disco, está relacionado por momentos con el típico cuarteto de jazz, el de discos como Intuit, de Kurt Rosenwinkel, y otros de Joe Pass o Pat Metheny con Brad Mehldau. Es una sonoridad que me ha inspirado muchísimo. El último tema, “Sonny al óleo”, es una transcripción del solo de Sonny Rollins en “Oleo”, el tema clásico del disco de Miles Davis. Soy fanático de Rollins, encontré unos lugares del solo que me gustan mucho y los transformé en una melodía. Al disco lo grabamos toda una tarde, empezamos a las 2 y terminamos a las 9 de la noche; uno al lado del otro, tocando todos a medio metro de distancia. Fue capturar lo que pasaba ahí, como en la vieja escuela, a la manera de los discos de Blue Note. Los temas salieron con esa frescura, en el sentido genuino de la grabación.

-“Un sueño con la infancia” concluye y vuelve a comenzar de otra manera, ¿no?

-Con ese tema tuve la sensación de que tenía que tener una significación, con la infancia como esa época especial a partir de la cual uno toma un rumbo en su vida, por eso también el cambio de estructura. El tema está basado en un sueño que tuve y se llamaba “Un sueño con Sco” (risas); soñé, literalmente, con mi infancia: cumplía años, mis viejos me hacían una especie de celebración con pizzas caseras, con todos mis amiguitos, y estaba también John Scofield; era muy real la sensación de que él me saludaba y de que se integraba. ¿Qué me transmitía la música de Scofield, que es uno de mis referentes? Después decidí darle más protagonismo a la infancia y cambié el nombre, porque realmente era lo que más identificaba la génesis y el porqué de la música. Al despertar, automáticamente empecé a componer el tema. Lo demás fue como una coda, donde me dieron ganas de darle una sorpresa al oyente, ya que todo el tema transcurre en la primera parte, que es el ABC, la estructura; la D es una coda que cambia, pero es una coda desarrollada.

Entre los matices que desliza el disco figura la ubicación, a mitad de la escucha, del tema “Gracias, amigo”; “es un poco una bisagra entre lo tradicional de una balada en tres cuartos, pero con un audio buscado desde lo moderno. Le hice un procesamiento a la guitarra, junto al técnico de la grabación, para encontrar ciertos efectos”. Y por otro lado, un dato que no es menor: “Es la primera vez que grabo con una guitarra Telecaster, lo cual es controversial, porque no es una guitarra muy típica del jazz. Si bien hoy ya se usa bastante, para el tradicionalista es una guitarra más ligada al rock; es la que usa Keith Richards. O sea, en ese sentido fue una búsqueda estética propia, al apostar a que la música va siempre más allá”.