A Tizi por abrirme todos los juegos, aún sabiendo que sé poco de todos.

Un rayo de sol vuelve a llamarlo como si fuera un conjuro: las camisetas del entrenamiento colgadas, secándose en medio del patio. Miro la cortina de ropa que siempre odié y sonrió y agradezco: los colores fluorescentes que indican que ha estado acá, que hace hogar. Nunca entendí nada de fútbol ni siquiera llego a entender bien la técnica pero pese a eso esperé hasta que empezó la temporada del torneo para que me invitara, que me dijera que podía ir, que no le rompía la cábala. Esperé que un domingo por medio mi plan fuera ir a verlo hacer su arte, ser feliz y también, a veces, sufrir. Porque para una u otra cosa, nunca jamás, es bueno estar solo.

Otro rayo señala el cuarto que supo ser mi escritorio hasta hace unos meses y ahora es una pieza, como me gusta decir: su pieza. Pocas cosas, “un cuarto monacal”, me dijo un amigo, cuando le envié la foto. El niño, como yo le he puesto para referirme a él, se arregla con algunas cosillas mínimas e incluso accede a que la pared de bibliotecas siga ahí, pegada a su cama. Dice poco pero escucha todo. Goza de ese don. El niño agradece siempre en gestos

mínimos y discretos que se leen en su tono de voz y que prescinden de palabras.

Armar un cuarto para un otro desplazando el espacio propio, creando un nuevo lugar. Cuando mi amiga me dijo que había dejado su escritorio (quienes escribimos y trabajamos entre papeles y libros, sabemos lo que eso significa), para hacerle un cuarto a su hija, pensé: cuánta entrega. Y aquí estoy yo hoy: tendiendo la cama y buscando una funda roja que combine con el acolchado negro para que el sueño del nuevo habitante sea acunado por su cuadro de fútbol. Hacer lugar, alojar, dar cobijo. Hay un libro que habla de eso, de la hospitalidad. Dice y lo traduzco mal: la hospitalidad tiene que ver con reconocer lo ajeno, al otro en su otredad y también en su singularidad y no temer a eso. La hospitalidad baja las barreras de alerta y genera, abre espacios incluso, donde parecía que no había.

Antes de convertir el altillo en su pieza (cómo me gusta poder poner aquí el posesivo) durmió en el living. Sentí, mientras ese hábitat precario duró, que eso no era una pieza. Sin embargo. algunas mañanas, sin ánimo de despertarlo, cuando la puerta quedaba entreabierta, chequeaba que estuviese cómodo y ahí estaba él durmiendo plácidamente.

Hoy se despertó con un malestar que arrastró desde la noche o días anteriores. Sus padres se han ocupado de que tome algo, de que no tome frío, de que no le falta nada. Yo me ocupo de cosas pequeñas e imperceptibles, tal vez por eso antes de que se fuera le di una lapicera y le dije: es para la prueba, borra fácil, escribe lindo.

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