A medida que avanzo en el uso de la IA me pregunto si vamos a perder la capacidad de escribir. Le pido que me escriba un proyecto, esas tantas cosas que tengo que escribir a diario y que no necesitan de ningún vuelo. Lo corrijo un poco y listo. Tengo los suficientes años como para no ser nativa digital, cuento con facilidad para poder escribir lo que quiero y así y todo prefiero que la IA escriba las cosas que no tengo ganas de escribir. Qué pasa y qué pasará con quienes no tienen adhesión a la escritura, quienes tuvieron primero en sus manos una pantalla que un lápiz, quienes encuentran en la escritura un sistema ripioso y obsoleto.

Me dicen que el asistente de IA me liberará de tiempo para que yo pueda escribir lo que realmente quiero, el sueño de la novela total de todo periodista. Y que el conocimiento podrá avanzar exponencialmente porque si alguien está investigando algo en China que coincide con mis propias búsquedas las IA se retroalimentan.

Yo prefiero detenerme un poco antes, quedarme en la pérdida si se me permite, en lo que va a pasar con nuestros dedos, con esas manos que ya fueron perdiendo la capacidad de escribir con lapicera o lápiz por el avance de las computadoras y el celular.

Al usar menos la escritura manuscrita perdimos también algo identitario, una marca, un yo. Eso es justamente lo que está en juego, cómo seguir siendo únicos sin que la escritura estandarizada nos masifique. Si apenas una letra manuscrita es capaz de delatarnos, con el pasaje a la escritura en máquina de escribir o computadora, la personalidad tiene que verse en otro lado, en el fraseo, en la forma de armar el párrafo, en la respiración, en las palabras elegidas o en la manera de apelar a los adjetivos.

Si dejamos de escribir y perdemos las sutilezas del manejo de la escritura, ¿dónde nos encontraremos? ¿En la manera de preguntar? ¿En la de dar indicaciones para llegar a resultados esperados?

Antiguamente, la escritura era forzosamente manuscrita. En la época preindustrialización escribían con pluma de ganso. Gustave Flaubert aseguraba tener cientos de ellas y se llamaba a sí mismo “un hombre pluma”, tal era su relación personal con sus instrumentos de escritura. El bolígrafo es un invento que no cobró forma hasta 1938. La máquina de escribir no fue bien recibida por todos los que se dedicaban a la escritura. Y el teclado de la computadora tampoco. Entre quienes se resistieron están además los que por un error o azar o por el hartazgo de las pantallas hoy vuelven a los orígenes.

Martín Kohan dijo que el problema es que los dedos van demasiado rápido en el teclado. En cambio, cuando escribe a mano, el tiempo del dibujo de la letra se acompasa con la cadencia que busca en la frase y con el tiempo de aparición de las frases en la cabeza. Mario Vargas Llosa dijo algo similar, que el ritmo de su mano es el ritmo de su pensamiento. Otros dicen que en el papel se escucha la música de la escritura.

La diferencia entre escribir en papel o en teclado no es simplemente instrumental. Se escribe diferente. Ni mejor ni peor pero sí con mayor fluidez, porque las correcciones tienen más chance de ser aplazadas en el papel.

La escritura con una sola mano puede hoy parecer absurda, ilógica, torpe o anticuada. Tal vez llegue un momento en que pocas personas sean capaces de hacer eso tan complicado y lento como dibujar letra por letra para tratar de contar una historia.

Dicen que Alejandra Pizarnik tenía letra de nena. Escribía cartas y las adornaba con dibujitos. Borges escribía chiquito, casi ilegible, apretado; en imprenta manuscrita y en cuadernos escolares cuadriculados. Bioy Casares tenía letra inclinada y le gustaba dibujar en los márgenes, como también han hecho James Joyce y Fiódor Dostoyevski. Hace unos años, cuando vino Lorrie Moore a la Argentina, logré que me dedicara su Hospital de ranas. Su letra está acostada hacia la derecha, alargada casi hasta la ilegibilidad. Creo que me escribió “For Sonia. Here in the museum”. Estábamos en el Malba. Una frase cualquiera que atrapada en la letra de una autora que admiro, atesoro como si fuera eso, un tesoro.

No son pocos los escritores y escritoras que escribían o escriben el primer borrador de sus novelas a mano y en papel, libretas, hojas, cuadernos. Luego, a la máquina de escribir o a la computadora y a seguir corrigiendo. Podemos nombrar a Toni Morrison, Juan Rulfo, Graham Greene, Pablo Neruda, Kazuo Ishiguro, Jk Rowling, Paul Auster, Joice Carol Oates, Adolfo Bioy Casares, Cesar Aira. Greene sacaba del bolsillo un pequeño cuaderno negro de piel y una pluma del mismo color y empezaba a escribir. Lo hacía lentamente, sin tachar nada y en una caligrafía pulcra y cuadrada con letras muy pequeñas y apretadas. Neruda volvió a escribir a mano cuando tuvo un accidente y descubrió que su poesía era más sensible cuando trabajaba así. Auster escribía el primer borrador a mano y luego lo pasaba a máquina (de escribir, no computadora) porque el lápiz o el bolígrafo le hacían sentir que las palabras le salían del cuerpo. Bioy escribía a mano, con una Pelikan concretamente. Hasta hizo una publicidad en la que decía que siempre tenía ganas de escribir cuando tenía una Pelikan en la mano. Oates dijo alguna vez que podría escribir una novela entera en trozos de papel. Rulfo había pasado por distintas herramientas de escritura pero al final solo lo hacía con un lápiz amarillo, de mina 2B, esos que tienen la goma de borrar en la cima. Truman Capote escribía a mano y hacía dos versiones de cada texto. Primero en papel amarillo, luego en papel blanco y, al final, lo pasaba a máquina. Claudia Piñeiro toma apuntes, anota cosas a investigar, citas que luego puede usar o no, todo en libretas y cuadernos. Clara Obligado, además de todo eso, lleva un diario de escritora.

Aunque parezca puramente nostálgica esta columna, también debo señalar que quienes añoramos las particularidades de una forma de escritura manual, parecemos olvidarnos que venimos de la oralidad. Que en un principio fue el eco, el sonido atravesando el aire, el que permitió comunicarnos.

La escritura surge como una herramienta para fijar el lenguaje y trascender la limitación del tiempo y el espacio. La escritura transforma la forma de pensar, promoviendo el pensamiento lineal, analítico y abstracto.

¿Cual es el escalón que sigue?

¿Dejaremos también de pensar y de poder resolver cuestiones básicas, por el acostumbramiento a que otro las piense en lugar nuestro?

¿Qué es lo que no podemos imaginar todavía y ya está acá?