Primo Levi decía que había querido hacer un libro como un procedimiento químico: que las aguas servidas de su experiencia en el campo de concentración, al pasar por su escritura, se convirtieran en aguas claras, que le permitieran dar un testimonio sin emociones, sólo construido con hechos. No lo logró. Tal vez porque cuando se lo llevaron detenido --secuestrado--, tenía ya veintidós años y conocía bien los sentimientos. Había vivido la ternura de ser hijo de una madre que lo quería, la felicidad de tener amigos del barrio, la sorpresa de la lectura, el shock epistemológico de descubrir un mundo nuevo en la universidad.

Sin embargo, Agota Kristof, escritora húngara exiliada en Suiza desde ese otoño en el que, durante dieciocho días, se combatió al stalinismo, sí que lo consiguió. Porque Claus y Lucas es ese libro que Primo Levi hubiera querido escribir y no le salió. Claro que, para eso, tuvo que deshabitar su propia lengua y hacer uso de otra como si fuera un objeto. Como si tuviera para crear sólo un con pedacito de plastilina y fuera la primera vez que intentara hacer algo con las manos. Escribir como si no supiera. Escribir como una niña.

Agota Kristof se casó muy joven, con un profesor de historia mucho mayor que ella. Fue él quien participó de la revuelta y, temiendo la represalia del nuevo gobierno más prosoviético que el anterior, impulsó la salida del país. Con una bebita de cuatro meses en brazos, cruzaron la frontera a pie, y luego de unos pocos meses en Austria, se instalaron en Suiza. Les dieron una vivienda y trabajo. A ella, en una fábrica de relojes. Cuando todas las tareas de la casa estaban terminadas y el resto dormía, Agota sacaba un cuaderno en el que había ido escribiendo poemas al compás del ritmo regular e hipnótico de la fábrica, y, con un diccionario húngaro-francés, los traducía. Así, muy lentamente, fue haciéndose de los rudimentos de la lengua. Palitos inseguros con los que armar la casita austera de su prosa. Porque los poemas quedaron guardados en el cajón del escritorio de la fábrica de relojes, y su cuaderno se fue llenando de un texto extraño. Una novela, escrita en francés, sobre la infancia de dos niños gemelos durante la guerra. Dos niños que son dejados en la casa de una abuela malvada por su madre. Una madre que los deja ahí para que no mueran de hambre o abatidos por las bombas en la ciudad. Sin madre, con un padre que está en el frente y no se sabe si está vivo o muerto, los niños quedan en la granja, donde sólo se tienen el uno al otro. El gran cuaderno, así se llama esta novela que hoy forma parte de Claus y Lucas, es una proeza de destilación de la lengua. Pero eso ya lo sabe el mundo. Al menos el mundo de la literatura. Claro que no lo suficiente como para darle un premio Nobel, ese Santo Grial de las ciencias y las artes que tan esquivo ha sido y sigue siendo para las mujeres (para no hablar de otras identidades de género).

Hoy, a mí, me gustaría pensar no sólo en la literatura. Quisiera hacer ese procedimiento tramposo y dañino para el arte, que es pensar en los protagonistas de la novela como si hubieran sido niños reales, como si no fuera una ficción sino un testimonio, como si la literatura no fuera sobre la lengua sino sobre la experiencia humana.

Esos dos niños aprenden, durante toda la novela, la crueldad. La aprenden en el sentido estricto del término. Se dedican a tomar cada una de las piezas de la maldad, el desprecio, la negligencia, el desasosiego, como lecciones que deben aprender. Con una técnica pedagógica igualmente cruel, aunque no muy lejana a la que se aplica en la escuela: la práctica. Para aprender a soportar la humillación, practican humillarse hasta que ya no los afecta. Para aprender a aguantar el dolor, se golpean mutuamente hasta que ya no duele. Para aprender a no flaquear ante los recuerdos de las palabras tiernas, se las repiten hasta que pierden el significado. Para aprender a no ser débiles frente al dolor ajeno, asesinan animales a los que aman. Para aprender a aguantar el hambre, ayunan. Para aprender a no olvidar, se repiten párrafos de la Biblia cada vez más largos. Para aprender a escribir sobre estas vivencias, escriben. Escriben hasta eliminar de raíz los adjetivos. Nada debe calificarse. Sólo mostrarse tal cual lo ven.

Cuando han terminado su brutal educación, han logrado el objetivo: ya no sienten nada. Sólo hacen lo que les va tocando hacer para lograr sus objetivos. Si tienen hambre, se procuran comida. Si tienen apetitos sexuales, los sacian. Si necesitan cruzar la frontera para irse a otro país, una frontera electrificada y llena de minas escondidas que es infranqueable, usan a su padre que ha vuelto a buscarlos, para que, con su cuerpo --su cadáver--, marque el camino. Seres sin amor, sin maldad, sin deseo de infringir dolor, sin rabia. Burócratas de la supervivencia.

¿No es eso lo que pretenden de la humanidad los que gobiernan el mundo? ¿Qué es, sino una literalización brutal del “sálvese quien pueda”, esto que estamos viviendo?

¿Qué otra cosa es Gaza, sino el laboratorio siniestro de la humanidad futura?

 

Durante muchos años me dediqué a trabajar con adolescentes que habían hecho una práctica parecida a los gemelos de Kristof durante su infancia. Me contaban su rosario de tragedias sin una sola mueca. Le quitaban a los que estaban a su alrededor cualquier cosa que quisieran, sin animosidad, sin violencia innecesaria. Incluso mi cariño o mi atención podía ser objeto de una disputa sin estridencias, pero efectiva. Aprendí, a fuerza de muchas pruebas y errores, que lo que más me servía para descongelar esas almas que venían del ártico autoinflingido de una supervivencia sin cuidados, era prestarles mi cuerpo para los sentimientos que no sentían. Cuando me contaban algo gracioso, yo les prestaba la risa que no se reían. Cuando me contaban una tragedia, mi cara se contraía, mi pecho se hundía, las manos se me juntaban en el centro de mi cuerpo. Cuando me contaban algo triste, toda esa tristeza se acumulaba en mi mirada. Pero también cuando hacían algo que horrible, yo me horrorizaba con grandes espamentos, y cuando hacían algo bueno por alguien, yo saltaba en una pata. Y cuando algo no les salía, yo les prestaba mi fastidio pero también mi perseverancia. Así, muy poquito a poco, con muchas vueltas y escasas idas, la primavera se iba adivinado debajo de la nieve. Pienso en esa experiencia cuando veo lo que está pasando en Palestina. Algunos, con siniestra impudicia, se preguntan por qué salir con desesperación a hacer algo por una desgracia que se está desarrollando tan lejos de casa. Responder a esa pregunta es darle lugar, y no quiero. Que se las responda su consciencia. Esa pequeña y mezquina consciencia que sólo lucha por lo propio. Lo que sí me gustaría, es responder algo a la inmensa impotencia que sentimos frente a la insensibilidad de los poderosos ante las manifestaciones de repudio alrededor del mundo: si nuestra presión no sirve para detener el genocidio que el país inventado por los sionistas --ese al que cínicamente han llamado Israel (el que lucha con Dios)-- está perpetrando contra el pueblo de Palestina, sepamos que sí sirve para que esas infancias se miren en nuestro espejo. Porque las niñas y los niños de Palestina no tienen tiempo para aprender nada más que la lección de la guerra: sobrevivir. Por eso, nuestros cuerpos que sí tienen tiempo y espacio, pueden alojar todo el dolor que, debajo de las bombas, sin comida, sin agua, sin madres ni padres, con drones que seleccionan con cuidado cráneos infantiles para disparar, no se puede sentir. No bajemos la mirada, no dejemos de ir a las movilizaciones, no le esquivemos a la contracción que sentimos en cada músculo cada vez que vemos una imagen del genocidio en Gaza: somos el espejo en el que pueden mirarse esas infancias. Por otro lado, ser ese espejo, no salva a nosotres de convertirnos en burócratas de la supervivencia. Y, si algo garantiza el fracaso de cualquier sociedad, es ser burócratas.