Empezó lluvioso y terminó sangriento, como una película de terror. La pulseada electoral, que partió el año en dos, sumió al ambiente artístico progresista en un ciclo de manía y desesperanza. La ciudad de Rosario y la provincia de Santa Fe formaron parte del ambiciosísimo proyecto Bienalsur, la bienal que duró dos años y apostó más aún a su ambición de dar vuelta el mapa global del arte. Sus artífices fueron la Universidad Nacional de Tres de Febrero y sus impulsores, actores locales como Fernando Farina y Lila Siegrist, la subsecretaria de Cultura municipal. De Bienalsur nos queda en la ciudad la explanada del Parque España pintada por Pablo Siquier y también la tristeza de saber que una de sus estrellas más brillantes, la artista rosarina Graciela Sacco (1956‑2017), falleció a los 61 este año. Graciela Sacco fue una de las impulsoras de la bienal Tomarte, Trabajadores del arte toman Rosario (1990); aplicó al arte la técnica de la heliocopia y desarrolló la intervención urbana con contenido político en muy importantes bienales del mundo. De la consternación causada por su muerte surgió la Asamblea Permanente de Trabajadoras del Arte, cuya primera intervención pública fue una declaración colectiva de compromiso con una práctica artística feminista: "Nosotras proponemos" (http://nosotrasproponemos.org/). Y no solo el género sino la edad han sido motivos de discriminación, como se verá.

 

Detalle de un dibujo de Andrés Dorigo en su retrospectiva en el Museo Municipal de Artes Visuales.

 

Fue un año de muestras para ir y quedarse, como Mínimo teatral y Remix, en el Museo de Arte Contemporáneo de Rosario. Para Conexión Saer, la co- curadora María Teresa Constantin transmutó la planta baja de Plataforma Lavarden en un cálido espacio donde leer a Saer entre obras de Fernando Espino y Juan Pablo Renzi. Pero el público estaba en otra. Sí lograron atraerlo los nuevos diseños de montaje del Centro Cultural Roberto Fontanarrosa, que convirtieron en espacios lúdicos las muestras de Héctor Pereyra y otros autores. Allí y en los galpones junto al río, la Secretaría de Cultura produjo amenas exposiciones para acercar nuevos lectores al historietista fallecido en 2007 cuyo nombre lleva con orgullo rosarino el Centro Cultural Fontanarrosa. Otro maestro de la historieta, Frank Miller, vino a Rosario en el marco del festival Crack Bang Boom. En la ciudad de Rafaela, el Museo Municipal de Arte Dr. Urbano Poggi la remó con un presupuesto exiguo y una dotación mínima pero produjo maravillas, históricas y artísticas.

El Gobierno provincial santafesino resplandeció con la lucidez de gestores culturales y curadores de lujo. Pedro Cantini, secretario de Producciones, Industrias y Espacios Culturales, apoyó todos estos movimientos de renovación. Analía Solomonoff, directora del Museo Provincial de Bellas Artes Rosa Galisteo de Rodríguez, cumplió con creces el objetivo de transformarlo en un espacio vivo, bullente de actividades. Entre ellas, un controvertido pero innovador Salón de Mayo y la bellísima exposición patrimonial La luz en la tormenta, que viajó de Santa Fe a Rosario coincidiendo con la justa, merecida y esperada designación por concurso abierto del historiador Pablo Montini como director del Museo Histórico Provincial Julio Marc. Allí, su vista guiada con el curador Guillermo Fantoni convocó a un público ávido de historia del siglo veinte, del que existe aún memoria viva. Público que siguió nutriéndose de las actividades con que Montini revivió el Marc ni bien asumir su cargo, al que llegó con nuevo patrimonio bajo el brazo (una donación de documentos y arte gráfico sobre la Guerra Civil española) y enseguida se puso a trabajarlo.

Rosario estrenó maquillaje: la fachada del arquitecto mendocino Facundo Pizolatto reemplazó a la creada para el Centro de Expresiones Contemporáneas por María Jesús Huarte, mientras que los silos Davis que albergan el Museo de Arte Contemporáneo mudaron su piel con el proyecto premiado de un joven equipo local: Juan Maurino, Ezequiel Dicristófaro y Maite Pérez Pereyra, que cubrió al de Martín Agüero.

 

De la consternación causada por la muerte de Graciela Sacco, surgió la Asamblea Permanente de Trabajadoras del Arte.

 

El Museo Municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino ya es un octogenario y lo festejó con una serie de muestras excelentes en su sede tradicional de dicho parque, donde cuenta su propia historia desde muy distintos puntos de vista: Un museo moderno, 1937‑1945 y Pensar la región. Políticas culturales entre la pluma y el pincel.

La salida de su directora Marcela Römer habilitó un concurso. Pero las esperanzas de que llegara a dirigirlo Nancy Rojas se frustraron ante el enroque ineludible que permitiera hallarle cargo equivalente al saliente director del Marc, el arquitecto Raúl D´Amelio, quien dejó su antiguo lugar impecable y remozado. Le tocó a él, como nuevo director del Castagnino, soplar las ochenta velitas el 7 de diciembre, en la inauguración (en el Museo de Arte Contemporáneo de Rosario; sin torta, pero con champagne) de lo que el secretario de Cultura Guillermo Ríos celebró como un Salón Nacional "joven". A pesar de la alta calidad estética de algunas propuestas, inquietó al público veterano el no encontrar allí a casi ningún autor o autora mayor de cuarenta años.

Duele al arte la ausencia de la generación masacrada por la última dictadura, pero también la indiferencia de la generación X (ahora en la mediana edad o tardía juventud y en el poder) por ellos. Parecen más fáciles de seguir las recetas de mercado instantáneo que dicta el nuevo gobierno nacional y se vienen degustando en Mercado de Arte, la feria cordobesa que le disputa y gana el centro a ArteBA. Un cronograma muy bien cronometrado de actividades protagonizadas en gran medida por gente del arte de Santa Fe y Rosario (artistas, galeristas, gestores culturales, curadores, coleccionistas y prensa) cubrió cual manto del emperador una realidad distópica de gerontocidio silencioso.

O ya no tan silencioso. Lo impensable, la postal vergonzante del Estado repartiendo palazos y balazos para todos alrededor del Congreso blindado, fue soñado antes como pesadilla por el arte. El diablo más sabe por viejo; artistas que los circuitos de consagración excluyen (en vez de consagrar en reconocimiento a su trayectoria) crearon las tristemente premonitorias instalaciones (voces de protesta, pintadas, sirenas policiales, sangre) que se vieron en OSDE Rosario en la muestra La mirada negada: Marcelo Castaño, Ruperto Fernández Bonina, Guillermo Forchino, Mario Alberto Laus y María Alicia Vicari. Cuando los artistas se atreven a dotar a su obra del sabroso espesor del pensamiento, sus obras dan a leer el futuro en el presente, porque ellos no olvidaron el pasado. Tal fue también el caso del ciclo de exposiciones Presente continuo, que con curaduría de Hernán Camoletto y producción del Museo de la Memoria de Rosario trabajó las conexiones entre lo biográfico individual y el inconsciente social, abriendo para el arte nuevos espacios y desterritorializando prácticas literarias. Uno de sus frutos más premonitorios fue el cartel LÓPEZ (obra del artista Lucas Di Pascuale), que reinstaló en varios umbrales institucionales la pregunta por el desaparecido Julio López mientras sumaba otras más.

 

El Museo Marc convocó a un público ávido de conocer la historia del siglo XX.

 

"Serás por sobre todas las cosas joven y feliz", decía e. e. cummings en un poema que resultó profético. No faltaron empero las excepciones que confirman la regla. Al cumplir setenta, la Facultad de Humanidades y Artes de la UNR (nacida como Facultad de Filosofía y Letras de la UNL) homenajeó en las salas de arte del Espacio Cultural Universitario (ECU, San Martín 750) a sus profesores y profesoras de la Escuela de Bellas Artes. Además de una amplia muestra colectiva, se destacaron dos muestras individuales: la que demostró la vigencia de la obra del escultor Rubén Baldemar (1958‑2005) y la que mostró en plena actividad a la gran grabadora María Suardi (Rosario, 1937). En Rosario, de la generación intermedia, se lucieron el pintor Rodolfo Perassi en el Estevez, la pintora Patricia Frey en Rivoire (Pasaje Pan) y la pintora Marcia Schvartz en la sala Trillas (El Círculo).

Santa Fe abrió el año con una consagratoria individual de Andrés Dorigo (nacido en 1944) en el Museo Municipal de Artes Visuales Sor Josefa Díaz y Clucellas, y el Centro Cultural Parque de España de Rosario hizo lo propio con el historietista, pintor e ilustrador Max Cachimba (nacido en 1968). Fueron dos gestos de reconocimiento muy merecidos a creadores locales que constituyen cada cual una cultura en sí mismo; otro gran dibujante, Chachi Verona, embelleció la Biblioteca Estrada. Y continuando con la reivindicación de 2016 de artistas mujeres que produjeron en Rosario, la curadora Adriana Armando pintó de celeste las salas de OSDE para una retrospectiva homenaje a la genial pintora y grabadora Aid Herrera (1905‑1993), que por fin la ubica como artista en su propio lugar, y ya no a la sombra de su compañero Juan Grela.

 

Lo impensable, la postal vergonzante del Estado repartiendo palazos y balazos, fue soñado antes como pesadilla por el arte.

 

Un canon regional excéntrico, un lado B del modernismo y sus secuelas se está construyendo gracias a la colección Maravillosa energía universal, de la editorial rosarina Iván Rosado. Mariette Lydis, Rodolfo Elizalde, Delfo Locatelli y Diego de Aduriz se sumaron este año al catálogo que incluye a Claudia del Río y Aníbal Brizuela.

Las galerías, a las que se sumó la nueva Subsuelo, se la jugaron por propuestas que desafían toda convención: Gabelich Contemporáneo por los dibujos de Brizuela (Lanús, 1935) y Diego Obligado por los de Clara Esborraz. Entre los jóvenes hay que destacar además la labor como curadora, gestora y artista de Clarisa Appendino, quien, entre muchos otros logros, visibilizó a las nuevas generaciones a través de un ciclo de muestras de arte contemporáneo en el sexto piso de OSDE.

 

Obras de "Incluido en un ensayo", de Mercedes Zimmermann, en el Museo Urbano Poggi, de Rafaela.

 

La cultura, en estos últimos dos años, pero más fuertemente aún en este que se va, viene convirtiéndose por un lado en un espacio de encuentro vital y de resistencia al arrasamiento institucional, y por otro en un modo de producción de mercancías con criterio de mercado. Artistas y galeristas navegan entre esas dos aguas, con un pie de cada lado, en una lucha cada vez más difícil por la permanencia en un país que se disuelve como acuarelas en la lluvia. La calidad expositiva de las muestras, la cantidad y claridad de información de archivo (sobre todo en las propuestas estatales de provincia y municipio) parecen ser armas en la lucha por demostrar el valor de lo amenazado de extinción.

La cultura como ámbito de resistencia (incluso contra sí misma) tiene todavía por delante la tarea de revisar todo aquello que sin saberlo (o sin importarle) ha incorporado en su seno de la devastadora hegemonía neoliberal que se cierne sobre las cabezas de sus actores. No es una casualidad la semejanza entre el exilio interno de los y las creadoras maduras aún en plena producción, la crueldad de la reforma previsional y la muerte de Graciela Sacco, cuyo nombre ya es bandera.