Los años de plomo de la dictadura cívico militar fueron difíciles de transitar, si algo nos permitió que nuestras vidas fueran menos amargas fue el cultivo de la amistad.

En efecto, por entonces, una canción que alguien entonaba a media voz, un libro que portaba camuflado o un poema que recitaba con fervor eran las contraseñas que otorgaban confianza.

Asistíamos a una universidad con restricciones múltiples, de ingreso, de acceso a temáticas y autores. Frente al edificio estaba el comando militar y el centinela en la garita, el soldado apuntando con el FAL.

Los martes por la noche íbamos a las reuniones del Centro de Estudios Sociales Rafael Barrett, en ese lugar conocimos a militantes anarquistas como Juvenal Fernández y Carlos Machado, al médico socialista Doctor Ángel Invaldi.

Leímos con entusiasmo y fervor el Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria de 1918 que nos enseñó que "los dolores que quedan son las libertades que faltan".

Alternábamos esas reuniones con las de la Unión Socialista Libertaria (USL), allí conocimos a militantes de la FORA del V° Congreso como Latelaro, compañero del fusilado en 1930 Joaquín Penina y a José Barrionuevo, hombres cabales curtidos en cruentas huelgas.

Epoca de nuestras primeras lecturas formativas e importantes, novelas como El Extranjero de Camus, La Náusea de Sartre, La metamorfosis de Kafka, Los siete locos de Roberto Arlt, Tácticas revolucionarias de Bakunin, El Manifiesto Comunista de Marx y Engels.

En noches invernales y lluviosas y destempladas como ésta, en la que escribo estas líneas, nos encontrábamos en el bar Candilejas de calle Entre Ríos en torno a la mesa con café y ginebra sin hielo. Cada semana iban llegando quienes lograban salir de prisión, esas son otras historias.

Hermandades de los años de plomo, vivencias imborrables.

Carlos A. Solero