1

Tengo secretos. Concentrada en la penúltima hechicería del año, veo a la cosmonauta parada, inmóvil, en mitad de la calle, con la minifalda negra y un lucero encendido entre los dedos. Está de pie en su centro anti gravitacional. Para algunos está viva. Para otros está loca. Para muchos no está, o se niega a estar, pero está en su negación.

 

2

El portal abierto en mitad de la calle. El portal no existe. Observo que sólo la cosmonauta ve el portal que no existe. Oigo sus estados psíquicos, las corrientes telepáticas que le llegan de todo cuanto la rodea, los vaivenes de pensamientos que piensan otros pensamientos. Espero el impulso para detener la lluvia de meteoritos que se mezclarán con sus estremecimientos hasta no poder distinguirlos.

 

3

Hace vibrar la luz. Va a terminar diciembre y la realidad de la cosmonauta atraviesa el planeta de derecha a izquierda y luego, de izquierda a derecha. Necesita la bienaventuranza de mi adivinación. La gente se va a dar cuenta de que te adivino, le dije.

Primero me vas a adivinar en el lugar en que se acaba, se acabó, quizás acabe el color abismal que no tiene fondo, me dijo.

Después me vas a adivinar donde vos quieras.

La realidad no te pertenece, le dije, o no le pertenecés, y te despertás inmediatamente de esta pesadilla, le ordené, sin pensar que inmediatamente es un adverbio de tiempo que a la cosmonauta no le hace ni fu ni fa.

 

4

Los astros se unen a los astros, uno a uno, y una noche, de pronto, forman una constelación, un montoncito imposible de constelaciones.  Me ahondo en el sinfín de polvo estelar que me sale por los ojos y por la boca. Tan pronto como quiero dejar de captar algo, aparece la puerta falsa en un muro del cosmos, un portal de tres metros de diámetro. Lo abro, lo abrí, lo abriré, 777 mil veces. Es un talismán fosforescente. Un arcoiris redondo y tremolante.  A este biombo extra dimensional en otros tiempos he soñado, estoy soñando, soñaré. No es mi cuerpo el que sale de mi cuerpo. No estoy sola. No estaba sola. Casi vaticinaría que otro día, lo importante será abrir por primera vez la mirada para que se nos acerque más la metáfora, o la víspera, o la cosmonauta.

 

5

Cuánto hay que presentir para llegar a lo presentido. Es extraño el coraje de leer las manos, la borra de café, la flor de jacarandá, los granos de arena, los poemas de Nostradamus. Se presiente porque hay que presentirlo. ¿Quién no sabe tirar las cartas, y las hojas de sauce, y los residuos patológicos? No se puede juzgar a la ligera. Shine alone, shine nakedly, shine like bronze, y preparar filtros de amor y coser muñecas para alejar malos espíritus. Y curar a distancia los que enferman a distancia.

De tanto querer ver un oasis, el oasis y la cosmonauta aparecen.

 

6

Un sorbo de tiempo dulce saldrá por la garganta de quien diga una lámina fina de lenguaje, un punto de partida desde el que se ve que, de tanto ver, se alarga el día. En fila india marcha la flotilla de palabras, las naves transportadoras del gran zumbido de las letras, para irse lejos del mundo a remendar el desierto del Sahara lleno de pasos anunnakis, huellas largas de pasos extraterrestres y naves de alburas en viajes de rumor que despiertan mundos guturales.

 

7

La cosmonauta anda sola por París, unida a todos por el nacimiento. Sería preferible vaticinarla en el valle silencioso, en el cerro Uritorco, en la página 196, en el bar de la esquina, inmutable por el paso de los días y las noches, acortando el tiempo del espejismo. Parece una recién llegada invisible, por el simple gusto de frecuentar otros seres invisibles, convivir y colaborar con ellos. Hay muy pocas cosmonautas que saben por qué un vaticinio hace esto y no aquello, en general, acusan de Creador del Mundo al que adivina.

 

8

Parte del todo. Punto de origen no. Punto de partida tampoco. Tengo la certeza de que no es mi imaginación. Cuando la veo y me acerco, una crepitación de glóbulos me sube de los pies al cerebro a la velocidad de la luz. El punto de inflexión es, fue, será el gesto de hablar cuando calla, callaba, callará. Todo esto lo digo para presentar un milagro que se repite como la duración del aire.

 

9

Le pregunto si esta noche no debería ser llamada con la palabra noche, "noche, noche, venga, noche" porque esta palabra impone muchos verbos cuánticos de conjugación levitante que humedecen el lenguaje hasta hacerlo gemir. Calculo si es previsible la frecuencia imprevisible, mientras admiro el resplandor del atardecer. ¿Ves cómo en cada una de las letras de la palabra noche se refleja la luz?, pregunto. Y la cosmonauta de ojos invisibles dice que soy clarividente desde antes del principio de mi vida. Yo le digo que simplemente reordeno los hechos para que sean más interesantes y, a veces, más significativos. Una palabra es dos palabras y tres y cuatro y todas. Por aquí y por allá la cosmonauta me pide palabras peregrinas para confirmar su paso por esta vida.

 

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