Metas de inflación fallidas, presiones del complejo exportador y devaluación
El dólar nuestro de cada día
El Gobierno decidió acelerar la devaluación bajando la tasa de interés al reconocer el fracaso en la política antiinflacionaria con las metas que maneja el Banco Central.

El Gobierno aceleró la devaluación del peso con el anuncio de la modificación de las metas de inflación. La presión por un dólar más alto del complejo agroexportador y de conglomerados industriales liderados por Techint tuvo así respuesta del gobierno. La alteración brusca del tipo de cambio tenía que esperar el momento político oportuno, que fue luego de que pasaran las elecciones de medio término y horas después de aprobado en el Congreso el paquete de leyes económicas. La decisión de política económica de depreciar la moneda nacional en al menos un 10 por ciento en pocos días no fue sólo porque la pauta inflacionaria quedó desfasada, puesto que la nueva meta del 15 por ciento en 2018 tampoco es una referencia creíble para el mundo de los negocios. Fue la medida para enfrentar una crisis económica que se manifiesta en el crecimiento del rojo en el sector externo (déficit comercial y de cuenta corriente) y en la profundización del desequilibrio de las cuentas públicas, maquillado en los últimos días del año con el asalto del Tesoro a las cuentas del Banco Nación (20 mil millones de pesos), de diversos organismos públicos (21 mil millones de pesos) y del Fondo de Garantía de Sustentabilidad de la Anses (poco más de 100 mil millones de pesos). 

Esta devaluación fue una decisión deliberada del equipo económico liderado por el jefe de gabinete, Marcos Peña. En términos políticos es similar a la del 17 de diciembre de 2015 y diferente al ajuste cambiario previo a las PASO en agosto, donde hubo especulación con el resultado por la participación de CFK en las elecciones. En las próximas semanas se definirá cuál será el nuevo piso del tipo de cambio pero para el club de los devaluadores 19 pesos no es un precio que satisfaga sus deseos.

Modificar las metas de inflación no fue la causa que provocó el salto que describió la paridad cambiaria; fue la baja inmediata de la tasa de interés de las Lebac en operaciones del Banco Central en el mercado secundario. El Banco Central tiene suficientes reservas, por encima de los 55 mil millones de dólares, para intervenir en el mercado cambiario si existiera la voluntad de detener la suba del tipo de cambio. Y esos dólares no fueron utilizados para frenar la veloz corrida de 17,58 pesos del primero de diciembre hasta los 19,46 pesos del Día de los Inocentes. Operadores con experiencia en el mercado cambiario explicaron que el retroceso del viernes fue alentado por el gobierno a través de entidades “amigas” porque los capturó el miedo a un alza descontrolada. Ya había subido durante diez jornadas seguidas y las tensiones cambiarias aumentaban.  

Metas

La devaluación se trasladará a precios a una velocidad que hoy es difícil de prever pero se producirá más allá de las fantasías teóricas que el Banco Central construye para autosatisfacción de su presidente Federico Sturzenegger. En la conferencia de prensa donde fue mortificado por Marcos Peña, se mostró confiando en que el alza de la paridad cambiaria no impactará en los precios porque en el último ajuste de agosto pasado hubo una traslación de sólo el 18 por ciento, cuando lo habitual era el 80 por ciento. La diferencia sustancial es que esta última devaluación fue deliberada, que en los últimos meses el precio de los combustibles lo fijan las petroleras siendo clave en esa definición el tipo de cambio (en los próximos días subirán las naftas) y que la cadena energética fue dolarizada. A lo que se agregan los tarifazos previsto en transporte, gas, luz y agua en el primer trimestre de 2018 junto al aumento de servicios privados, como prepagas, telefonía celular y televisión por cable. También subirán los alimentos y otros bienes intermedios y de capital importados, productos del exterior que vienen capturando porciones del mercado local, como muestra el recorrido de la balanza comercial.

La meta de inflación del 17 por ciento no era creíble desde mediados del año pasado, y la nueva del 15 por ciento para el 2018 ya fue evaluada fuera de los parámetros de la actual dinámica de precios. Hasta el economista del macrismo de la primera hora Carlos Melconian afirmó en diálogo radial con Marcelo Longobardi que es muy difícil perforar la tasa de inflación promedio del 1,5 por ciento mensual. También el economista de la neoliberal Fiel Daniel Artana se preguntó en su cuenta de Twitter: “¿Cuando el 15 por ciento no se cumpla qué harán, relajarán de nuevo?”. 

El Banco Central abrazó las metas de inflación pero el fracaso en alcanzar el objetivo en 2016 y 2017, que lo obligó a modificar la pauta para 2018, que igual se presenta como una misión difícil de cumplir, revela que ese régimen monetario sólo sirvió para controlar el tipo de cambio y facilitar una rentable bicicleta financiera con las Lebac. 

El informe de Política Monetaria del BCRA, de mayo de 2016, define los principales elementos de las Metas de Inflación:

1 El reconocimiento explícito de la estabilidad de precios como el principal objetivo de la política monetaria, y un alto grado de autonomía operativa para perseguir este objetivo por parte del Banco Central. 

2 El anuncio de un objetivo de inflación cuantitativo.

3 Medidas de política monetaria diseñadas a partir de una evaluación prospectiva de la dinámica de precios, basada en una amplia variedad de información, incluyendo las expectativas de inflación.

4 Una adecuada estrategia de transparencia comunicacional.

5 Mecanismos de “rendición de cuentas” por parte del Banco Central en cuanto al logro del objetivo de inflación.

“En un régimen de Metas de Inflación, la credibilidad del Banco Central juega un rol fundamental”, apunta el informe, cualidad que fue dinamitada en la conferencia de prensa donde el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, informó la alteración de la pauta inflacionaria para el 2018, como así también la eliminación de las bandas de estimación de la tasa de inflación. Ambos anuncios tuvo a Sturzenegger como testigo privilegiado en el estrado, pidiendo permiso para hablar. 

De haberlo sabido

El primer paso de la nueva ronda de devaluación persigue el postulado del Fondo Monetario Internacional respecto a que el déficit externo se disminuye con un tipo de cambio competitivo. Además que el ajuste fiscal ayudará a disminuir el desequilibrio externo porque reduciría las necesidades de financiamiento. La devaluación atendería esos dos frentes.

Este diagnóstico y la consiguiente medida de política económica elegida no permitirán abordar la restricción estructural de la economía argentina, que no es otra que la escasez relativa de divisas. Podrá haber un alivio coyuntural sin alterar uno de los objetivos no explícito, que lo irá consiguiendo con un ciclo de devaluaciones, y que es central en la gestión del gobierno de Macri: consolidar una pauta de redistribución regresiva del ingreso.

Para tirria de los denominados economistas profesionales y de los analistas que se dedican a estigmatizar la letra K, Axel Kicillof fue quien adelantó esta última devaluación en septiembre pasado. En declaraciones radiales reproducidas por este diario comentó que hablando con representantes del mundo productivo le aseguraron que el gobierno les prometió realizar una corrección cambiaria muy fuerte después de las elecciones “porque así los números no cierran”. En ese momento no se conocía el paquete de reformas, ocultado en la campaña electoral, y el plazo se extendió hasta que el oficialismo consiguió su aprobación.

En esa misma entrevista señaló que en el gobierno piensa que la devaluación los ayudaría a disminuir el déficit fiscal, a bajar los salarios e impulsar la producción interna. Aclaró que le decían que estaban comprometido a hacerlo (la devaluación) y que había diferentes versiones, algunos le indicaron que el dólar subiría a 22 pesos y otros a 25 pesos. Para señalar que “yo no lo sé y sería irresponsable arriesgar un número”.

A la pregunta de con quien el gobierno se comprometió a una devaluación, Kicillof detalló que con exportadores, los sectores exportadores de granos y algunos sectores industriales asociados a la devaluación interna porque son sectores exportadores, por ejemplo, de tubos sin costura. Se refería en este último caso al Grupo Techint. Para precisar que “siempre (Techint) ha pedido fuertes devaluaciones porque les beneficia la competitividad a través del tipo de cambio”.

Regresiva

Las metas de inflación han quedado como un decorado del Banco Central pero es un régimen que ha lanzado a la economía argentina a la conocida bicicleta tasa-dólar, dominante en el período 1976-1989. La variante relevante pasa a ser de ese modo el tipo de cambio, que sólo una tasa de interés elevada permite controlarlo. La disminución de la tasa deriva en una suba del dólar, y a medida que el endeudamiento y la carga de intereses aumentan la exigencia es una mayor tasa para conseguir la refinanciación y para seducir a la vez a los inversores a retener los fondos en pesos. De esa forma se desarrolla un círculo vicioso que deriva en presiones cambiarias hasta que llegan a niveles incontrolables con desenlace en una fuerte devaluación.

El ajuste cambiario provoca una redistribución regresiva de ingresos y a los responsables de la administración de la economía les permite reducir en forma temporaria el déficit fiscal: el gasto nominal no aumenta tanto mientras la recaudación sube más proporcionalmente por la inflación originada por la devaluación. Otro efecto del ajuste cambiario es que el monto en dólares de las Lebac disminuye y a la vez mejora el balance del Banco Central por la revalorización de las reservas internacionales.

La devaluación se convierte así en la principal herramienta del ajuste ortodoxo para mejorar las cuentas fiscales, el cuadro de resultados del Banco Central y el frente externo. Es un ajuste que el macrismo instrumenta en los años pares, lejos de las elecciones de los años impares. Estos vienen acompañados de un ancla cambiaria, obras públicas y créditos a sectores vulnerables vía Anses (Argenta), para consolidar el tránsito hacia el objetivo de definir una pauta de distribución regresiva. Esta la va moldeando con la poda de ingresos en los años pares y sin permitir la recuperación en los impares. Esto lo desplegó en los dos primeros años del mandato y ya está lanzado a repetirlo en los dos últimos.

Para 2018 ya recortó los ingresos de 17 millones de personas del sistema amplio de seguridad social, convirtiéndose las próximas paritarias en un test clave. El gobierno aspira a que el 15 por ciento de la nueva meta de inflación sea el techo –sin cláusula gatillo– de la negociación salarial y la puja gremial intentará que sea el piso. La ola de despidos en el último mes de 2017 en dependencias del Estado, reiterando la estrategia de diciembre de 2015, es el mensaje oficial a los sindicatos y pretende actuar de disciplinamiento social al resto de los trabajadores. 

En manos de Wall Street

La formación de activos externos del sector privado no financiero en billetes esta cerca del nivel máximo alcanzado en los gobiernos kirchneristas en 2011, previo al lanzamiento de un régimen más estricto de administración del mercado de divisas. El balance cambiario del Banco Central facilita esa información de la fuga. Precisa que en 2011 el saldo de compraventa de billetes fue de 18.602 millones de dólares. El registro siguiente en el ranking es el de este año, que hasta noviembre suma 15.316 millones de dólares. Desde el primer mes del gobierno de Macri (diciembre de 2015) hasta el último registro publicado (noviembre 2017), la acumulación neta de billetes totaliza 29.094 millones de dólares.

La aceleración de la devaluación incrementa el patrimonio en pesos de quienes acopiaron esos dólares y aumenta las ganancias del complejo exportador. El club de los devaluadores sigue convencido de que así aumentarán las ventas al exterior por la recomposición de la competitividad cambiaria. Pero la evidencia empírica revela que las devaluaciones no aumentan las exportaciones, aunque sí permiten una ganancia más elevada para las firmas exportadoras.

La fuga de capitales que continúa a ritmo intenso, el déficit comercial que ha marcado un máximo histórico, el déficit de la cuenta corriente en niveles record con la tendencia de crecientes pagos de intereses de la deuda obliga al equipo económico a enviar señales al mercado de que están haciendo algo para revertir ese cuadro crítico. Aunque tengan un efecto pasajero, la devaluación y el ajuste son los deberes para que, con el aval del FMI y la suba en las notas de la deuda por parte de las calificadoras de riesgo, Wall Street no se le ocurra dejar de prestar. Ya se sabe qué pasa cuando suelta las manos. 

[email protected]

Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ