El escarabajo de oro

Los tallarines caseros estaban riquísimos. Mi abuela levantó los platos y se puso a lavarlos. Mi abuelo estaba sentado en la punta de la mesa, al lado de la cocina y con parte de su hombro y su espalda contra la pared. Estaba callado. Él era un hombre callado. Había sufrido tres accidentes cerebrovasculares y apenas podía hablar. Mi abuela secó los platos, levantó el mantel y yo acompañé lentamente a mi abuelo hasta su habitación. Le saqué sus chinelas, el pantalón pijama y estiré como pude su cuerpo entumecido sobre la cama. Era una tarde de verano y la luz del sol entraba por las cortinas de bual. Debajo de la mesa de luz estaba El escarabajo de oro con tapas duras de color blanco y marrón y me senté al lado de mi abuelo para hojearlo. Las hojas estaban gastadas, y recuerdo que me pregunté por qué mi abuela guardaba ese libro si nunca antes la había visto leer nada.

Abrí las primeras páginas y busqué en el índice el comienzo del cuento. "¡Hola, hola! ¡Este mozo es un danzante loco! Le ha picado la tarántula". Lo miré a mi abuelo y tenía los párpados entreabiertos. Respiraba suavemente. Corrí las sabanas y lo tapé hasta los hombros.

-‑Me quiero morir -dijo con el poco aire que empujaban sus palabras.

Creo que miré la habitación, los hilos de luz que entraban por la ventana. Y que la seguí mirando durante un tiempo inexorable. Era extrañeza y agrado, en verdad, lo que sentí al escuchar esas palabras estrechas. Mi abuelo me consideraba su confidente, alguien a quien le podía decir que no esperaba nada más. Creí en lo que él creía y le pregunté con un entusiasmo avergonzado:

-‑¿Para qué te vas a morir, a ver, abuelo, si está lleno de mujeres hermosas?

-‑¡Juan Martín!

Apoyé el libro sobre la mesa de luz y caminé hacia la mesa larga con restos de harina y un florero de metal urdido con líneas profundas que imitaban las hojas de un árbol milenario. Mi abuela me preparaba la cama. Tenía el delantal atado a la cintura y su cabello recogido dejaba ver uno de sus aros más hermosos.

-‑Juan Martín -repitió mi abuela‑, te vas a acostar a dormir la siesta y a qué hora querés que te despierte.

Arriba de la cama, sobre la pared, donde la colcha forma el dobladillo que cubre los pies desnudos, había un puente que cruzaba el lecho de un río angosto. Flexioné mis rodillas y se hundieron con los resortes del colchón de lana. Estiré la mano y acaricié el trazo de colores verduscos que bordeaban la pendiente. Era una pintura espesa, con pequeños sobresaltos que volvían de pronto a un plano parejo, protegida por un marco dorado que se duplicaba como si una caja grande envolviese otra más chica y otra más hasta ajustar sus líneas sobre un cielo de colores claros.

-‑Abuela, ¿eso es tempera? -le pregunté.

Mi abuela tiró los restos de harina dentro de un tacho y levantó sus lentes de carey.

-‑Ay, Juan Martín, creo que es la tercera vez que te digo que es óleo. Ya ni me acuerdo quién lo trajo a casa. Quizás el tío Poro, que era tan inquieto que juntaba hasta los sillones que nadie quería pero todos apilaban donde termina la vereda y empieza el cordón.

El cielo, difuso, se fundía con los márgenes del río y los escalones de madera del puente, como si en cualquier momento fuera a nacer un arco iris transparente. Las piedras estaban desparramadas sobre la orilla y cubrían la ladera que el viajero cruzaba hasta llegar a los pliegues del puente.

-‑¿Entonces? -me preguntó.

-‑Voy a dormir la siesta y después voy a mirar las películas de cowboy de la tarde -le respondí.

--Mmmm, no creo que puedas hacer todo, porque en un ratito van a venir tus primas.

Me malhumoré. No quería compartir la casa de mi abuela con mis primas. Con nadie, en realidad. Los sábados a la tarde me quedaba en la casa de mi abuela hasta tarde, iba de una habitación a la otra, entraba en el baño todo el tiempo que quería, abría la puerta del patio de atrás y jugaba con los palitos de la ropa, imaginaba a los palitos de la ropa vestidos con trajes que no eran militares, o destrozaba el más caro de los muñecos articulados, He Man, poniéndole como mochila una bolsa para que la caída de lo que quería parecer un paracaídas amortiguase el golpe lo más fielmente posible.

-‑Sí, ya sé -dijo mi abuela al verme la cara‑, no vas a hacer ninguna de las dos cosas. Vení, vamos a darle de comer a Manuelita.

Salimos del living‑comedor y entramos a la cocina. La televisión seguía encendida. El locutor hablaba con un periodista y se reía de lo que él mismo decía. Mi abuela abrió las puertas de la alacena y sacó un plato de aluminio.

-‑En la heladera hay lechuga fresca -dijo‑. Traé un gajo y cortalo en pedacitos.

Caminamos hasta el patio y mi abuela se sentó en un sillón con tiras de plástico naranjas. El suyo, el que usaba todas las tardes. Busqué a Manuelita en el jardín y le dejé el plato con lechuga delante de sus ojos. Comió todo de un tirón, moviendo la cabeza de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba. Las figuras romboides de su caparazón parecían tan marrones como los anillos del Paraíso que la municipalidad había arrancado el sábado anterior. Mi abuela se levantó del sillón y le dio una vuelta a la llave de la puerta de calle. Miró a la puerta y a mí durante un instante, como si la puerta de madera grisácea y mi remera y el short de colores le resultaran fascinantes, y después me dijo que me sentara en el pedazo de sombra que había dejado el alero.

-‑¿Viste las rosas? -me preguntó, y antes de que le respondiera agregó‑: Están hermosas. Este verano va a hacer mucho calor, y vos el año que viene vas a empezar quinto grado. Yo no sé qué va a querer hacer tu mamá para las fiestas.

Yo la miraba y miraba la sombra del pasillo que llegaba hasta la puerta de su habitación.

--¿Estás contento? -me preguntó.

-‑Creo que sí -le respondí.

-‑Hace poco viniste del viaje de cuarto, me dijiste que ya sabías lo que te gustaría estudiar cuando terminés la primaria, y siempre esperaste abrir los regalos en Navidad. Si estás contento, lo tenés que poder decir. Eso también es importante.

Sonó el teléfono, y al levantarme para saber quién era, mi abuela me dijo que ya que iba a caminar por el pasillo que lo siguiera haciendo hasta abrir la puerta del patio y traer de la terraza la ropa que estaba seca. Entré en la cocina y miré la pantalla. Dos jinetes cabalgaban de espaldas sobre una tierra del color de la arena rodeada de montañas. Eran las dos y cuarto, y la hora en la pantalla siempre mostraba que las películas de cowboy comenzaban a las dos en punto de la tarde.

No sé qué dije cuando levanté el tubo. Nunca sentí que el tiempo pudiese demorarse tanto. Mis primas decían que tenían alfajores de maizena, facturas con dulce de leche, y que en quince minutos llegarían a la casa de mi abuela. Subí los escalones de a trancos y descolgué la ropa del tendedero. Me asomé a la baranda y la vi a mi abuela sentada en su reposera con las piernas cruzadas. Hacía un año, o tal vez más, que con mi prima nos habíamos arrojado desde esa distancia al patio de la vecina y no nos había pasado nada. Viste, no es nada, es fácil, el vértigo se va, me decía con su acento extranjero. Di media vuelta y miré las terrazas contiguas, los tendederos que chorreaban, los vestidos floreados y las medias desparejas, los techos de chapas oxidados y una canaleta por donde se desinflaba la lluvia y caía sobre membranas cubiertas con brea. Bajé la escalera y en el último escalón escuché el ronquido aflautado de mi abuelo. Los canzoncillos y bombachas de mis abuelos, las medias, las toallas, los pijamas, todo lo apoyé sobre la mesa de granito ajustada contra el cuarto de las herramientas. Abrí la puerta de la habitación y caminé en puntas de pie hasta la mesa de luz. El escarabajo de oro parecía abierto por dos manos como jarras. Lo agarré y volví a salir al patio entornando la puerta para que mi abuela no me viera. Cerré el libro y con una curiosidad inverosímil lo escondí detrás de la caja con clavos y tornillos que ya nadie usaba. Cuando entré a la cocina con la ropa entre los brazos mi abuela soltó un suspiro y me dijo bajando la voz: -‑El sábado que viene te voy a hacer pestiños.

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