Pequeñas historias mundiales III
  • De 1930 a hoy

En la Italia de Benito Mussolini el Mundial de fútbol de 1934 fue literalmente una cuestión de vida o muerte. Il Duce, que incubaba la Segunda Guerra Mundial en una alianza diabólica con Adolf Hitler, no sabía nada de fútbol, pero aseguraba que la obtención del título era un objetivo más en la búsqueda de planes superiores. Antes de cada partido los jugadores italianos hacían el saludo fascista, y cuanta la leyenda que Mussolini pasaba su dedo índice por el cuello en un gesto inequívoco: si no vencían los pasaban a degüello. Los cuatro argentinos que habían sido nacionalizados para integrar la Selección “azurra” (Raimundo Orsi, Enrique Guaita, Atilio Demaría y Luis Monti) se habían juramentado no jugar si tenían que cruzarse con la Selección Argentina en una hipotética final. Pero no hizo falta porque mientras Italia avanzaba hacia el título, Argentina quedaba eliminada en la primera ronda. La representación nacional había asistido a ese torneo con un equipo de futbolistas amateurs, dado que la AFA no se había afiliado a la FIFA, y los clubes grandes estaban más interesados en el desarrollo local del flamante profesionalismo que en las competencias internacionales. El cuadro argentino formado por futbolistas de Estudiantil Porteño, Sarmiento de Chaco, Gimnasia y Esgrima de Mendoza, Unión, y Colón de Santa Fe, Sportivo Desamparados de San Juan y Defensores de Belgrano, entre otros clubes, viajó en barco y jugó un solo partido, contra Suecia, en Bologna. Fue derrota 3-2 y rápido retorno a casa.

La II Copa Mundial de Fútbol se desarrolló entre el 27 de mayo y el 10 de junio de 1934. Un total de 34 asociaciones solicitaron participar, por lo que esta vez se realizaron eliminatorias para determinar las 16 participantes. Sólo intervinieron cuatro equipos no europeos: Argentina, Brasil, Estados Unidos y Egipto, que fue la primera Selección africana en tomar parte del certamen.

Italia, con un buen conjunto, fervorosamente apoyado por el público, goleó a Estados Unidos, le ganó a España (1-0), venció a Austria (1-0), y superó en la final a Checoslovaquia 2-1 en tiempo suplementario. No pasaron a degüello a nadie.

El goleador del campeonato fue el checo Oldrich Nejedly, con cinco tantos. El argentino Monti declaró muchos años después: “En el Mundial del ‘30 me mataban si ganábamos, y en el del 34 me mataban si perdíamos”.

  • El Divino Zamora 

Ricardo Zamora, El Divino Zamora fue considerado unánimemente el mejor arquero del Mundial de 1934. En España se decía por entonces: “Sólo existen dos porteros: San Pedro en el cielo y Zamora en la tierra”. Otro lugar común para elogiarlo en los tiempos en que brillaba en el Barcelona era la frase: “Uno a cero y Zamora de portero”. El mítico guardavallas había patentado una jugada que llamaban “la zamorana”, que consistía en rechazar la pelota con violencia con el antebrazo. Eso que por estas tierras conocemos como atajada “de codito”.

El singular personaje, que lucía un pullover blanco con escote en vé, jugó tanto en el Barcelona como en el Real Madrid, y durante la Guerra Civil Española fue duramente cuestionado por nacionalistas y republicanos, que no le perdonaban algunas actitudes ambivalentes. Su legado futbolístico continúa vigente hoy en España, donde cada año, desde 1959, se premia al mejor guardameta de La Liga con el Trofeo Zamora.

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