El cuento por su autor

La propuesta vino de Guillermo Saavedra. Estaba preparando con Fontanarrosa Cuentos de Fútbol Argentino. “Fútbol y cuentos (me dijo), imposible que no estés”. No era imposible, claro, pero mi vanidad acusó el pinchazo. “No te aseguro nada”, le dije con precaución. Soy futbolera desde que tengo memoria pero eso no necesariamente implicaba  que encontrase algo en particular sobre fútbol que me importara contar. Y, en efecto, durante varios días mi imaginación navegó en el vacío. Algo tenía claro: el punto de vista no iba a estar adentro de la cancha. Mi mirada posible estaba afuera, del lado de los hinchas. Y tanto indagar en la pasión multánime del ser-hincha, surgió, como una epifanía, ese clima único, perdido para siempre, que se respiraba los domingos cuando yo era chica. Construido con el sonido de las radios, con el barullo de los camiones que traían a las hinchadas, con los chicos que jugaban al fútbol en la calle, con los cantos triunfales o la melancolía del regreso. Esa música irrepetible de los domingos, ahí estaba lo que yo quería contar. Todo –los personajes, la trama– debía apuntar a la recreación de esa música. Entonces llamé a Guillermo Saavedra y le dije que iba a escribir el cuento.


La música de los domingos

Por Liliana Heker

A Gonzalo Imas

nHabía un momento de la tarde –podían ser las cuatro, tal vez las cinco si era verano– en que el viejo se pegaba a la ventana, la cabeza un poco ladeada, la mano haciendo de pantalla contra la oreja, y con voz de velorio decía: Lástima la música. Eso, después que nosotros nos habíamos pasado las horas meta Magaldi, meta Charlo, y todo para tenerlo contento porque (como dijo una vez tía Lucrecia) un domingo de mala muerte que lo traemos bien podemos hacer un pequeño sacrificio con tal de verlo feliz. Para pequeño sacrificio le sobraba una sota: como al viejo le hacía falta no sé qué calor humano para, según decía, vivir el futbol como Dios manda, nos teníamos que clavar todos hasta la doce de la noche, porque con los del Hogar, decía, no quería sentarse ni a ver la tabla de posiciones, todos viejos chotos, y que una vez un vasco se entusiasmó tanto con un gol de chilena que dio un tremendo salto para atrás, se fue de nuca al suelo y ahora está mirando cómo crecen los rabanitos desde abajo. Así que a la noche teníamos que instalarnos todos frente al televisor –mamá, papá, tía Lucrecía, tío Antonito, yo y hasta los mellizos– rodeándolo al viejo que, para la ocasión, se calzaba en la cabeza un pañuelo con las cuatro puntas anudadas y, a falta de chuenga, masticaba un pedacito de neumático. Ni hablar de cuando jugaba Boca: se zampaba la camiseta azul y oro y ni el tío Antonito, que es fanático de River, podía decir (valga la contradicción) esta boca es mía; la única vez que se animó a porfiar que un gol de no sé quién había sido en orsai el viejo se le fue encima tan fiero que si no iban a pararlo los mellizos –que aunque usan arito y el pelo hasta la cintura son la debilidad del viejo– el tío Antonito termina haciéndole compañía al que festejó la chilena.

En fin, que si era por falta de cantores melódicos el viejo no se podía quejar. Así que cuando empezó con la letanía de “lástima la música” todo lo que hicimos fue comentar que estaba chiflado y no darle más vueltas al asunto. Hasta que una tarde el tío Antonito, que ya estaba harto de tanto Corsini y sobre todo estaba harto de que el viejo, cada vez que lo veía aparecer, le cantara aquello de Tenemos un arquero que es una maravilla, ataja los penales sentado en silla, perdió la paciencia y, apenas escuchó “lástima la música”, le dijo: ¿Contra qué música está refunfuñando, viejo?, si acá lo único que se escucha todo el santo día es la que usted. Pero el viejo no lo dejó terminar; levantó la mano con autoridad para que se callase y, como sobrándolo, le dijo: No hablo de la música que se escucha, Antonito; hablo de la música que falta.

Creo que si era por nosotros la historia se cerraba ahí mismo. Yo, al menos, reconozco que no sentí el más mínimo interés en averiguar cuál era esa bendita música que le faltaba al viejo. Ya me estaba cansando de sus caprichos; no es muy grato para una mujer casadera quedarse junto a su abuelo hasta las doce de la noche vociferando goles como una desgraciada solo para que él se sienta acompañado. El tío Antonito lo expresó sin eufemismos: Si ahora viene con que le falta no sé qué música, que se vaya a buscarla a la concha de su hermana. Pero los mellizos no son de los que se rinden así como así. Lo volvieron loco al viejo hasta que un buen día les dijo: ¿Y qué música iba a ser la que falta, chicos? La música de los domingos. Ellos después me contaron que poco a poco le habían ido sonsacando qué quería decir con “música de los domingos”, algo que en otros tiempos había estado en todas partes, parece que les dijo, y que se podía escuchar desde que uno se levantaba. Como una comunión o una sinfonía, dijeron que dijo, y que terminaba recién al caer la noche con la vuelta de los últimos camiones. ¿Qué camiones?, les pregunté a los mellizos. Pero la explicación casi ni la pude escuchar, tanto se reían los dos tratando de representar a unos camiones que hacían música. 

A la semana siguiente se vinieron con la novedad: para el cumpleaños del viejo le iban a regalar la música de los domingos; ya tenían apalabrada a la gente de su cuadra: todo lo que debíamos hacer era convencerlo de que esta vez el festejo iba a ser en la casa de los mellizos (viven en una especie de conventillo, por Paternal) y llevar la comida; todo lo demás corría por cuenta de ellos. 

Protestamos, claro, pero con los mellizos no se puede. Así que el domingo del cumpleaños estábamos ahí con los fuentones: mamá, tía Lucrecia, tío Antonito y yo, esperando que llegara papá con el viejo. Los mellizos le habían encargado a papá que lo fuera a buscar lo más tarde posible, y papá cumplió, pero no fue una buena idea: el viejo llegó con un humor de perros, no saludó a nadie y lo primero que dijo fue que ahora hasta los barrios eran una porquería. Ya no hay comunión, dijo, la gente no armoniza, y que hoy en día cada uno se rascaba para sí. No fue un comienzo alentador y lo que siguió fue peor. Yo, durante todo el almuerzo, me estuve preguntando que hacía en este conventillo el domingo entero, todo por darle el gusto a un viejo fabulador y desagradecido. Cuando llegó el café ya me había hecho la firme promesa de que éste sería el último domingo que pasaba con el viejo (y en realidad lo fue). Tal vez todos estaban pensando lo mismo porque de pronto nos quedamos en silencio, como sin voluntad. Y fue en medio de ese silencio que, desde la ventana, llegó el sonido de la radio. Transmitía, con un volumen más alto que el habitual, algo que me pareció el clásico de Avellaneda. Ves, abuelo, ves que teníamos razón, dijo uno de los mellizos; ¿ves que en los barrios todavía se puede escuchar la música?. El simulacro había empezado. 

Nos miramos con resignación porque ya sabíamos por los mellizos lo que nos esperaba: varias radios a buen volumen transmitiendo distintos partidos detrás de las ventanas, dos o tres muchachos en una puerta entonando el cantito que le gusta al viejo, unos chicos, en algún lugar bien audible, jugando un picado. Y nosotros, como idiotas, vareándolo al viejo. Qué música ni música, dijo el viejo; ¿vos acaso te creés que una golondrina hace verano? Ahí tuve ganas de mandar todo al diablo e irme pero los mellizos como si nada, empezaron a porfiarle que no, que la música de los domingos no había desaparecido, que en los barrios aun podía escuchársela con solo salir a la calle. Y ahí nomás, como por casualidad, nos proponen que vayamos todos a dar una vuelta, a ver si no era cierto. Empieza el show, me dijo mamá al oído, y el tío Antonito resoplaba de rabia. 

Salimos todos, como en procesión. Abriendo la marcha los mellizos; detrás papá, tratando de tranquilizarlo al tío Antonito; después venía tía Lucrecia con el viejo. A mí, en el momento de salir, mamá me había agarrado de un brazo y me había dicho: Vení, nosotras dos separémonos un poco que esto es lo más ridículo que vi en mi vida. Así que veníamos atrás de todo.

Caminábamos muy despacio, siguiendo a los mellizos. Las radios se empezaron a escuchar en seguida. Una o dos desde enfrente, otra, a todo lo que daba, atrás de nosotros, algunas, todavía débiles, adelante. Del otro lado de un paredón se escucharon voces de chicos; decían pasámela a mí, decían dale, morfón. Tres muchachos sentados en el umbral de un portón, justo cuando pasábamos empezaron a cantar: Tenemos un arquero / que es una maravilla / ataja los penales / sentado en una silla / si la silla se rompe / le damos chocolate / arriba Boca Juniors / abajo River Plate. Le miré el perfil al viejo; por primera vez en esa tarde me pareció que sonreía. De alguna casa llegó una ovación; el eco, en la calle, pareció extenderse. El griterío de los chicos del otro lado de la tapia se hizo más intenso, más pasional, como si ahora ya no se tratara de una representación sino de algo en lo que tal vez se jugaban el destino. La tarde se aquietó, los colectivos y los autos dejaron de escucharse, las voces de las radios se hicieron más altas, más numerosas, decían se anticipa el Negro Palma, decían avanza Francéscoli, decían cabezazo de Gorosito, la espera Márcico. Escuché, me pareció escuchar, el nombre de Rattin, pero no podía ser, ¿no era el que el viejo contaba que allá por los sesenta le hizo el corte de manga a la Reina?; escuché recibe Moreno con el pecho, la duerme con la zurda, gira y... ¡Goool!, gritaron los muchachos del portón, ¡goool!, llegó desde las ventanas de la cuadra, o desde la otra manzana, o desde más lejos aún. Y algo del grito perduró, quedó como suspendido en el aire, lo vi en la cara de papá, y en la tía Lucrecia; hasta el tío Antonito parecía percibirlo, una cosa que iba tramándose como una red y que daba la impresión de hermanarnos en la amigable tarde de domingo. Mamá me apretó el brazo, los mellizos se miraron con ojos alucinados, el viejo movía la cabeza como quien dice era cierto entonces, la música estaba, la música todavía estaba. Los del paredón aullaron, los de las casas se pusieron a discutir de balcón a balcón, mamita mamita, se acercó un chico gritando, una madre asustada dejó el piletón, gambetas como filigranas fueron festejadas en baldíos y campitos, Oléee- olé-olé-olá, corearon las tribunas, Y ya lo ve, y ya lo ve, gritaron en las calles, esta barra quilombera no te deja de alentar, se cantó en los zaguanes, en las azoteas, en los patios de las casas. Y un ruido bamboleante vino creciendo desde lejos, un murmullo cada vez más poderoso que llegaba desde el confín de la tarde, desde la hora en que ya se estaban escuchando los bailables y empezaban a amasarse, alegre o amargamente, los episodios del domingo que iba llegando a su fin. Los vimos acercarse cada vez más nítidos en la luz confusa del atardecer, haciendo sonar rítmicamente sus bocinas, desbordantes de gente que agitaba banderas blanquicelestes, azul-rojas, rojiblancas, auriazules, todos los barrios se pusieron de fiesta para recibirlos, era un diapasón la ciudad entera, o era un unánime corazón celebrante. Después llegaría la melancolía de los lunes, después vendrían historias de miedo y de muerte, después cerraríamos para siempre los ojos del viejo. Pero nosotros sabríamos para siempre que, bajo un cielo remoto de domingo, hubo una vez una música por la que fuimos fugazmente apacibles y felices.