Desde la Costa Atlántica

Entre la discoteca Go! de Mar del Plata, el antro La Reina de Villa Gesell y el bar Prix de Mar de Ajó se configuró un Triángulo de las Bermudas (de playa) donde el piberío que bajaba a la costa desde cualquier urbe argentina se despojaba por un rato de las urgencias citadinas para vivir la fantasía del rock en reductos microscópicos que parecían agigantarse con carteleras irresistibles. Uno podía ver al Bocha Sokol tirándose del escenario hasta romperse una pierna, a Ricardo Mollo haciendo un solo de guitarra con una ojota (antes de que la marca Havaianas se impusiera como genérico) o a Pappo agachado, con media raya del culo al aire, martillando un escenario enclenque.

Ninguno de esos lugares entrañables sigue existiendo. Un poco por los estragos que hizo el pos Cromañón en sitios de seguridad siempre dudosa y otro tanto por el desembarco agresivo de las megaempresas de bebidas y telefonía celular en el mercado del rock, a las que luego se les plegaron distintos organismos estatales. Como hace el mar en aquellas ciudades donde se levantó cemento hasta la orilla, el marketing estratégico se fue comiendo el romanticismo de esas salas donde se mezclaban el humo con la sal del mar, y hoy parece que ninguna gran gesta de verano es posible por fuera de esos mecenazgos económicos. La anécdota de Jorge Serrano contando que la primera vez que escuchó una canción de Los Auténticos Decadentes en una radio fue mientras comía un panqueque en Carlitos parece una historia imposible de reproducirse en los tiempos que corren.

Y así, por ejemplo, Los Ratones Paranoicos –a pesar de que a principios de 2017 Juanse había dinamitado en una entrevista en España cualquier intención en ese sentido– se reunieron en un escenario sobre el Boulevard Silvio Gesell, una avenida a casi quince cuadras de la playa donde abundan talleres mecánicos, corralones de materiales y camiones pesados, mientras que Los Caballeros de la Quema tocaron en Parque Camet, veinte kilómetros al sur del centro de Mar del Plata. Ambos reencuentros, celebrados y multitudinarios, fueron con entrada gratuita, aunque financiados por AcercArte, el festival cultural expansivo de un gobierno que en la práctica se jacta justamente por lo contrario, como lo es el de la provincia de Buenos Aires, cuya mandataria se pasea mientras tanto por ciudades balnearias haciéndoles frente a guardavidas mal pagos o comprándoles pistolas de agua a sus hijos.

La plaga

Aunque muchos de los medios que quieren anticiparse a las tendencias antes de que éstas sean tales advirtieron sobre la posibilidad de que en verano se expandiera el uso de “la flaka” (una fulminante droga de diseño basada en el químico metilendioxipirovalerona), la verdadera plaga de esta temporada son en realidad los poderosos parlantes bluetooth que muchos jóvenes llevan a la playa para hacer oír su música por encima de todas las otras que blanden congéneres a pocos metros de distancia.

Se trata de dispositivos inalámbricos que pueden valer hasta diez mil pesos y que en enero sirvieron para imponer al reggaetón, el trap y la cumbia como bandas de sonido del bullicio juvenil. Parece que ya no tiene sentido llevarse una guitarrita para hacer una que sepamos todos y ganarse la simpatía de desconocidos: cualquier intento analógico, por más bien intencionado que luzca, será automáticamente aplastado por estos androides de colores que destilan excitados decibeles.

Como todo lo estridente, esto también se gana aprobaciones y rechazos en iguales dosis. Es decir que cada vez que alguien hace detonar canturreos de Bad Bunny, Becky G o Farruko para la alegría propia, automáticamente se genera como efecto residual el fastidio ajeno por una contaminación auditiva que se vuelve francamente insoportable. Se volvió un verdadero desafío oír al churrero o al vendedor de pirulines entre semejante quilombo.

El Che Guevara, cuya primera escala de su emblemático e inicial viaje en moto por Latinoamérica fue en la Costa Atlántica (de camino a Miramar, donde vacacionaba su novia), escribió a los 23 años en su diario íntimo que el mar era “un amigo que absorbe todo lo que le cuentan sin revelar jamás el secreto confiado, y que da el mejor de los consejos: un ruido cuyo significado cada uno interpreta como puede”. Pues bien: si el revolucionario Ernesto anclara hoy en la Costa Atlántica, lo único que escucharía en la playa sería una competencia atolondrada de sonidos loopeados sobre vocativos confusos.

Por eso mismo es que los distintos municipios tuvieron que inclinarse hacia lo irreversible y ponerle freno a aquello que parecía instalarse sin retorno. Así, promediando la segunda quincena de enero (el bloque más fuerte de todo el verano en Argentina) procedieron al decomiso de cuanto parlante fuera advertido por los inspectores. Y las fiscalías regionales, a su saturado stock de expedientes inertes, le sumaron ahora toneladas de parlantes depositados entre carpetas y funcionarios judiciales que los observan con asombro y curiosidad.

Pesca con red (social)

Antes –¿cuándo fue “antes” en esta historia milenaria? ¿hace cinco años, digamos?– la estrategia más ruin para tender un lazo de confianza en la playa con un/a desconocido/a (une desconocide, bah) era arrimarse y decir: “Disculpame que te hable, pero creo que te conozco de algún lado”. Una mentira gigante como el mar que se revuelve en olas ante ese chamuyo que resistió al tiempo como las cucarachas. Hasta que, claro, aparecieron Tinder, Happn y todas esas aplicaciones de geolocalización que volvieron más natural la exteriorización de algo que anida en el código genético de cualquier animal: el deseo de vincularse con un semejante con fines amatorios.

El ritual del apareamiento millennial ya no amerita respirar hondo, contener transpiración y simular soltura en el encare. Solo basta con elegir las fotos adecuadas, prender la app y tener paciencia de pescador para poder matchear en ese cardumen de hormonas que busca –tal como apuntó hace tres años la colega del NO Lola Sasturain en la mejor nota jamás publicada sobre Tinder, el 28/5/15 en este suplemento– nada más ni nada menos que ser amada.

Según divulgó a principios de enero la dirección de Marketing y Comunicaciones de Tinder en Latinoamérica, las ciudades donde más se utilizó la aplicación en lo que va de este verano fueron, justamente, las balnearias. Un amplio margen costero que va desde Pinamar, en la provincia de Buenos Aires, hasta la exótica y recóndita Las Grutas, en Río Negro, pasando por la metrópolis Mar del Plata y coronando a Villa Gesell como líder absoluto de matches.

Operativos falopa

Como las aguavivas en las tardes de calor o los alguaciles que presagian tormentas, el verano también se ve invadido por otro ejemplar de estación: las noticias sobre megaoperativos antidrogas. Esto responde al multiplicado recurso policial que se afecta a la costa a través del Operativo Sol, que en las últimas temporadas estivales también aportó a la crónica periodística los recurrentes episodios en los cuales oficiales novatos le disparan sin querer a un compañero, dato alarmante que revela la incapacidad que muchos de estos egresados express tienen para manipular su arma reglamentaria.

Así las cosas, se supo que en Mar del Plata hallaron un lote de 640 pastillas en poder de dos muchachos, mientras que en Ostende desbarataron a “La banda de Chile”, así llamada en honor a la procedencia del cabecilla de un grupo al cual le encontraron 200 bolsas de cocaína. En Mar del Tuyú, al centro del Partido de La Costa, fue descubierto un joven de 33 años que repartía porro en un delivery de empanadas, alimento costero por excelencia que este sujeto obligaba comprar a sus clientes si querían recibir el pedido completo. “La policía corroboró la maniobra ilegal del sospechoso y montó el operativo”, asegura el parte oficial. ¿Lo habrán delatado las de humita?Gentes con apodos tales como El Retutu, La Abuela o El Mantecoso fueron exhibidos como temibles narcos de verano. Los nombres parecen sacados de un cuento de Osvaldo Soriano.

Pero lo más bizarro de este raid sabueso acaso haya sido el pomposo anuncio que el Ministerio de Seguridad bonaerense hizo el 12 de enero, cuando en su cuenta de Twitter divulgó como uno de los principales éxitos del Operativo Sol 2018 el secuestro de unas infames piedritas de marihuana prensada. Muchos usuarios de redes sociales creyeron que se trataba de un fake. Es que nadie podía tomar en serio que el principal golpe al narcotráfico era el decomiso de ese pingüe paragua que muchos desprecian, pero que parece haber recobrado protagonismo ante la falta de flores y –sobre todo– de acciones antidrogas serias.

A todo ritmo

Dos muchachos toman mate en una reposera en el alto de una duna. El sol abraza, una brisa acaricia y el mar se mece destilando su característico rumor. Pero, de repente, un rugido rompe la calma. No es una tormenta la que se anticipa, sino un ATV a alta velocidad. Los flacos se tiene que tirar hacia un costado porque la silla los engancha y no tienen escapatoria. Una lluvia de arena lo invade todo: es el vehículo (un arenero con mecánica de moto) que frena en el momento exacto. Si fuera en blanco y negro y tuviera piano de fondo podría ser una película de Chaplin, pero es un hecho real con video dando vueltas por ahí (“como hijo de rico suelto entre los médanos”, podría decir el refrán).

El deporte del verano no es el beach vóley, el tejo o el beer pong sino una curiosa actividad que podría ser llamada “Padres pelotudos que mandan a sus hijos a matar o a morir a todo ritmo entre los médanos”. Una estadística que se engrosa y actualiza a cada minuto gracias a una débil legislación en relación al uso de estos aparatos. Días atrás, un quilmeño de 23 años mató a un barilochense de siete en una playa de Costa Esmeralda: el primero estaba a bordo de un cuatro; el segundo (recordemos, de siete), de una moto de 90 cc.

Cada metro de playa pertenece a una ciudad o partido, aunque en medio existen zonas casi vírgenes, sin presencia de balnearios, guardavidas ni policías. Sólo estos desaforados que aceleran motos, cuatris y hasta camionetas sin tener en cuenta que debajo de esa duna que se trepa tal vez puede haber una familia tomando mate o sol. Uno de los lugares predilectos es La Frontera, un kilómetrico cuadrado de arena al límite entre Pinamar y La Costa.

Al otro lado, en el borde entre Pina y Gesell, se realiza desde hace varios febreros el Enduro del Verano, la carrera de motos más grande de América latina. En la víspera, las ciudades se atestan de enfermos rampeando por avenidas estrechas de arena. Lucen poco creíbles las caras y voces compungidas de los intendentes cada vez que se produce un accidente, si son ellos mismos quienes estimulan turísticamente esta actividad financiado la carrera (nacida originalmente bajo el nombre de Le Touquet, como la ciudad francesa en la que se realiza una competencia similar).

Más sincero fue el juez que lideró en Costa del Este una protesta a raíz de los controles. No criticaba que había pocos ni tampoco reclamaba más: lo que pedía era que directamente no hubiese ninguno. Algo que, por cierto, no está muy lejos de lo que efectivamente ocurre.