Eran cerca de las nueve de la noche; la lluvia caía de costado y el calor se pegaba al cuerpo como si fuera un molusco. En Belgrano me subí al 151 con una novela de Lamborghini bajo el brazo y comencé a pasar las páginas sin tener ganas de leer. Escuché un golpe seco, un murmullo y levanté la cabeza. En el fondo había una chica con una remera de Los Ramones y un pez de madera que le colgaba del cuello; enfrente, un tipo con borcegos y campera de cuero no le quitaba los ojos de encima.

Cuando el colectivo frenó vi cómo aprovechaba la ocasión para acercarse. De la mirada pasó al piropo y a apoyarle la pija en cuestión de segundos. 

Una chica con la cara quemada le gritó “¡No la toques!” y un pibe corrió desde su lugar y se paró frente a él y le dijo “¡Bajate! ¡Rajá de acá, pelotudito!”. Ninguno de los dos tenía más de veinte años.

 “Yo hago lo que quiero, pendejo”, respondió, y entonces me miró, se acercó y con sus dos manos me agarró fuerte una pierna y me clavó las uñas. “No me toques o te rompo la cara”, le dije. El tipo reculó pero no se quiso bajar, y se sentó al lado del conductor.

Miré por la ventana; había dejado de llover y ya estaba cerca de mi casa. Me paré y le di el asiento a la chica que todavía seguía inmóvil. “No te quedes sola”, le dije y enseguida se acercaron los chicos que la habían defendido. “Nosotros la cuidamos”, me dijeron y entonces yo bajé.

Mirar para otro lado y callar ante la violencia es mucho más que ser un cagón. Ver cómo un tipo se acerca a una piba y la mira, y no frenarlo; ver cómo saca su pija para apoyarla sobre su lomo, y no hacer nada; ver sus ganas de cojerla, bien duro, sin importar si tiembla, si llora, y como puede camina hacia atrás y se tropieza porque no se anima, no tiene fuerzas, no puede ese día correrlo de ahí, sacárselo de encima... y seguir ahí, paralizados, o no tanto, porque cuando llega el momento de bajar y esa imagen que vuelve a la cabeza una y otra vez, ese sentimiento de desprecio y después de compasión, se convierte rápido en otra cosa, porque esa chica de remera de Los Ramones, esa pendeja tan vulnerable y desconocida, que viajaba ahí y por la que no movieron el culo también podía ser su mujer, o su hija, que cada sábado se sube al mismo colectivo al volver de bailar. Y pensar en ella, ver su cara y recordar sus vestidos, y sus piernas libres en verano, y de nuevo el silencio, y sentir vergüenza y miedo, mucho miedo, pero no tener excusas.

* Autora de la novela Por qué volvías cada verano, que se publicará en abril.