En el borde del barranco y Viscoso en la oscuridad
Imagen: REP

El cuento por su autor

La anécdota de la primera historia que refiero, “En el borde del barranco”, se la escuché en Jujuy a un amigo. Si no recuerdo mal, a él se la había contado un médico de El Carmen que, con nombre y apellido, quizá la había protagonizado. Años después, supe de un caso similar en la provincia de Córdoba; esta vez el protagonista, de profesión abogado, tampoco era anónimo. Hace poco la mencioné en la facultad, en un taller de cuento, y varias personas dijeron conocerla, aunque ya no podían precisar identidades y apenas la ubicaban geográficamente. Variante del tópico de El muerto que vuelve, palabras más o menos, ya desnuda de nombres y referencias personales, si es afortunada, acaso se convierta en una de las tantas historias que navegan el océano de la literatura oral.

“Viscoso en la oscuridad” bordea también esa zona ambigua de lo fantástico y el terror que tanto aprecia la oscuridad de nuestras almas. 

Una de las primeras leyendas que conocí cuando llegué a Jujuy fue la de El Familiar. Iniciando con la frase “según dicen”, la cual ampara levemente al narrador contra los incrédulos, un compañero del diario donde trabajé durante algunos meses me contó que, en la zona de El Ramal, los dueños de los ingenios azucareros suelen pactar con el diablo para asegurar su prosperidad. A cambio, cada año, le ofrecen una vida humana que el demonio devora bajo la forma de una enorme serpiente.


En el borde del barranco

La mujer apareció de golpe sobre la ruta y le hizo señas para que se detuviera. El hombre frenó en la banquina unos metros más adelante. Ella se acercó y asomándose hacia adentro por la ventanilla, le dijo:

–¿Puede ayudarme? Mi auto se desbarrancó.

El hombre miró y descubrió un cartel arrancado y la huella profunda de unas ruedas que terminaban en el vacío. 

–Suba –le ofreció.

Pero ella dijo que iría a pie para mostrarle el camino.

El hombre la siguió hasta la curva. La vio parada en el borde del barranco, con el brazo extendido, inmóvil por unos segundos. Luego la perdió en la neblina.

Bajó de la camioneta y cerró con llave. En el fondo del monte divisó un automóvil rojo atorado en la maleza. Era un atardecer nublado y el verde de las plantas resplandecía.

–Señora –llamó.

Comenzó a descender lentamente porque la barranca era casi vertical. Resbaló dos veces antes de llegar y se rompió el pantalón. Pensó en la mujer. Se preguntó cómo se las habría arreglado en una pared tan escarpada. 

–Señora –llamó otra vez.

Escuchó un llanto de niño que provenía desde el interior del auto. Se aproximó y a través de los vidrios astillados distinguió en el asiento de atrás un bebé de meses.

En el sitio del conductor había un cuerpo doblado sobre el volante.

El hombre tanteó las puertas pero estaban trabadas. Con cuidado, terminó de romper el parabrisas. Se retorció hacia adentro, llegó hasta el niño y lo sacó. Lo apoyó en el pasto, envuelto en su campera.  

Luego volvió por el conductor. Era la mujer que lo había detenido en la ruta. Empujó su cuerpo hacia el respaldo. En el peso comprendió que estaba muerta. Una muerta serena, sin muecas de dolor ni de miedo. Sólo en los suaves labios morados se alargaba un suspiro de cansancio, porque su instinto de hembra la había forzado a trabajar más allá de las jornadas humanas.

Viscoso en la oscuridad

Juan Seguer prometió que nos contaría todo tal cual como se lo había referido en su momento al comisario, cuando fue a exponer la denuncia. 

Los había contratado la viuda de Ortiz, a él y a Mario Guitián, para que sacaran un animal que se había metido en el galpón. Por los datos que les dio, pensaron que quizá era una comadreja.

Ellos no solían efectuar trabajos de esa clase, pero la viuda pagaba bien. Según les explicó, el animal se había instalado allí hacía muchos años, poco después de morir el marido. 

Don Ortiz era un hombre bondadoso, pero jamás tuvo habilidad para manejar el ingenio. Y desde que él falleció, a la viuda empezaron a irle bien las cosas. Ahora era una de las personas más ricas de la zona.

La mujer refirió que al principio el bicho se escondía cada vez que alguien subía, pero con el tiempo fue tomando confianza y permanecía quieto en medio del galpón mirando con curiosidad a las personas. Más tarde la mirada se hizo desafiante. La última vez que la hija menor fue allá con sus amiguitas para jugar, el animal les gruñó. Las niñas bajaron asustadas y le contaron a la madre. La señora entonces decidió hacerlo sacar.

Seguer y Guitián subieron de noche, por no contradecir a la viuda, porque ella decía que sería más fácil si lo sorprendían dormido.

Llevaron linternas, sogas para enlazarlo, una jaulita de medio metro de largo; y dos cuchillos y un revólver por si se retobaba. Aunque como la mujer les rogaba que le tuvieran paciencia y trataran de no lastimarlo, estaban dispuestos a no usar las armas. Ella se conformaba con que lo soltaran lejos, en el monte, porque estaba fastidiada de tenerlo frente a la casa.

Los hombres treparon por la escalera con cuidado de no hacer ruido. Juan Seguer iba adelante. Apoyó las cosas en la primera superficie plana que encontró y, haciendo fuerza con sus brazos, subió de un salto. Luego ayudó a Mario Guitián. Arriba había un olor caliente y nauseabundo, como a carne podrida y apenas se podía respirar. 

Prendieron las linternas y comenzaron la búsqueda. Guitián fue hacia el fondo y Seguer hacia el frente. Habían quedado de acuerdo en que si lo veían, se avisarían sin hablar, sólo iluminando el techo.

Seguer caminó despacio sobre los tablones del piso. No siempre podía evitar que crujieran. Pocos metros atrás de él, escuchaba también las pisadas de Mario. Llegó hasta las aberturas que daban al exterior. Lo sorprendió hallarlas clausuradas con vigas clavadas a los marcos. Afuera graznó un zorro del agua. Juan se sentó en un fardo de pasto y recorrió con la linterna todos los rincones. Vio algunas herramientas en desorden y una rata enorme, pero ningún indicio del animal. Decididamente no estaba en el sector que le había tocado revisar.

De pronto, el techo se iluminó. Mario Guitián lo había localizado. Fue hasta allá lo más rápido que pudo y en el trayecto tropezó con algo y cayó haciendo bastante ruido. Señaló con la linterna para ver. Primero no comprendió bien qué era lo que estaba en el piso: parecían pedazos de género desflecado, endurecidos por el polvo. Luego aquel olor asqueroso golpeó más fuerte su nariz y acomodó mejor las imágenes: se trataba de huesos, grandes huesos con pedazos de carne adheridos. Investigó un poco más allá  y vio una cabeza. Pero no pertenecía a un animal. Era un cráneo humano. 

Tuvo un presentimiento: iluminó alrededor y descubrió más huesos y cabezas.

A los tumbos, alcanzó una de las paredes. Alguien tocó su hombro y se sobresaltó. 

Iba a gritar, pero una mano le tapó la boca.

–Soy yo –susurró Mario Guitián.

Seguer asintió y el otro lo soltó.

–Lo encontré –dijo Guitián.

Tartamudeando Seguer intentó contarle lo que había visto.

–Calmate –murmuró Mario sin prestarle atención y enfocó con su linterna una pila de leña–. Mirá.

El redondel de luz bajó y mostró una parte del animal, la cola o algo; el resto estaba oculto tras la leña. Era como una serpiente del grosor de un árbol adulto, anillado y cubierto de pelos. De vez en cuando se retorcía muy lentamente. 

–Mejor vamos –le dijo Seguer.

Pero Guitián quería ganar aquel dinero como fuera. Sacó el revólver, le quitó el seguro y avanzó hacia la leña. Juan Seguer confiesa que no sabe qué sucedió entonces. Ya a esa altura no tenía ideas para pensar. Se había convertido en una porquería que temblaba muerta de miedo. Él cree que la montaña de troncos cayó sobre ellos, mejor dicho, que aquella cosa la empujó para que los aplastara.

Juan Seguer y Guitián rodaron y terminaron en sitios distintos. Las linternas volaron por el aire y se apagaron al golpear contra el piso.

–Mario –llamó Seguer.

–Aquí estoy –respondió Guitián unos metros atrás.

Seguer iba a levantarse para caminar hasta su compañero, pero algo se movió a su izquierda, muy cerca. Era como una respiración pesada y sostenida. El terror lo congeló, no dijo más nada; si hubiera podido, habría detenido el corazón para hacer menos ruido. Aquello permaneció a su lado unos segundos y luego por algún motivo se alejó. Seguer lo escuchó deslizarse, viscoso, en la oscuridad.

Por un rato todo pareció calmo y se incorporó. 

Entonces sonaron dos disparos y Mario insultó. Después gritó y pidió ayuda. La criatura lo había atrapado y lo arrastraba. Juan Seguer podía oír cómo se lo llevaba, haciendo rebotar su cuerpo entre los tablones. Mario chillaba desesperadamente y él tanteaba por todas partes buscando la linterna. 

De pronto se hizo el silencio. Seguer se quedó rígido otra vez. Hubo un último grito de Mario Guitián y empezaron los chasquidos, como si una boca muy grande estuviera masticando.

Juan Seguer se puso de pie y corrió hacia la escalera. Quiso bajar; las piernas no le respondieron y se precipitó desde cinco metros de altura. Se rompió un brazo y varias costillas. Pero aún así logró huir.

A la mañana siguiente, la policía fue a investigar al galpón y no encontró nada.

El comisario pensó que Seguer se había emborrachado en algún almacén y se había imaginado la historia.

Sin embargo, el hombre insistía que la señora Ortiz había limpiado todo y ocultado al bicho en otra parte. Suplicaba que revisaran los sótanos del ingenio.

La viuda aseguraba que, al rato de que él escapara corriendo, Mario Guitián bajó con una comadreja en la jaula, cobró el dinero y se fue tranquilamente.

Juan intentaba hacerles entender que Guitián estaba muerto, que lo había devorado el Familiar, y que el plan consistía en que los comiera a los dos. Que no estaba previsto que él sobreviviera.