El hombre que está solo y espera

La calle de Buenos Aires que antes se llamó Canning, y antes aún Ministro Inglés, y que hoy, cual desagravio, lleva el nombre de Raúl Scalabrini Ortiz, no es sin embargo la que mejor lo representa. Él está y estará siempre en la esquina de Corrientes y Esmeralda, donde se instala, emblemática y ya históricamente, para pensar la ciudad, el país y el mundo, “el hombre que está solo y espera”. Para meditar su esencia porteña, su carácter irreductiblemente central, desde este punto de confluencia planetaria,”el pivote en que Buenos Aires gira”.

Poeta, cuentista, ensayista y analista de la realidad económico social argentina, puede ver la ciudad objetiva y a la vez idealizada, con el asombro de los que venimos del interior, y el enfrentamiento a lo duro que en ella golpea. Había nacido en Corrientes, hace ahora ciento veinte años, un 14 de febrero de 1898, y muere un 30 de mayo de 1959, poco después de erigirse la llamada revolución libertadora, que lo desconoce y lo oculta. Más que su primer acercamiento al peronismo, crítico y disidente, es su verdadera obsesión antiinglesa, anticapitalista y anticolonialista la que aconseja mantenerlo a distancia. “Lo extranjero en esta tierra no es el hombre –había dicho–. El extranjero que aquí vive y se multiplica es hermano e igual al argentino. Lo extranjero aquí es el capital esclavizador, y lo que no vaya contra él, está a su favor”. El hombre que escribió esto no era fácilmente ganable para la causa “antidictatorial”.

Pero la Capital tiene, para Scalabrini, la capacidad de fundir razas, pueblos y lenguas, “su facultad catalíptica de las corrientes sanguíneas”, y esa esquina la de ser “polo magnético de la sexualidad porteña”. Y como ante tamaño caleidoscopio se obliga a tener una mirada “actual”, en ese análisis agudo y pormenorizado de”el ser argentino”, sería “una irreverencia macabra la de andar desenterrando tipos criollos ya fenecidos –el gaucho, el porteño colonial, el indio, el cocoliche...”. En esta “Biblia porteña” (son sus palabras), describe íntimamente, analiza, interpreta, al argentino de la década del 30 y de principios de la del 40.

Partícipe de la vanguardista Martín Fierro, discutidor contra los españoles, bajo el liderazgo de Jorge Luis Borges, del “meridiano intelectual de Hispanoamérica” (que aquéllos situaban todavía, tozuda y colonialmente, en Madrid), luego inspirador y animador de FORJA (no “miembro”, como Luis Dellepiane, Gabriel del Mazo, Arturo Jauretche, Homero Manzi, porque él no pertenecía, como ellos, al partido Radical), defensor de los derechos y la soberanía de la nación, pensador visionario y poético, quiere describir y fijar para siempre “la etopeya del hombre de Buenos Aires”, lo que para él es el conjunto de hábitos, de inclinaciones, el carácter del porteño. Y para comprenderlo hay que integrar entonces la visión de este libro, cuya primera edición apareció en octubre de 1931 en la memorable editorial de don Manuel Gleizer, con la de sus otros grandes trabajos, más concretos, más indiscutiblemente probatorios, más especializados y eruditos: Política británica en el Río de la Plata (1936) e Historia de los ferrocarriles argentinos (1940). Es autor, además, de numerosos textos, y aparte de los mencionados se destacan La manga (cuentos) (1923), Petróleo e imperialismo (1938), Historia del primer empréstito argentino (1939), Tierra sin nada, tierra de profetas (Devociones para el hombre argentino) (poemas) (1946), Perspectiva para una esperanza argentina (1950). No obstante, como reza una nota final y colofón de El hombre que está solo y espera, parece el fundamental: “Este libro, que compendia los sentimientos que yo he soñado y proferido durante mucho años en las redacciones, cafés y calles de Buenos Aires, fue vivido durante los treinta y tres años del autor y escrito en un mes, septiembre de 1931, a instancias amistosas de Don Manuel Gleizer”. 

A la manera de Ezequiel Martínez Estrada con el habitante de la pampa, ni menos arbitraria y subjetiva ni menos intuitiva ni menos profunda, da una visión casi astral de sentimientos y costumbres de la urbe y, agudamente, de su lenguaje. El “reo”, el “loco”, el “macanudo” y el “seco” son, en su paleta, el signo elocuente de un asentamiento definitivo: el de tantos millones de hombres que vinieron desde el otro lado del mar hacia “la tierra invisible”. Definición abstracta, pero, a la vez, bien figurativa, puesto que esta “es una tierra que amilana los sentidos, que postra la sensualidad /.../ una tierra casi inhumana, impía, chata, acostada panza arriba bajo un cielo gigantesco”.

Esta tierra, mejor dicho lo que Scalabrini Ortiz llama (más que como un materialista, casi como un discípulo del romanticismo alemán, de Friedrich Karl von Savigny y de Caspar Rudolf von Ihering ) “el espíritu de la tierra” y que, dice, apelarla así “no está vacío de sentido”, es ”un hombre gigantesco”. Particularmente, en la Argentina, el “arquetipo” se nutrió y creció con el aporte inmigratorio, devorando y asimilando millones de españoles, de italianos, de ingleses, de franceses, sin dejar de ser nunca idéntico a sí mismo. Por ello, el acercamiento debe ser puramente espiritual, intuitivo: “La conciencia de este hombre gigantesco es inaccesible para nuestra inteligencia. No nos une a él más cuerda vital que el sentimiento”. Admirador hasta la devoción de Macedonio Fernández (muchos de cuyos textos salvó de la pérdida), a quien declara aquí “el primer metafísico de Buenos Aires y el único filósofo auténtico”, y consagra “el primero y más grande en la secuela de profetas porteños”, en este libro Scalabrini parece estar justificando con creces aquellas reflexiones de Antonio Gramsci, formuladas desde las cárceles fascistas por la misma época, que suponen a los intelectuales de países como los nuestros “el tejido conjuntivo de una nación”.

* Escritor, docente universitario.

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