Guillermo Korn
Todos unidos pensaremos
A través de la biografía de cinco escritores marginados –Luis H. Velásquez, José Gabriel, Elías Castelnuovo, Jorge Newton y César Tiempo– Guillermo Korn rastrea en Hijos del pueblo los cruces entre los intelectuales, el marxismo y la irrupción de Perón antes de la existencia del peronismo de izquierda.

Guillermo Korn fue maestro de escuela. Es doctor en Ciencias Sociales y bibliotecario. Tiene una memoria generosa para pasar datos y bibliografías que nadie recuerda. Fue editor de la revista de tradición vanguardista El Ojo Mocho, donde publicó sus primeros trabajos sobre personajes marginados de la señal ética cultural dominante. En esos intereses está el antecedente de Hijos del Pueblo. 

El libro, que se pregunta por cinco biografías apasionadas por el peronismo cuando el peronismo vivía su edad dorada, es cauteloso. Si creemos esto es porque puede acercarse a la polémica desde la paciencia del archivo. Pero a los papeles viejos que acumula le agrega un método: el montaje, una manera de hacer crítica sin narcisismo. Pegar y presentar documentos para formar una tercera fuerza es una forma de discutir sin hacer alharaca de la pertinencia teórica ni de la objetividad cognoscitiva. 

Proviene de una tesis universitaria encarada con libertad. Tiene la marca de una investigación romántica. Intenta encontrar en las vidas de sus protagonistas formas que hagan patinar dos conceptos (el de intelectual y el de izquierda) hacia el peronismo. Korn sabe que el peronismo todo lo puede para cualquier lado, de ahí que el libro no sea una ingenuidad nacional y popular más. Busca el tiempo perdido que la línea bendita de la historia de las ideas, desde José Luis Romero para acá, dejó de lado. Es un estudio sobre el peronismo de izquierda antes del surgimiento de la izquierda peronista.

Está dividido en cinco capítulos donde la tónica la pone uno de los cinco y la deriva lo va entrelazando con los otros cuatro. Korn investiga lo que fueron antes del peronismo, la relación con el público masivo y con la cuestión nacional, las influencias de cada uno y los pormenores del clima cultural: una historia barroca de nombres, revistas y acontecimientos. 

Luis H. Velásquez fue obrero de frigoríficos, novelista porfiado al que le decían “el tanque”, especialista en W. H. Hudson y director del área organizadora de las bibliotecas populares desde el 50 al 55. Elías Castelnuovo era un comunista aventurero que va de corresponsal a Moscú representando al diario La Nación, escribe contra Freud y en “todas las publicaciones peronista sin tener el codiciado carnet”. José Gabriel había protestado en la semana trágica desde su puesto en el diario La Prensa. Tenía pasta anarquista. Comentó desde la guerra civil española, escribió sobre Whitman y fue periodista deportivo. El golpe del 43 lo expulsa a través de la Ley de residencia. Termina volviendo para en 1949 trabajar en el Ministerio de Salud y en distintas revistas peronistas. Jorge Newton es un nómade por Latinoamérica, cronista de la revolución mexicana. Escribe muchas novelas, trabaja en Crítica, dirige la revista masiva Mundo peronista y da clases en la Escuela Superior Peronista. César Tiempo enfrentó al filonazi best seller Hugo Wast, dirigió la revista comunista Claridad –donde escribieron los cinco–, entrevistó a Sartre y a Greta Garbo, tuvo programas de radio y dirigió entre el 52 y el 55 el suplemento cultural del diario La Prensa, de la CGT. 

Todos fueron autodidactas, estilistas del ganapán y ajenos a cualquier canon. Incluso varios de ellos sufrieron los ataques del peronismo del que participaron. Hacían literatura popular contracultural, pero a favor de otras instituciones que se fundaban. Un iluminismo desde abajo, justo en la época de la crisis de la ilustración. Proponían una dialéctica sencilla sobre temas complejos. Sus vidas y sus libros habían sido hasta los años 40 cosmopolitas. Ahora les importaba la literatura nacional, el tercer mundo. Vale citar esta síntesis que hace César Tiempo para pensar desde ahí problemas mayores de la industria cultural: “Florida era la obra; Boedo la mano de obra”. Es que otro tema importante que los reúne es discutir la profesionalización de la escritura, su condición laboral.

Korn logra cuestionar la tónica con la que casi todos los estudios sobre el peronismo cultural lo niegan o bien por “retórico” o bien por “fascista”. Desnaturaliza el “rápido descarte de la pregunta por la relación entre cultura e intelectuales peronistas”. Discute la histeria de quienes entienden que el peronismo censura cualquier discusión intelectual y llaman “cooptado” al que discute desde el peronismo. Complica conceptos que suelen darse por transparentes: la izquierda y los intelectuales. Sabemos que la pureza es siempre un delirio, pero el delirio es a la vez el origen de casi todo. En ese vaivén, en pensar la “locura” de los que apostaron por un proceso político contradictorio y plebeyo, la manera en que eso tuvo mucho de valentía, se juega este libro. 

Una reformulación cultural nace hacia el declive de toda esta época, proviene de ella. Por ejemplo: la revista Contorno, a la que le fastidiaba el peronismo clásico, surge de una sensibilidad parecida a la de los protagonistas. En el libro quedan claras dos discusiones que los cinco biografiados no dejan de dar. Aquella que repiensa el idioma nacional para acercarlo al plebeyismo y desanudarlo del tinte colonial. Y la que confronta al fascismo cultural y la estupidez arcaica; por ejemplo al propio Ministro de Educación Ivanissevich. Esas dos discusiones son las mismas por las que se fundó Contorno, según dijo David Viñas varias veces. Algo parecido pasa con la literatura de Osvaldo Lamborghini: está empujada desde el peronismo clásico, desde ciertos realismos combativos, pero los integra para reformularlos. Dice Korn: “Castelnuovo cree que quien se preocupa por la forma abandona las preguntas verdaderas”. Hay rastros de esto en el último libro de Lamborghini, Teatro Proletario de Cámara. En sus críticas a Castelnuovo, citadas por Korn, vivía la inquina contra una “ideología liberal de izquierda, esa cosa llorosa”. Pero la crítica es formal, todo el discurso es ahora “de cámara”, antirrealista por exceso, con estructuras que dicen lo que la literatura volvió ilegible. 

Enhebrar estas cuestiones, y tantísimas más que vuelven al libro un mandala, contribuye a pensarlo todo de nuevo. Porque al imán de las imaginaciones culturales argentinas no le alcanza con la soberbia de lo “bien hecho” o del testimonio. SI incluimos también los olvidos y las derrotas, los infortunios y las intenciones perdidas, la cuestión es más compleja, pero es un compromiso crítico que nos gusta más.

Hijos del pueblo Guillermo Korn Las Cuarenta 329 páginas

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