Escuchame querida

El cuento por su autor

¿Otra vez perros? Los perros aparecen en mi escritura cuando quiero y cuando no quiero. La editora de mi libro de cuentos Soluciones Quirúrgicas (Zona Borde)fue la primera que me lo hizo notar: ¿Te diste cuenta de que en todos tus cuentos aparecen perros? En ese momento saqué algunos, creí que era un error. Seguí escribiendo. El año pasado terminé una novela cuya protagonista toca a un perro en la calle y el olor que le queda en la mano no se va, es más, con los lavados aumenta. Supuse que con eso había agotado el universo perros. Me puse a escribir cuentos y otra vez: perros. Más o menos protagonistas, más o menos conflictivos, tranquilos, amados, odiados, ahí están. A veces pienso que tengo una jauría adentro. No sé por qué. Los dejo salir. Así que acá va, otra historia de perros o un lugar desde donde mirar al mundo, pienso ahora que escribo esto: Soy un lente de cuatro patas.


Escuchame querida

Por Gabriela Larralde

 

Agustina Fernández

¿Te gustan los perros? Ah, sí, qué lindos son... Este es recuperado. Es de mi hija, en realidad… Se lo paseo porque a la mañana ella va a la facultad. Estudia odontología, acá cerca. Te digo, es un bocho… Sí, sí, tocalo. ¿Viste lo que es? Es buenísimo este perro. Duerme con ella, mi hija es una loca de los perros. Desde chiquita estaba rodeada hasta que, bueno, tuvimos un problema y no se pudo más, pero ojo a mí me encantan, eh, lo que pasa es que ella le da besos en la boca. Mich... Michi le puso, como un amigo suyo. No sé, ya te digo es un personaje mi hija ¿A vos no te parece que Michi es nombre de gato? Yo le digo Mich, Mich esto, Mich aquello y entiende. Porque ir paseando por la plaza y decirle Michi a semejante macho… Igual, esto te lo digo a vos, no se lo digo a ella. Yo busco al perro, ella siempre está apurada, me da un beso al bajar y gracias papi. Listo. Después se lo devuelvo a la tarde para que ella pueda estudiar bien y estamos todos en paz. Mejor no hablo ¿Para qué?… Lo único que sí, es el estudio. Con eso sí, ella me escucha. Porque cambió de carrera ya dos veces... Y bueno, viste que ahora es común. En mi época no. Era una tragedia. Ojo, a mí me hubiera gustado elegir también, eh. Pero no se usaba. Soy abogado. Ahora estoy jubilado pero si vos me preguntás lo que más disfruté en mi carrera fueron las perras. Tuve tres criaderos, iba en serio. Era mi trabajo, siempre pienso que si hubiese sido veterinario hubiera podido seguir, me parece a mí. O hubiera tenido más cuidado... Yo trabajaba día y noche con eso, no sabés el laburo que es. Porque la gente dice qué caros los perros de raza y escuchame querida vos sabés quién los saca a las tres de la mañana del vientre de la perra cuando la perra está delirando y no los puede sacar sola o porque se infectó o porque se le pasó la fecha. Uno. O quién se piensan que saca los restos de adentro de la perra, y la cose, y la cuida. Bueno. Dos perras perdí yo, adoradas, no sabés cómo las quería. Las camadas que me dieron esas dos perras... Y después el cuidado, siempre, de cada cachorro. Yo te digo, lo que lloré. Lloré por esas perras lo que no lloré por nadie. Mi mujer me dijo un día: no te vi llorar así por ninguna de tus hijas como lloraste por Katria. Es que vos no sabés lo que yo cuidé a esa perra, le salían como granadas, un tumor tras otros, no hubo nada que hacer. Encima la tenía que esconder del alemán porque si el alemán la veía, chau, me sacaba del circuito. Me lo había tomado en serio. Mis perras competían. En ese momento le hacía mucho caso al alemán porque él venía y me decía así Señor Sarrdá –marcaba las erres– usted es blando, tiene que ser durro… Linaje Boxer. Era terrible. Yo era joven, ¿entendés? No sabía... Ahora se sabe todo mucho más. Porque vos ahora te metés en la computadora y podés saber. No es como antes. Antes, lo que te decía el alemán era lo que vos hacías... Te decía que la raza se perdía y que en Argentina se iba a transformar en otra cosa, y no sé  cuántas pavadas más. Metía miedo. Entonces, bueno. Uno seguía todos los pasos. El dedo pulgar lo anulabas con un clavo caliente, eso apenas nacían. Las crías no tenían ni los ojos abiertos todavía, eso era –por decirte– a las cinco horas de nacidas. Miiiiich, Miiiiich, vení para acá, eso no se come, vamos, dámelo. Muy bien, muuuy bien. ¡Qué inteligente que es! Qué bárbaro. Viste la cara, entiende, claro que entiende, si sabes cómo quiere subirse a mi cama ahora cuando volvemos, pero no, a tanto no llegué todavía, aunque te digo que si no consigo novia... No, no, tan mal no estoy, che. ¿Vos tenés novio? Ay, mirá, perdón, te entretuve y vos capaz te tenés que ir… Claro, siempre tardan. Sí, al sol está lindo, la verdad, no parece agosto. Qué linda quedó la plaza, qué bien cómo la arreglaron. Y ¿hasta qué año? Y el último criadero ya lo tuve en casa. Ese fue el error. Fueron pocas camadas esas, dos, en el año 78, sí. Habían empezado a pedir muchos papeles, muchas cosas, no podía correr riesgo afuera. Si hubiese sido veterinario ¿viste? Por eso te digo, no está mal que hoy los pibes elijan, pero bueno, antes, era antes… Yo igual hacía todo como tenía que ser. La cola y las orejas también, siempre. Si no no lo podías vender y además el alemán venía a revisar y si no tenías las fotos de los cachorros con la cola y las orejas cortadas, posando, te sacaba el certificado de la raza y cada cachorro ya te digo lo vendías por la mitad. Además, no era sólo eso, íbamos los fines de semana, nos juntábamos entre los criadores, cuidábamos todo, que los perros estuvieran bien. Lo que laburábamos. En eso siempre uno lo aconsejaba a otro. Tenía reclamos, reclamos, de mi familia, ni te digo. Pero yo, todo mi tiempo, era para mis perras. El tema eran los cachorros blancos. Ahí ya no podías hacer nada. Apenas paría la perra los tenías que apartar. No se decía cuántos blancos había tenido tu perra porque eso te dañaba, ¿viste? El alemán decía que eran una falla de la raza. Imaginate. Qué cosa tonta. Pero me lo creía… Así que bueno, si vos hoy me decís ¿Juan José Sardá de qué te arrepentís? Y te tengo que decir que sí. Que hoy no lo hubiera hecho. Los hubiera, qué sé yo, regalado... No, si te digo, eso me quedó atravesado. Era sencillo igual, un procedimiento. No es que fuera algo sangriento, no. Una inyección y listo. En casa empecé a enterrarlos en el fondo ¿Cómo podía saber? La chiquita… Mich, vení para acá, Miiich, tomá el hueso… dejá dejá: feo. Por eso te digo, hoy con la computadora es distinto. Porque vos tenés una duda, en todo caso, y buscás. Qué sé yo. Todos lo hacían, si me preguntás, yo sé que sí. No se decía, no es que uno lo fuera diciendo por ahí. Pero bueno, un día mi hija me vio y claro, se dio cuenta, no era como con las otras, las más grandes. Ella siempre fue bicha, miraba todo. Muy pegada a mí. Sabía todo, no le podías ocultar nada. Y cometí ese error de enterrarlos en el fondo de casa de día, no sé. Hice lo que pude. Le expliqué que no eran perritos buenos. Que no iban a vivir. Eso nos decía el alemán que eran perros que después no vivían bien, ¿viste? que eran albinos... Y bueno, hasta ahí, más o menos bien. El tema fue a la noche. En ese momento vivíamos en una casa grande con fondo en Boedo. El Boedo de antes, no el de ahora, eh… El Boedo donde uno qué se yo, salía a dar una vuelta de noche y no pasaba nada, las chicas andaban en bicicleta por ahí, sin problema… Igual una guardada tenía. ¿Me entendés? Eran épocas difíciles, por ahí se te metía uno que andaba escapando y ¿qué hacías? A mí no me pasó pero pasar, pasaba. La cosa es que esa noche cenamos, muy bien. Las chicas se fueron a dormir, yo no sé qué hice, no me acuerdo, me fui a dormir también con mi mujer y por ahí me toca el brazo y me dice, hay alguien, hay alguien, hay alguien abajo, en el fondo. Entonces abrí el cajón de la mesa de la luz, le saqué el seguro y bajé. Tranquilo. Estaba, ¿viste que en esos momentos uno no sabe cómo puede reaccionar? Bueno, reaccioné bien. Tranquilo. Escucho ruido afuera, salgo por la cocina y ahí estaba la chiquita. Arrodillada, había cavado con las manos, tenía todas las manos llenas de tierra, el camisón todo negro y me asusté peor porque imagínate llegué justo mirá si los sacaba. Empecé a gritarle, la fui a buscar y me la llevé justito porque una patita blanca ya se asomaba. Ella no hablaba. No me contestaba. Y me salió eso de mi vieja que yo nunca le había hecho, no sé por qué, prendí la ducha fría y la metí debajo del chorro… Lloraba con los ojitos cerrados. Pero no la saqué. No pude. La dejé ahí, con el chorro helado, miraba hacia arriba y lloraba. Apareció mi mujer y me fui, salí de la casa. Di como cinco vueltas manzanas y volví a acostarme. Te digo, si se acuerda mi hija no lo sé. Yo soy más de que las cosas hay que dejarlas pasar. Y bueno, entender al otro. Rezar. Pedir. Mirá cómo te lo estoy contando... Recé, eso sí, me acuerdo que recé. Una vez un cura me dijo que rezar es como contárselo a alguien pero mejor porque Dios siempre está y siempre te perdona. Parece un chiste, pero es cierto… Mirá el cuento de viejo que te enchufé por esperar. El tipo este que viene, te conecta todo, cable y computadora ¿o la computadora es otra empresa? 


 

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