Pena de muerte y gatillo fácil

El humor político del argentimedio se da entre su oposición a Macri y su adhesión electoral a la fuerza que él representa, el macrismo. Uno la detesta, el otro la apoya. El que la detesta no comprende al que la apoya. Por sus verdaderos intereses –dice– debería rechazarla, no entregarle su voto. ¿Cómo es posible que voten por Macri?, se pregunta. “No advierten que gobernará para los menos y llevará a la escasez a la mayoría”. Esto lleva a los antimacristas a rechazar a los macristas de clase media. Votan contra ellos mismos y contra los que son como ellos.

  Se apela a acciones incomprensibles del presidente. Recibió en la Casa Rosada a un policía de gatillo fácil. ¿Esto no debería restarle votos? No, dicen los que ven con descarnamiento y profundidad las medidas sarcásticas y hasta crueles del presidente. El votante-Macri quiere orden. El halago al policía de gatillo fácil le otorga votos al presidente. Si hasta su asesor estrella le pide la pena de muerte. La pena de muerte siempre existió en el país. Entre 1976 y 1983 fue la medida represiva central. Onganía la declaró después de la muerte de Aramburu. Pero eran gobiernos dictatoriales. Sorprende que uno que llegó a la Rosada con votos apueste por la violencia institucional.

En algunos casos, esta sorpresa oculta un secreto temor y una admiración más secreta aún. El temor es porque siempre se le teme al poder cuando reconoce y premia a la muerte. “Usted mató. Es un gran policía. No lo castigamos. Lejos de ello, este gobierno lo premia”.

Eso despierta temor. La admiración es secreta y sorpresiva. Esta gente mata y recibe más adhesiones. Es querida porque mata. Porque hay argentinos que quieren que otros mueran. El que le pide a Macri la pena de muerte lo hace con la convicción de impulsar una medida propagandística. “Les damos lo que quieren”.

No hay que olvidar que el votante-Macri es ese argentino que ante cualquier problema gruñe: “Hay que matarlos a todos”. Hábil conocedor del alma turbia y represiva del argentimedio, el agente propagandístico de Macri susurra: “Pena de muerte”. O se deja trascender que es así para crear temor. Nada funciona mejor para el ciudadano del hay que matarlos a todos que la pena de muerte. El hay que matarlos a todos es la explícita petición de la pena de muerte. ¿Qué opina de una manifestación por el orgullo gay? Hay que matarlos a todos. ¿Qué opina de los piqueteros? Hay que matarlos a todos. ¿Qué opina de las huelgas? Hay que matarlos a todos. Y así, así y así. O sea, pena de muerte.

Sin embargo, esta medida extrema presenta problemas. Una máxima de Amnesty International dice: Si matar es malo, ¿por qué el Estado mata? Impecable razonamiento. El sacerdote cumple en la pena de muerte un papel similar al del médico en la tortura. El médico le dice al torturador hasta dónde el torturado puede aguantar, hasta dónde no. El sacerdote le entrega al verdugo un alma arrepentida. Dios ha perdonado al condenado a muerte, ninguna culpa producirá matarlo. El verdugo mata a un alma que ha sido entregada a Dios, limpia. Puede proceder sin culpa. Se trata de la tecnificación del dolor. Hasta aquí sí, hasta aquí morirá y ninguna utilidad podrá prestar. El hombre condenado llega limpio y puro al cadalso.

El incremento de las penas no elimina la violencia. Después delos 17 muertos en Georgiay la propuesta de Trump sobre un aumento del armamentismo personal de los docentes de las escuelas hubo un atentado criminal, uno más, tan demencial como todos, más allá de las cifras. En Estados Unidos el armamentismo aumenta la locura criminal. Es en Texas y en el Oeste donde es habitual que cada uno lleve su arma. La cultura de las armas es parte de la identidad nacional.

Si el gatillo fácil pasara a ser parte de la identidad nacional la justicia se vería ausente de las penas en la Argentina. No se puede premiar el acto irreflexivo de hacer fuego antes que juzgar. Del gatillo fácil del policía se pasará al gatillo del ciudadano armado, que se siente con derecho a matar. Cuando no hay justicia para uno todos estamos en peligro. Cuando hay gatillo fácil para los delincuentes hay gatillo fácil para todos. Se hace fuego y después se averigua. Se hace fuego y después se pregunta. La pregunta que se formula después de disparar suele no tener respuesta. Por eso la justicia radica en preguntar antes. Los muertos nunca responden.

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