PLáSTICA › EL ESPAÑOL PABLO SERRANO (1908-85) EN EL MNBA

Escultor de tres orillas

Hoy se inaugura en el Museo de Bellas Artes la contundente antología de un aragonés que vivió en Rosario, se consagró en Montevideo y renovó el lenguaje de la escultura española.

 Por Fabián Lebenglik

Pablo Serrano vino a parar a la Argentina en 1929, más precisamente a Rosario, para ejercer como maestro de escultura y orfebrería en el Colegio San José, integrando la orden de los salesianos, con los que se había formado en Barcelona en la talla en madera durante la primera mitad de la década del veinte. Se dice que su incorporación a la misión salesiana de Rosario le vino bien al artista para evadir el servicio militar.
Luego de terminar las monumentales puertas de bronce para la cripta del colegio donde trabajaba, Serrano deja Rosario para mudarse en 1935 a la laica Montevideo, donde en sintonía con el ambiente progresista y moderno del Uruguay aprovecha para abandonar los hábitos.
En la otra orilla rioplatense el escultor vive y trabaja durante veinte años. Comienza formando el grupo de renovación artística “Paul Cézanne” y termina siendo consagrado como un de los grandes escultores que trabajan en Uruguay, donde recibe varios premios en el Salón Nacional de Artes Plásticas entre 1941 y 1955. Junto con la consagración llegan los monumentos por encargo (al Himno Nacional y a Artigas, entre otros), género que configura un largo capítulo de la carrera artística de Serrano. El último premio del salón uruguayo incluye una beca que le permite volver a España, precedido por su fama sudamericana.
En 1955 el escultor gana el gran premio de la III Bienal Hispanoamericana de Arte de Barcelona. En aquella muestra, si bien se produce durante el régimen franquista deja una huella profunda en los artistas españoles más jóvenes: junto con las piezas de Serrano se exhibe la nueva obra de Antoni Tàpies y de Alexander Calder.
Con el empuje que la renovación intelectual y artística había tenido con el grupo catalán Dau al set desde la década del cuarenta –que a través de exposiciones y de una revista se proponía romper la inercia de la cultura española, atravesando la lógica imperante, desde el mismo nombre del grupo (“Dado de siete”) y por la incorporación del arte experimental de las vanguardias europeas, especialmente el surrealismo–, Serrano, Antonio Saura, Manolo Millares y Rafael Canogar, entre otros, fundan en 1957 el grupo El Paso, al que se suman Manuel Viola, Manuel Rivera y Martín Chirino.
El nombre del grupo alude a la idea de pasaje, de nexo, entre los nuevos artistas españoles y las vanguardias internacionales, en el enrarecido ambiente cultural de la dictadura de Franco. El Paso llegó a provocar un escándalo político.
Serrano traía de la Argentina y Uruguay su contacto con Joaquín Torres García –que lo había introducido en la abstracción y el constructivismo— y Lucio Fontana (con quien traba una larga amistad) que más tarde lo influirá notablemente, desde el Manifiesto Blanco en adelante.
La obra de Serrano es humanista y simbólica. Para él la escultura es la forma expresiva que toma el pensamiento y en esta derivación confluye su formación estética, religiosa, humanista y filosófica. Claro que la escultura, territorio donde el artista se mueve indistintamente entre la figuración y la abstracción, reflexiona especialmente, según Serrano acerca del espacio y de la relación del hombre con ese espacio.
“De problemas del espacio –explica Serrano en su ‘Manifiesto intra-espacialismo’ de 1971–, he mantenido conversaciones con mi amigo Lucio Fontana en Italia (lo conocí en Rosario, Argentina). De su ‘Manifiesto Blanco’ tomo estas palabras: ‘Abandonamos la práctica de las formas de arte conocidas y abordamos el desarrollo de un arte basado en la unidad del tiempo y del espacio’.”
Otro de los artistas que influyó notoriamente en la obra de Serrano es Julio González, a quien conoció en París a mediados de los años cincuenta.Los rastros de esta relación se hacen evidentes en la serie “Ordenación del caos”. Sobre esta serie Serrano explica que “Un día subí al Vesubio y sentí el deseo de recoger escoria volcánica para aplicarla a mis trabajos. Había recorrido antes Pompeya, Herculano y Stabia... Un día anduve por un campo que parecía un osario prehistórico, por la forma de sus piedras; algunas de ellas estaban horadadas... Un día entré en una chatarrería y observé clavos de derribo y chapas de hierro... Sentí el deseo de agrupar todos estos elementos y ordenarlos. Trabajé intensamente hasta lograr imprimirles la emoción sentida y me encontré cómodo...”
La curadora de la exposición de Pablo Serrano, Dolores Durán, eligió para esta muestra en el Museo de Bellas Artes –integrada por 37 piezas– poner el acento en las series más abstractas y conceptuales del artista.
El período de tres décadas exhibido es el que va desde su llegada a España (1955) hasta su muerte (1985).
La serie de los toros, en la tradición moderna de la gran abstracción europea, tiene la particularidad de haber sido concebida en Montevideo y realizada en España, con lo cual es una obra que une ambos períodos.
La serie “Drama del objeto” trabaja sobre la destrucción de la materia y la sobre la huella-existencia que esa materia deja. Serrano parte de un bloque de madera alrededor del cual construye una retícula metálica, como una cárcel, para luego prenderle fuego a la madera, que desaparece.
Sobre esta serie el teórico italiano Gillo Dorfles explica que “Serrano, después de haber invertido el antiguo principio de una espacialidad llena, ha querido ir más allá de la simple evidencia de una espacialidad cerrada que podría definir como matrices espaciales... Las maderas destruidas, quemadas, carbonizadas, dejan tras de sí la presencia de una espacialidad vacía. Vacía realmente por la ausencia de algo que había antes, de un vacío que podemos definir semejante al sunyata: el vacío zen...”
En 1962 Serrano fue invitado a la Bienal de Venecia y perdió por un voto el Gran Premio, que finalmente fue obtenido por Giacometti.
En relación directa con las figuras antropomórficas y su hábitat (el cuerpo, la casa, la pareja, la comunidad, la bóveda), hay tres series que marcan un desarrollo conceptual, formal y cronológico: “Bóveda para el hombre”, “Hombre-bóveda” y “Unidad-yunta”. El desarrollo de estas tres series va desde la bóveda como metáfora de refugio, pasando por el contraste entre lo corporal y lo espiritual hasta llegar a la complementación, la unión, lo erótico y comunitario.
La huella del pensamiento religioso dejó una impronta binaria (aquella que postula dos conceptos contrapuestos y complementarios, pero que en el fondo privilegia uno de ellos) en las conceptualizaciones de Serrano.
La serie “Ritmos en el espacio” recuerda en parte la obra de Calder, y para Serrano constituye una suerte de caligrafía aérea o de dibujo en el espacio.
Finalmente, la secuencia “Divertimentos” establece una mirada retrospectiva sobre el cubismo. Allí se destaca el homenaje a Picasso.
El legado artístico de Serrano cuenta con un museo propio, en la ciudad de Zaragoza. (Desde hoy, a las 19; Museo de Bellas Artes, Libertador 1473.)

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“Toro” (1949), de Pablo Serrano. Pieza de bronce, de 19,5 x 31,3 x 16,7 cm.
 
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