PLASTICA › LEONIDAS GAMBARTES: RETROSPECTIVA Y HOMENAJE

Circunstancias americanas

A cuarenta años de la muerte de Gambartes, el Centro Cultural Recoleta presenta “Mito, magia y misterio”, un recorrido por la obra del gran artista rosarino. Del arte rupestre a la cartografía, ida y vuelta.

 Por Fabián Lebenglik

Hay al menos dos circunstancias ineludibles cuando se trata de la vida de Leónidas Gambartes. La primera es su miopía tan acentuada, al punto que poco antes de morir a los 54 años, recibe una pensión por incapacidad, cuando está al borde de la ceguera.
En este punto, la retrospectiva que se exhibe en el Centro Cultural Recoleta –curada por Ana Canakis y montada por el equipo de Patricio López Méndez– termina el recorrido mostrando los gruesos anteojos del pintor, como una marca “de fábrica”, consustancial a la obra, dado que eran los cristales a través de los cuales el artista recibía y entregaba su imagen del mundo.
La segunda circunstancia determinante, en relación directa y paradójica con sus notables limitaciones visuales, era su oficio: Gambartes fue cartógrafo durante treinta años. Un miope que trazaba mapas casi olfateando el tablero.
Gambartes se hizo pintor –como también cartógrafo– a fuerza de una obstinada fascinación autodidacta y a contrapelo de su severa miopía. En parte las cuestiones de escala –en los mapas– y de distancia –en los cuadros– resultan constitutivas de su obra. La cercanía del ojo con el trabajo, lo obligaba a una sutil minuciosidad, a una especial aplicación, a una serie de actitudes determinadas por las dioptrías de sus lentes.
En esa falta de distancia física entre el artista y sus materiales, se construye la otra distancia, mental, teórica, imaginaria, que lo llevó a dirigir su producción hacia lo local –metafóricamente hablando–. La localización (temática, formal e ideológica) de su trabajo, especialmente a partir de fines de los años cuarenta, lo llevó a proyectar artísticamente los suburbios rosarinos, las vidas de la gente común, la cotidianidad del barrio y, más allá, abrevar en las tradiciones americanas.
Desde las hipotéticas proyecciones cartográficas de mercator, hasta los colores terrosos, las culturas arcaicas y los mitos americanos, todo es cuestión –nada más, nada menos– de señalar y marcar territorios.
La tierra –junto con los personajes, figuras y formas que adquieren por contagio telúrico el color de esa misma tierra– funciona como idea pero también como materia de la obra de Gambartes. La tierra –cultural y arquelógicamente localizada en su obra: aquí, en América–, no sólo es un dato visual, sino también táctil y, casi, olfativo. La superficie texturada, lijada e impregnada de colores que responden generalmente a una paleta terrosa y apastelada, conforma parte de la gramática del pintor y su sintaxis la constituyen las formas –en parte tomadas del arte de las antiguas civilizaciones americanas– y personajes que se despliegan en el cuadro distribuidos en un mismo plano. La técnica que lo distingue es la del cromo al yeso, mediante la cual el pintor aplicaba cola y yeso a la superficie de sus cuadros, y sobre ese preparado luego pintaba con acuarela y óleo. De modo que la rugosidad de la superficie se impregnaba profundamente de color. Esto le permitía tratamientos formales muy particulares, como si cada cuadro (en general pequeños y medianos, “de cámara”, como escribía el crítico y teórico Damián Bayón) fuera la reducción a escala de una pintura mural.
En una entrevista de 1958, en la que se le pregunta por las razones para pintar y en la posibilidad de que esas razones hubieran variado con el tiempo, Gambartes responde: “Las razones pueden ser las mismas que llevaron al hombre de las cuevas de Altamira a pintar sus bisontes...”
Esa continuidad de razones que supone el pintor, funcionan como un modo de explicitar sus propias e intuitivas motivaciones. A su modo –refinado, discreto y silencioso– Gambartes elige la genealogía rupestre como modelo artístico de expresión naturalizada y fuera del tiempo. Leónidas Gambartes (nacido en Rosario en 1909 y muerto en la misma ciudad en 1963), a comienzos de la década del treinta forma parte del grupo Plásticos de Vanguardia, junto con Juan Grela, Medardo Pantoja y Domingo Garrone.
En 1934 funda la Mutualidad de Estudiantes y Artistas Plásticos de Rosario, junto con Antonio Berni. Esta agrupación fue el germen del arte moderno rosarino. A partir de entonces Gambartes comienza a exponer de un modo regular y continuo, especialmente en salones.
La concreción más acabada de su estética se produce cuando junto a Grela, Garrone, Hugo Ottman y Carlos Uriarte, entre otros, funda el Grupo Litoral, fuertemente imbuido de las ideas y teorías de Torres García.
Con plena conciencia de su poética y de la teoría implícita que subyace en su obra, cuando en aquel mismo reportaje citado se le pregunta por lo que pinta, el artista contesta: “Yo creo que pinto el sentimiento de la superstición, de los mágico, de la memoria de la tierra, de las formas y colores que éstas suscitan, la vida cotidiana de cierto tipo de gente de nuestro país –me refiero a la gente más arraigada de nuestro medio, la que de alguna manera ya es América– y trato de expresar en el ámbito de mi ambiente litoral lo que éste tiene de nacional, con su fondo mítico, profundo, que está más allá de las grandes extensiones sembradas o de los campos con ganado, que está en el fondo anímico de las gentes y que por allí se conecta con el hombre universal, y trato de hacerlo dentro del lenguaje específico de la pintura”.
La exposición cuenta con un excelente y completo catálogo. (En el Centro Cultural Recoleta, Junín 1930, hasta el 22 de junio).

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“Las tintoreras”, cromo al yeso de Leónidas Gambartes, c.1960; de 54 x 82 cm.
 

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