CONTRATAPA › ARTE DE ULTIMAR

Soler, el defectivo

 Por Juan Sasturain

Cuando era pibe, Soler solía pasar laboriosas tardes imitando la firma de su padre, funcionario bancario de cuidadosa caligrafía con quien compartía no sólo apellido sino nombre completo. Los ejercicios del pequeño Soler solían ocuparle las últimas hojas del cuaderno borrador Mis Apuntes y los intervalos comerciales que discontinuaban las aventuras de Tarzán, Rey de la Selva por Radio Splendid entre las seis y las seis y media de la tarde, auspiciadas por Toddy, aunque él tomaba –le hacían tomar– Vascolet. El pequeño Soler firmaba y dibujaba de memoria la inicial sin punto y el apellido apretado e ilegible que terminaba en firulete hacia abajo y atrás en 45 grados y después, levantando la pluma –era un mundo sin biromes aún–, trazaba una barrita horizontal cortita que subrayaba parcialmente el segundo tramo de la firma.

El resultado solía defraudar a Soler niño, que no conseguía sino raramente la elaborada soltura paterna en el trazo. No había descubierto aún que la firma era o debía ser el resultado final, no buscado, de la simple escritura del propio nombre. Pero no era culpa de él ese concepto decorativo. Su padre hablaba de firmas lindas y feas, se leyeran o no. En tiempos de vigente disciplina caligráfica y ruidosas máquinas de escribir con cintas bicolores como máxima novedad tecnológica, la distinción en el trazo de la llamada “millonaria” otorgaba puntos en el campo del parecer. Para el atildado Soler padre, firmar con su Parker 51 era como ponerse una corbata o dejarse el bigote: una elección estética. En su caso, absolutamente ornamental, un adorno más.

Después, de adolescente y durante bastante tiempo, Soler el defectivo estudiaba y escribía tupido, y en consecuencia solía firmar (ya con birome azul de trazo mediano) al pie de pruebas escritas o composiciones –así se las llamaba– en las que solía mostrar aptitud o al menos fluidez para expresarse con palabras propias e ideas ajenas. A esos textos homogéneamente manuscritos y con un único redactor que se hacía cargo al pie, el joven Soler solía firmarlos con orgullosa soltura: era una ratificación de propiedad y/o autoría ante la autoridad evaluadora. Por otra parte, aún no advertía que había comenzado a reproducir –por otros caminos que ya no eran los de la consciente imitación– el estilo de la rúbrica paterna, acaso con un componente más desmañado pero con una similar inclinación de pocos grados de abajo hacia arriba en el desarrollo, y parecido ramillete de puntas o antenitas en la intersección de la inicial común con el arranque del apellido obviamente compartido.

Teniendo en cuenta que por entonces la necesidad de diferenciarse del incómodo padre solía ser una preocupación constante del creciente Soler hijo, reparar en el detalle de la firma similar le hubiera ahorrado futuros años de terapia. Pero no fue así. El adolescente Soler no solía detenerse en esas nimiedades. Creyente aún, no sabía que su dios estaba sólo para las grandes cuestiones que a él también le preocupaban, y que le dejaba el resto de las cosas –todo el mundo se entera alguna vez, en carne y alma– al paciente demonio, señor de los detalles. Y siguió firmando así, con Simulcop, sin enterarse.

Como las costumbres de la época y de la familia usualmente estipulaban casarse y tener casa, y el joven Soler solía adecuarse a las expectativas ajenas un poco más de lo razonable, las próximas firmas que estampó fueron al pie de documentos prolijamente mecanografiados en los que constaban la indisolubilidad de su matrimonio y la obligación, primero, de pagar un alquiler; después, de saldar crecientes cuotas hasta lograr apropiarse. En este caso, su firma temeraria al pie de textos escritos a máquina por otros ya no significaba propiedad, ni autoría, sino responsabilidad asumida.

Con los años, los documentos mecanografiados con carbónico azul o negro y las responsabilidades a sola firma se multiplicaron en la vida de Soler que –llevado por sus convicciones– no solía borronear con el codo lo que había firmado de puño y letra. Así le solía ir, pero se la bancaba: un par de valientes certificados de nacimiento y otro par de renuncias bien escritas y pensadas lo reconciliaron consigo y con el gesto de poner al pie su nombre con birome. Soler solía pensar, por entonces, que se podía firmar un hijo como el orgulloso artesano graba su nombre en el culo de la vasija de arcilla; que se podía firmar una negativa a proseguir un trabajo o prolongar una humillación como quien hace un corte de manga, pinta su nombre en la pared de la cárcel que acaba de abandonar.

Con la madurez –o como suela llamarse al elástico período de la vida en que un hombre se cristaliza sin remedio–, Soler pudo finalmente volver a escribir como solía de muchacho y firmar de nuevo, pero ya públicamente y en las llamadas letras de molde, para que lo leyeran y supieran que era él y no otro el que escribía. Fue periodista y/o escritor alternativa y simultáneamente, y ya desde la compu se hizo cargo con su firma de lo que decía. Incluso, Soler solía firmar en grupo y a pedido –por solidaridad o convicción– al pie y acoplado a muchos otros, una declaración o carta o puteada o manifiesto –se les suele llamar “solicitadas”– para sentirse menos solo o inútil, más tranquilo con la almohada, más cómodo con él mismo y los demás. Y no ha dudado tampoco alguna vez, cuando –sin paradojas– la mejor forma de ser él era ser todos y ninguno, y no firmar como solía.

En fin, que finalmente, después de tanto firmar para afirmarse, de tanto copiar el dibujo del padre y los gestos de sus mejores compañeros, Soler no suele dudar a la hora de firmar eso que piensa y escribe en coherencia y consecuencia. Pero tampoco duda porque sabe que no hay cómo firmar lo que se vive: las partidas –la entrada y la salida– las suelen/deben firmar otros.

Así, Soler solía pensar que bastaba con firmar y hacerse cargo de lo escrito. Hoy no suele: para certificar la firma (que corresponde a alguien vivo) sólo cabe –antes y después de firmar– poner el cuerpo.

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