CONTRATAPA › ARTE DE ULTIMAR

Pierce en Rosario

 Por Juan Sasturain

Se me ocurrió en estos días, charlando sobre futuros proyectos narrativos, decir que entre las cosas de ficción que acaso intente llegar a escribir en los próximos meses/años está la continuación (o lo que sea que salga) de Tulip, la novela inconclusa que dejó el admirado Dashiell Hammett, y a la que hice referencia sobre el final de Desenfundar la Remington, el texto que ocupó este mismo espacio de Arte de ultimar el lunes pasado.

Lo primero que me comentó o repreguntó la mayoría de quienes fueron oreja atenta a mi confidencia a voces fue obvio: “¿Tenés los derechos? ¿Cómo te vas a meter a escribir la continuación de una obra que debe estar resguardada por celosos cancerberos legales? ¿Sabés quién maneja la obra de Hammett? ¿Estás en pedo?”. Más o menos así, en ese tono, fue todo. Contesté con la soltura que da la irresponsabilidad absoluta: “Ya veremos, no sé, sólo digo lo que tengo muchas ganas de hacer”. En fin, vaguedades a la defensiva.

Ahora resulta –siempre pasa así– que por vías que no estoy en condiciones de revelar todavía me llega la noticia de que mi propósito de escritor adosado a la cola de un texto ajeno no es ninguna novedad y que, en el caso de la truncada Tulip, el intento ya fue llevado en su momento hasta sus últimas consecuencias por un personaje de cuya existencia real no dudo pero de cuya filiación genuina desconfío.

Así me hablan, me escriben –porque son varios– acerca de Charles (Carlitos) Pierce. Y desde ya abro este espacio para los que quieran/sepan /se animen a sumar información sobre la vida y obra de este esquivo personaje en principio rosarino que –como en el caso del talentoso Facundo Marull, mito regional, poeta y cuentista notable sólo muy raramente rescatado– parece haber sido el depositario privilegiado de una generosa mitología a la que contribuyó, sin duda, con su vida fraguada como un cuento y con su propio y deshilvanado testimonio.

Cuando me mencionaron a Carlitos Pierce no pude dejar de reconocer que el nombre no me resultaba absolutamente desconocido, sobre todo por la extrañeza que nos produce en la memoria auditiva la presencia contigua de dos nombres propios de raíz lingüística tan distante, forzadamente conectados. Los uruguayos nos tienen acostumbrados a ese tipo de contrastes, pero acá era al revés del estereotipo: el toque sajón estaba en el apellido, no en el nombre. Y si podía reconocer fácilmente –por razones de obvia resonancia– mi recuerdo del Washington Noriega de Saer, por ejemplo, cuyo desmesurado manuscrito van a buscar entre las islas bajas de la costa santafesina los protagonistas de La pesquisa, no me resultó tan simple ubicar cuándo y cómo yo había oído o visto el nombre de este literal fantasma. Hasta que lo descubrí: en mi caso, la referencia puntual a Carlitos Pierce estaba fechada y vinculada con circunstancias excepcionales. Lo he contado otras veces, y lo vuelvo a recordar ahora con la gratitud y la equívoca culpa de beneficiario de un don generoso.

A mediados de la década pasada, un hombre que era para mí, en principio, sólo una voz vacilante en el teléfono y que luego sería –para siempre– el impecable Rodolfo Montes Picot, me regaló (sic) la colección más completa que pueda uno imaginarse de literatura policial publicada en la Argentina entre los cuarenta y los setenta avanzados. El sueño de (este) pibe. El buen Rodolfo no me conocía sino por referencias, de oídas, de leídas, de vistas. Me llamó una noche desde Rosario y me dijo más o menos así: “Sasturain, tengo treinta y cinco cajas de libros para vos. Sé que estas cosas te interesan, que las vas a saber apreciar, no las vas a hacer guita. Si las querés, vení a buscarlas”. Qué le iba a decir. Así que fui a Rosario, vi lo que había, me deslumbré, charlé con él, cargué una camioneta, pagué ese flete, alquilé un local en el centro porteño para meter toda esa maravilla, y soy feliz –por eso y otras cosas– desde entonces. Envidiosos, abstenerse.

Viajé varias veces más a Rosario y nos seguimos viendo con Rodolfo, que ya estaba cachuzo, jodido por una enfermedad que le estorbaba el sueño y no lo dejaba descansar. Uno de los capítulos de Disparos en la biblioteca –el programa sobre policiales argentinos que hicimos para la televisión pública– está dedicado a él y tematiza su generoso regalo.

Volviendo al tema: en uno de los tantos encuentros que tuvimos en los años que precedieron a su muerte en septiembre del 2011, Rodolfo –hijo único– me habló mucho de su viejo, de quien había heredado la pasión por el policial y la vocación coleccionista, y al que admiraba profundamente.

Ricardo Ernesto Montes Bradley había sido un intelectual hecho y derecho, figura central de cierto momento de la cultura del Litoral en las vísperas y durante el primer peronismo. Hombre de izquierda, socialista y liberal como se estilaba, terminó emigrando en los primeros cincuenta a México, donde después fue funcionario de Cancillería –conoció a Rivera, a Fuentes, trató al Tizón que empezaba a escribir– para volver a su tierra tarde y morir triste en los setenta, ya con la dictadura.

Rodolfo recordaba con fervor a su viejo y en ese contexto, entre tantos nombres que desfilaban en la evocación de los dichos y hechos paternales –de Gudiño Cramer y Amaro Villanueva a Gambartes–, asomaba, a veces, la figura original, dislocada, de Charles Carlitos Pierce, un tipo raro, una personalidad anómala. Este es el hombre que –según me dicen ahora y algo me había insinuado Montes Picot en sus recuerdos– vivió gran parte de su vida referido a la figura y a la obra de Dashiell Hammett, con quien consideraba tenía un vínculo mucho más estrecho y complejo que el del simple lector prolijo y obseso que fue.

No vamos a poder referir todo hoy y acá, pero según decía Rodolfo que contaba su padre, Charles Carlitos Pierce, joven miembro entusiasta pero periférico dentro del movimiento literario y cultural de entonces –hablamos de mediados de los cuarenta–, era un pibe flaco y rubio de origen humilde, con un grado de instrucción formal tirando a indefinido. Criado a solas por su laboriosa madre hasta la adolescencia (la esquiva figura del padre será clave en su historia), pronto quedó huérfano y al cuidado de difusas tías que poco lo retuvieron. Fue obrero gráfico y posteriormente empleado por décadas en una distribuidora de libros y revistas. Así se fue haciendo una cultura libresca de oídas y de ojito, alentado por la cercanía del puñado de poetas y narradores del grupo La Caldera, un fugaz emprendimiento cultural que tenía por epicentro y único lugar de reunión el humoso café Los Comodines, frente a la Estación Central. Allí, callado y atento, asomado al borde de las mesas trajinadas de ginebra y acaloradas discusiones sobre política, arte y literatura, Carlitos juntaba información entreverada como quien recoge miguitas del mantel; se le mezclaban los nombres de Stalin y Conrad sin encontrarles casillero, no sabía si Malraux escribía o pintaba, o cuál era el peruano, Neruda o Vallejo. Sin embargo, perseveraba en las consecuentes lecturas de kiosco –desde las novelas de la colección Rastros a los mamotretos que publicaba quincenalmente el Leoplán– y no tenía pudor en preguntar. Un dato clave.

Creía entender algo más de ese mundo ajeno cuando alguno mencionaba una película, porque solía ir seguido al cine. Y así fue que cuando volvieron a pasar El halcón maltés, con Humphrey Bogart, en programa doble –era el complemento de Tener y no tener, que se estrenaba– y todos fueron a verla, se animó a opinar sobre lo bien que estaba Peter Lorre y lo fea que era la mina, aunque nadie en la mesa lo habilitó. Más aún, alguien le preguntó si había leído la novela y otro, Pandolfi, se la recomendó: “Tenés que leer a Hammett, Carlitos, a vos que te gustan los policiales”. En ese entonces había aparecido la traducción argentina en la colección La Rosa de los Vientos, de Siglo Veinte, y –creo recordar, aunque puedo estar equivocado– que fue el padre de Rodolfo el que se la prestó. Si es así, ese ejemplar es el que yo tengo en casa.

A partir de acá comienza a dibujarse la extraordinaria leyenda –la misma que hoy me recuerdan informados lectores–, ya que a la semana, según dice la tradición, Carlitos apareció por el café con aire perturbado y el libro en la mano para decir, ante el perplejo auditorio, la primera de una serie de frases desconcertantes:

–Muchachos: la historia que el detective Sam Spade cuenta en el capítulo siete, que no está en la película, es la historia de mi viejo. Tal cual como me la contaba mi mamá, que en paz descanse.

Varios lo miraron sin entender, algunos lo tomaron para la joda:

–¿Tu vieja leía novelas?

–Tu viejo sí que era un personaje, por lo que me contaron.

Carlitos los puteó meneando la cabeza hasta que Pandolfi, el que le había recomendado la lectura, se dio cuenta de lo que pasaba. Agarró el libro que el pibe había dejado sobre la mesa, buscó el capítulo siete, llegó a la página 72, reconoció el famoso pasaje y dijo:

–¿Vos decís que tu papá era Flitcraft?

–No, salame –se agrandó Carlitos–. Cuando mi viejo vino a la Argentina ya se llamaba Pierce, Charles Pierce, como me pusieron a mí. ¿Entendés lo que te digo?

–Entiendo –dijo Pandolfi admirado–. Es la primera vez que conozco a alguien que se cree hijo de un personaje.

Tal cual: Charles Carlitos Pierce era (o creía ser: qué importa) el hijo de uno de los más enigmáticos personajes de Hammett. Y a partir de esa convicción –típica revelación pirandelliana mediante– organizó gran parte de lo que quiso que fuera (al menos para los demás) su vida.

Y eso fue sólo el principio.

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