CONTRATAPA › ARTE DE ULTIMAR

El Tomi: soberbias manualidades

 Por Juan Sasturain

Acaba de aparecer –dentro de la discontinua colección Continuará a la que engruesa la nave madre Fierro con rachas de cuatro títulos cada tantos años– un librito de historietas eróticas módicamente escandaloso: El desmitificador argentino y otras historias, de El Tomi. A punto de cumplir improbables, increíbles sesenta años, radicado desde hace mucho en Barcelona, El Tomi –como muchos saben y otros tantos es hora de que se enteren– es Tomás D’Espósito Muller, un rosarino canalla e impenitente, un dibujante del carajo que una vez más, al aparecer en los kioscos, acaba de provocar una saludable conmoción y el consabido cruce de opiniones.

Por eso creo que vale la pena darle un espacio a la reflexión sobre el lugar originalísimo que ocupa su obra en el contexto de la historieta argentina y universal contemporáneas. Y sacarlo –como cuando hablamos de José Muñoz, de Max Cachimba, de tantos otros– del acotado kiosco de los fans informados sobre las novedades del mal llamado noveno arte y tirarlo al ruedo mayor de los artistas narradores a secas. Por eso retomo ideas y opiniones ya confrontadas en contextos varios, y lo expongo de nuevo acá. Porque no es para menos: todo hecho a mano, como el ajuar bordado de mi vieja, como aclaraba la Walsh de sus poemas, como los solos de Monk.

En principio, y lo decíamos al ponerlo en consideración una vez más de los lectores, El Tomi es una saludable planta anómala en el jardín, el bosque, la selva de la historieta nacional. Es casi un milagro que exista y se exprese. Y puedo ir más lejos, si el lector de cuadritos en secuencia o el lector a secas quieren: tráiganme a un yanqui, un tano, un afgano, un chino de envergadura semejante. El Tomi no sólo no se parece (ya) a nadie, sino que a esta altura –en estos tiempos ultracorrectos y vigilados– nadie ni siquiera se acerca a él. No vaya a ser que algunos digan que. No sea que otros crean que. Pajeros. Pajeros y envidiosos.

Al recorrer las historietas desmadradas, las acrobacias sexuales y esos discursos retóricamente llevados al límite de la gastada, El Tomi parece –de salida– un salvaje. Pero cuidado: si lo es, sólo lo es en el sentido de salvaje como efusión libre e intención conmocionante sin mediación, propia de los fauves. Por otra parte, contigua a la anterior, El Tomi pinta a parecer un primitivo, pero nada, nunca naïf. Sólo es primitivo en el festejo adámico de las novedades del sentir y disfrutar sin paraguas ni calzoncillos de amianto.

Es que D’Espósito imposta salvajismo, celebra irónico el goce primitivo pero no puede evitar ser lo que es. En realidad –no voy a descubrir la pólvora pero sí describir la larga paja en el miope ojo ajeno– El Tomi es un refinadísimo, casi excesivo, insoportable artista, con una (de) formación académica y una (natural) aptitud para la representación anatómica tan clásica y natural, tan suelta quiero decir, que parece mentira. Que es mentira, bah.

El dibujo mismo, las secuencias enteras, las desmesuradas y/o elásticas partes anatómicas que dibuja El Tomi (¿se acuerdan, los saludables memoriosos, del increíble álbum Dibujitos avivados?) están hechas de la materia imposible, y por lo tanto inmejorable, que nos proveen los sueños, las fantasías que los desbordan y los restos que contaminan las imágenes diurnas.

Pero para fantasear y poder contarlo / decirlo / dibujarlo, hay que tener lomo, libertad, huevos y metafórica poronga para bancársela. Y El Tomi, en la Era del Pido y del Permiso, en la era de la ultracorrección reprimida y de las artes e ideas con fecha de vencimiento, se corre de lugar, retrocede o salta a un tiempo más impune y celebratorio de la vida, se la banca, canta a lo Whitman, corre en pelotas página arriba. Y que lo paren.

Lo hemos anotado reiteradamente: un rasgo del autor de El desmitificador argentino es el exceso. No vamos a citar a Blake, mejor crucémoslo con Rabelais. Lo suyo es la alegría, como en Miller. Henry, digo. No hay nada tenebroso ni oscuro en el sexo de El Tomi: puro festejo, celebración sesgada, machista –si se quiere el bendito casillero vigente– pero con la impronta del humor, la joda sin trampas ni especulaciones. Literalmente, en cueros: pocos autores como él para trabajar sin red ni taparrabos.

Otro rasgo es –paradójico– la sutileza. Superados los pudores de la representación, con todo al aire y dibujado como salido del lápiz de los distendidos dioses del Olimpo saturados de ambrosía, El Tomi puede jugar –juego es lo que sobra– y dejar que la historia se deslice a cualquier parte y de cualquier manera menos a lo obvio o esperado.

Quiero decir: hay un elaboradísimo concepto respecto de los modos de contar (muy pocos como él saben tanto de eso); hay una aptitud increíble, a menudo lindante con el virtuosismo y el amaneramiento, para diseminar los elementos de un relato en secuencias convincentes y autoconclusivas.

Quiero decir dos y con riesgo de repetirme: El Tomi no sólo es un soberbio dibujante sino que –y esto no es frecuente– narra, distribuye la acción y el devenir de los hechos y la dinámica de los cuerpos como sólo hacían los jocundos (paganos) dioses.

Otro y último rasgo: el coqueteo con la cursilería y el kitsch, marca registrada de un impune sin barreras. Así como, en el memorable y tan fechado Polenta con pajaritos de aquella revista Fierro de los ochenta, El Tomi hacía la apología y el berreta y luminoso cantar de gesta de la adolescencia y la infancia orilleras, con brillos de chupetín al sol y escorzos de alevosas bombachitas de potrero; ahora, en estas historias de sexo adulto y subido de rango y de medida, es el discurso excesivo y palabrero el permiso para el desborde retórico de resonancias equívocamente tangueras.

Son contraseñas, guiños al sabedor: como Sandro solfeado, arreglado por Nine, como un Fausto Papetti ilustrado por Alejandro Sirio, El Tomi pisa la banquina y corrige acelerando, curva y contracurva, siempre al mango, siempre sin casco, siempre con la velocidad que dan las ganas. Y hay que seguirle el tren.

Y es Almodóvar también. O los sueños de Juan Mondiola en la pensión porteña, entre la foto de Gardel a los pies de la cama y las gambas de la mina, la morocha en llamas que le hace la pieza, le saca la pelusa de debajo del ropero en cuatro patas. Todo eso. Y más.

El Tomi es un caso hermoso de creatividad sin anteojeras. Mejor cuando se encuentra con lectores ídem. Y si no lo son, los hace. Por eso es una buena noticia (la mejor) que haya existido la posibilidad de reunir en un libro algunas de sus historias eróticas, fiesta visual, alegría de vivir, celebración confianzuda y desmesurada del sexo entendido como una –la más interesante– de las bellas artes.

Me atrevo a repetirme una vez más a la hora de contar lo que ya dije. No siempre te invitan a abrir un libro como quien entra a una fiesta, no siempre te encontrás con un narrador que entra a las historias como quien se desnuda a la carrera para zambullirse en el mar.

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