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Lawrence: arena en los borceguíes

 Por Juan Sasturain

Dos recuerdos. Uno: se acaba de morir Omar Sharif y acaso durante estos días vuelvan a pasar las dos larguísimas películas del prolijo británico David Lean en las que puso la cara y los ojos negros volteadores de árabe ganador: la interesantísima Lawrence de Arabia y el plomazo de Dr. Zhivago. Y me llama el recuerdo de la primera, que es del ’62 estrenada al año siguiente en la Argentina, lo último que vi en el cine de pueblo antes de venir a estudiar a Buenos Aires, con 18 años. Inolvidable. Por Lawrence y las circunstancias, no tanto por O’Toole u Omar, que no me convencieron demasiado. Me gustó más Anthony Quinn.

Dos: hace veinticinco años –ya he escrito sobre esto– cierta editorial española publicó una biografía de Lawrence escrita por el siempre incisivo Anthony Burgess: La vida en llamas (A Flame into Being). Buena traducción, excelente diseño de colección y un sugestivo dibujo de tapa: negro sobre blanco, el perfil inconfundible, el mentón limpio y decidido de un T. E. Lawrence pura voluntad al que el título tapaba los ojos, casi lo enmascaraba. La idea y la realización eran perfectas. Una lástima, porque la biografía no hablaba de él sino de D. H. Lawrence, también escritor y contemporáneo pero con otro perfil en todos los sentidos –de barba y de vida– tan inglés que anduvo por muchos lados pero no precisamente a los tiros por Arabia. Confundir a David Herbert –el de Lady Chatterley’s Lover, Sons and Lovers y los escándalos de la pornografía–, con Thomas Edward, cronista de una guerra personal y místico asceta laico, es una desgracia que parece un chiste. Sin embargo, no es el único equívoco que envuelve al notable muchacho que se subió a los camellos y se cayó de la motocicleta.

El principal malentendido consiste en ignorarlo como escritor, reducir el acto de escribir a un epifenómeno de su alevosa vida pública, de su misteriosa vida privada. Acaso porque escribió sobre su experiencia y no es autor de ficciones. La cuestión es que T. E. Lawrence, que no se propuso hacer carrera de escritor, que soslayó escrupulosamente la publicación, cuando escribía era escritor. Un gran escritor. Del mismo modo que no se propuso una carrera militar pero cuando combatió fue un gran soldado. Este escrupuloso Lawrence, que trató su vida con el rigor que aplicó a su prosa, dejó –entre otras publicaciones menores– dos libros extraordinarios y un memorable volumen que reúne su correspondencia. El descomunal, interminable Seven Pillars of Wisdom (Los Siete Pilares de la Sabiduría) narra su participación y su desgarro durante la campaña arábiga; el ascético The Mint (El troquel) es el breviario de su autorreclusión anónima en la RAF, después de quemarse los dedos y el alma con el poder y la gloria. Esos dos textos ejemplares, que dan cuenta de su vida pública y de su experiencia enmascarada como soldado raso, bastan para hacerlo figurar en la más rigurosa antología de la literatura a secas.

Thomas Edward Lawrence nació en Tremadoc en 1888. Eran cinco hermanos y ella era una santa. Pero culposa como su hijo, el tercero. El pequeño galés –era petiso, cabezón, de linda cara– estudió Historia en Oxford, se interesó por los castillos medievales y las Cruzadas, y antes de la Primera Guerra participó en expediciones arqueológicas a la Mesopotamia que lo familiarizaron con la región y los idiomas. Se alistó, lo mandaron a Medio Oriente, y fue el principal organizador de la revuelta árabe que desalojó a los turcos –aliados de Alemania– del desierto que va de la península arábiga al Líbano actual: allí puso el cuerpo y la palabra en una campaña relámpago de año y pico que concibió con genio estratégico, desarrolló con promesas y ropa árabe, y culminó con la toma de Damasco en 1918, la última Cruzada. Fue su apoteosis. También el comienzo del mito –había quienes vivían, como el periodista norteamericano Lowell Thomas, dando conferencias sobre él– y el inicio de su voluntario repliegue personal. Tenía treinta años.

Lawrence nunca podría resolver la contradicción de su doble servidumbre. A los intereses económicos de Inglaterra (y de su aliada Francia) en la región; a las esperanzas árabes de independencia que alentó para enfervorizar y aglutinar las tribus a su alrededor durante la lucha. Cuando se firmó la paz y los árabes fueron cínica, lógicamente postergados, Lawrence se quebró. Y ahí se puso a escribir. El gesto no era nuevo, sí el registro. Es curioso que ya tuviera el título. Ese excesivo Siete Pilares de la Sabiduría lo rondaba como rótulo para otra cosa, algo que nunca llegó a terminar, sedimento de sus andanzas arqueológicas: la historia de siete ciudades de la Antigüedad. La cuestión es que cuando en 1919, en medio de los tironeos de la Conferencia de Paz, se sentó a escribir compulsivamente su crónica de la campaña del desierto, a deslindar su equívoco lugar interior en la epopeya, el título se le impuso. En el magnífico texto de la después soslayada (censurada) Introducción, escrito en un tirón de hipersensibilidad luego de que su avión se estrellase en Italia y Lawrence se rompiera apenas las costillas necesarias, se alternan la crudeza y objetividad de los análisis con el temblor del desgarramiento. Es que Lawrence se había propuesto decirlo todo; y decirlo bien.

Tal vez por eso, de regreso a Londres, perdió la valija con el manuscrito original recién terminado en la estación de Reading. No vaciló; con sangre, con furia sistemática, lo rehízo a lo largo del año veinte, según su biógrafo y amigo Robert Graves en tres meses. Y no fue la última versión pues ésa la quemó a soplete y recién paró en la tercera. Hay que ver, imaginar lo que es eso, el monumento de palabras puestas una detrás de la otra, una línea debajo de la otra, y las pilas, las pilas de papel. Es muy importante la materialidad del texto para Lawrence. Estaba componiendo un documento bajo rigurosa vigilancia sólo para su difusión privada; se trataba más de un dilatado parte de guerra espiritual que de un texto de divulgación para un público indiscriminado. Y así lo fue.

La primera tirada de 1922 –pruebas de imprenta encuadernadas, en realidad– fueron apenas ocho (sic: 8) copias; y la segunda, para suscriptores, de 1926, fueron ciento veinte ejemplares. Nada más. En Lawrence and the Arabs, que es de 1927, Graves habla de ese texto que “no será publicado hasta la muerte del autor”. Y así fue. Porque la versión ultracondensada a mucho menos de la mitad, realizada por él mismo junto a Garnett, y que se difundió con éxito de best-seller y el título de La rebelión árabe, es una simple crónica de sucesos bélicos cuya venta sólo sirvió para financiar la edición de suscriptores. Hubo que esperar a que el coronel Lawrence volara por encima del manubrio de su motocicleta y se partiera el cuello en medio del más hermoso e imperturbable verde inglés para que en ese mismo 1935 Jonathan Cape editara el mamotreto.

Más –exactamente veinte años más– hubo que esperar para conocer completo The Mint, en 1955. Estas aparentes notas de cuartel son el fruto notable de un verdadero ejercicio de autoexpiación disciplinaria que Lawrence se impuso cuando en agosto de 1922 –en medio de la gloria y escapando de cargos y homenajes– se borró, se alistó secretamente en la RAF con el nombre de A. C. Ross. Está con el ánimo tan maltrecho que, según su hermano, “sólo puede tomar, sin un esfuerzo intolerable, decisiones negativas”. Descubierta a los pocos meses su identidad por la prensa, acosado, se enrola como tanquista y más tarde, en 1925 y bajo el nombre definitivo de Shaw, volverá a la RAF y al servicio. Estando en la India reordenará las notas, le dará a ese registro oscuro, literal, de acciones, de voces y de sentimientos la forma que admiraron Forster y Bernard Shaw. Ese Lawrence-Ross-Shaw neurótico y atormentado, megalómano y ascético, pura voluntad empeñada contra el núcleo oscuro que sentía en su naturaleza, dedicará sus últimos empeños intelectuales a traducir La Odisea. Terminado su contrato de alistamiento en febrero de 1935, se retiró a la casa de Clouds Hill, a estudiar y escribir. De pronto, se subía a la poderosa Brough y corría, corría. Hacía veinte años y cinco motos que corría. Hay un breve capítulo de The Mint, The Road (El camino), traducido por Borges y Bioy en Sur antes de la edición completa de la obra, que es una muestra sintomática de su compleja personalidad, siempre extremada en el desafío interior; pero sobre todo es la evidencia de sus extraordinarias condiciones de narrador. Esa carrera muda, por señas, con el avión que se hamaca sobre su cabeza a lo largo del camino resulta inolvidable.

Lo que sigue son consideraciones extra, acaso excesivamente personales. Una es que el destino de Lawrence en la Argentina –que lo tuvo, y manifiesto– es también por lo menos curioso. Como todo autor o toda obra de la que alguien se adueña por prepotencia de admiración y la administra desde el fervor y el celo, termina adosada primero y subsumida después en la figura del mentor o exegeta. La dueña de Lawrence en la Argentina fue Victoria Ocampo. Fue, por lo tanto y posmortem, un autor de Sur. Una categoría llena de connotaciones literarias e ideológicas; una invitación al ejercicio del prejuicio. Según su testimonio, Ocampo lo descubrió gracias a Roger Caillois y entró en Los Siete pilares... con la desconfianza de hallarse en mundo ajeno. Lo hizo propio con perspicacia. Su ensayo pionero 338.171 T.E. es de 1942, y dos años después su sello publicó Los Siete Pilares de la Sabiduría –en traducción de un esquivo R.A.– y las Cartas de T. E. Lawrence compiladas por David Garnett en dos esfuerzos editoriales de los que ya no se usan. La misma Ocampo tradujo laboriosa The Mint, (El Troquel y no La Matriz, como mucho más tarde en España), en 1955.

La otra consideración es un exabrupto acaso, pero tiene que ver con la imagen física, psicológica, de Lawrence. Uno se ha quedado con el Peter O’Toole de la película de David Lean, que le daba además esa ambigüedad sexual que está en la base misma del personaje. Aunque después nos enteremos que Albert Finney había desechado el papel y lo lamentemos. Sin embargo, algunos creemos que conocimos al mejor Lawrence, su viva imagen, hace más de cuarenta años: se llamaba Carlos Olmedo y era petiso y de ojos claros, igualito. Ese sensible, brillante y filoso intelectual, era combatiente de las FAR y murió por lo que creía, con las armas en la mano. No tiene nada que ver, pero tiene.

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