CONTRATAPA

Pogrom

 Por Elina Malamud *

No sé si muchos lectores de esta nota sabrán dónde queda Kishinov.

Kishinov en el habla de los rusos o Chisinau en la lengua rumano moldava es la capital de la República de Moldova, que a finales del siglo XIX y principios del XX se llamaba Bessarabia y formaba parte de los imperios del zar de Rusia.

En la historia judía contemporánea Kishinov es especialmente conocida por el pogrom que sucedió en las pascuas de 1903. Pogrom es una palabra rusa que podría traducirse como ataque, destrucción, matanza y, en las lenguas de nuestro Oeste relativo, se utiliza para significar las embestidas contra la población judía que se dieron especialmente en Europa Oriental cuando una turba energúmena, azuzada por un pope deslenguado, comandada por las centurias negras y contando con la negligencia policial irrumpía en las casas y los negocios de los judíos y, con un fondo de gritos y vidrios y porcelanas rotas, espachurraban a los hombres, violaban a las esposas, a las hijas y a las novias, estrolaban a los bebés contra los muros y robaban o destruían o tiraban a la calle ropas y objetos, muebles y cacerolas. Así sucedió durante tres días en Kishinov cuando se acusó intencionalmente a los judíos por la muerte del niño Mikhail Rybatchenko, para desatar aquella terrible masacre que lloró el poeta Jaim Bialik criticando la pasividad inoperante de las víctimas, que no supieron reaccionar y se dejaron matar como corderos.

Los judíos de Rusia eran de variadas condiciones: artesanos tan pobres que su única ambición era poder rellenar un pescado para la cena de Peisaj y acompañarlo con un poco de pan ácimo; los había profesionales acomodados, ingenieros, médicos y farmacéuticos y los muy ricos podían ser, por ejemplo, contratistas del Estado, constructores del ferrocarril o proveedores de las cárceles llenas de intelectuales y activistas revolucionarios entre los cuáles también había muchos judíos. No faltaron los judíos renegados. Desdecirse de su viejo dios, padre de dioses que se hicieron ajenos y se volvieron contra ellos, les suavizaba varios incordios de la vida cotidiana porque, siempre que la curvatura de su nariz no los delatara, serían mejor tratados en el servicio militar, tendrían acceso a la escuela secundaria sin depender del cupo para judíos en el gimnasio, tendrían derecho a vivir fuera de la zona de reserva para estudiar en la Universidad. ¿Quién se atrevería a juzgarlos?

Nadie será tan ingenuo como para creer que los niños Rybatchenko fundamentaban las razones de los pogroms. Más bien convendría echar una mirada a la realidad rusa del fin de siglo. En el marco del absolutismo monárquico, de guerras infructuosas y de la injusta distribución de la tierra, el campesinado protestaba su hambre o migraba a las ciudades, aún después de la magra reforma agraria del zar Nicolás II, para enrolarse en el proletariado de la incipiente industrialización, asentada sobre una mayoría de capitales extranjeros que los sometía a condiciones inhumanas de sobrexplotación. ¿Cómo enfrentar las marchas, huelgas y disturbios que expresaban el malestar popular? Hacia 1902 los servicios secretos del zar –la Ojrana– empezaron a publicar los “Protocolos de los Sabios de Sion”, una mascarada documental destinada a dejar claro que la culpa de los males de Rusia estaba en ese linaje judío emberretinado en ajustarse a su historia para desconocer al mesías que había cambiado la cuenta de los tiempos, y que la voluntad de una Constitución que pusiera límites a la autarquía solo podía provenir de una conspiración judeomasónica.

En alguna de sus novelas Arthur Koestler medita, extrañado, sobre la especificidad de la tribu judía. Una condición extrema de la vida, la llama, un caso límite de la existencia, ¿tal vez una anomalía de la historia, parafraseando a Ricardo Forster cuando caracteriza el movimiento político que condujo los destinos del país entre 2003 y 2015? En una cálida noche palestina el mismo personaje, alter ego de Koestler, se recuesta para mirar las estrellas y piensa si alguna de ellas será un planeta, si habrá allá lejos, en esa tierra desconocida, vida humana, cómo se organizará su sociedad… cómo definirán el bien y el mal… y si tendrán sus propios judíos…

Sentada frente a la computadora, al plasma o al diario del domingo, la sociedad argentina –y un poco más allá– podría preguntarse si tiene sus propios judíos. En el siglo XXI, el antisemitismo a la rusa o a lo Alianza Libertadora Nacionalista está pasado de moda. Las nuevas derechas llenan sus huecos de derechos humanos con judíos de variadas alcurnias y el mayor respeto por el Holocausto. Los nuevos zares sudamericanos persiguen, para completar las disquisiciones de Koestler, a nuevos judíos, a nuevos grupos emberretinados, esta vez, en políticas incluyentes, en amplitudes culturales y en una economía heterodoxa, grupos que, aún en las incomodidades de su propia estructura sistémica pusieron el foco en emparejar las distorsiones sociales que provoca el capitalismo especulativo. Los nuevos zares, digo, les dieron categoría de etnia maldita cargada de pesada herencia y, escarbando los flancos débiles que no faltan en ningún racimo político, se lanzaron a la caza de la nueva casta de herejes confesos. Y, por lo que se puede ir avizorando, no está lejana la creación de un nuevo Dreyfus cuya exposición en la plaza pública, para arrancarle las charreteras ante la turba embobada, se prepara no tan en las sombras.

Se me dirá que esta nota no es –ni mucho menos– un análisis político sino un devaneo literario, una versión libre del libreto de los nuevos pogroms. Y no les falta razón a quienes me lo imputen porque así es. Solo se trata de un entremés dilettante para contraponer al pogrom mediático de dedos quemados, bolsas tras los muros, abogadas en calzones –dicho con todo respeto y como licencia poética– monedas de oro que un Tío Patilludo K hace rodar con estruendo en sordina por las bóvedas que jalonan la ruta borrosa de dineros in shore, que disimulan fortunas off shore y muchos hombres políticos que arrojan con descaro primeras piedras, como si estuvieran libres de toda culpa, burlándose aviesamente de sus propios profetas.

* Escritora y periodista.

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