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Mr. Nine & the Ninth Art

 Por Juan Sasturain

Tierra le
dieron una tarde horrible.

Machado

Quién

Al que madruga le toca entierro, al que trasnocha, velorio. A cajón abierto, sin tapujos fue la cosa: puso el cuerpo incluso ahí, el gallego de dura cerviz y frente amplia sin prejuicio, la nariz afiladita del final, la mano alzada y diestra quieta, y la lengua de jodido cabrón bien guardada, serenamente muerto y derechito, sin deformación alguna, dibujado por otro / delegado / más delgado pero con sus últimos / tontos tonos pastel. Una belleza, nuestro muertito.

No preguntes, gilito embanderado, gilito del espejo / del ombligo, Juan de Dios Giliberto, por quién es. No preguntes, como en el verso de John Donne –que usó tan bien Hemingway, gran titulero– por quién es que suenan o no las campanas, crepita o no el horno del Boulogne sur argentia, miente Machado arriba pues –en la mañana helada / no la tarde horrible– no le dieron tierra para que tenga, ya tenía, lo hicieron / lo harán humo.

Ni se te ocurra, nabo al cabo, preguntar / cuestionar quién es que fue que hizo que pasara al pasado uno más / uno menos. Habiendo tantos en la fila de soretes. Ni uno menos pedimos al pedo mientras la huesuda osada / el huso osario / suma y suma, nos resta. Qué nos resta decir sino que fue así. Así se fue. Por él doblan las supuestas campanas / campanean las catreras desoladas. Es / fue por Nine. Nine fue (de irse) y fue Nine (de ser).

Qué

Algunos se van sin haber sido; pero el que fue (de ser), nunca se va. De apuro se fue Nine / de puro cabezón / y acá estamos mirándonos los pies en la vereda, aferrados al pucho y las boludeces de una charla entre deudores / falsos / acreedores que ya no podrán pagar / cobrar que ni sabrían decir cuánto y por qué tan de apuro el cierre de ejercicio.

Coincidimos de máxima / de mínima: Nine fue un viaje. Para viajeros, no para turistas, como diferenciaba el ligero valijero Bowles, con letra y música. Nadie te lleva a Nine con todo incluido; si no lo ponés vos, cagaste. Te quedás sin viaje ni estadía. Te lo perdés / te lo perdiste, porque ayer se piantó el último Nine: hacía gestos procaces desde la ventanilla del postrero cajón / vagón / sin ruedas, locomotora alimentada en la hoguera / de su corazón.

Pero dejó las valijas, claro. Qué se iba a llevar que no hubiese soltado antes: hay que ponerse cosas / usarlas / para poderlas soltar. Del ropero / museo, al perchero / papel, pasando por la eterna noche del carnaval de disfraces. Sacá y ponete, gil, que Nine viste y calza. La pesada herencia del tirano dibujante prófugo de muerte súbita / en subida / cuesta arriba / cuesta abajo gardeliana está a disposición / deposición de la gilada. Las valijas llenas quedaron en el andén. Andá al andén, andá.

Cazá las valijas y date un viaje con todo lo que dejó, usó, tuvo / tenía puesto. De uso, los blindados Gomicuer de la zapatería del gallego viejo, las medias Carlitos que pedían los pibes a gritos redundantes, los calzoncillos Casi para los huevos por venir, los casi / casimires del traje de casamiento, las medias mojadas y las Flecha con barro de Ezeiza. De lo visto y dibujado con lápiz infantil de poca punta, el mameluco de un solo tirador del Lobo Feroz, la pollera a lunares de Clarabella, la vaca de las tetas prefreudianas que daban lecha con Toddy o Vascolet, según la clase. De oídas, algunas pilchas famosas: el taparrabos por radio de Tarzán, el casco de corcho del profesor Filander y, en las perchas tangueras, el zorro avergonzado de su color, el sombrerito pobre y el tapado marrón de la lejana María, y aquel otro, el de armiño que sigue pagando Floreal hoy todavía, como la deuda externa.

También hay vacas locas y chanchas chanchitas, patos cagadores y zorros ladinos de dibujo animado que ilustran las Merry Melodies con síncopas de tableteos de Thompson de mil tiros y romanzas tangueras con letras de Magaldi-Noda, polvitos y afeites de cabaret a la francesa, bichos que peinan pelos y plumas con Ricibrill, levantan ancas y rabadillas para el jolgorio / la paja / al gusto nacional y popular. Eso, los dibujitos, la figuración que le dicen, las caras y caretas de la sátira política y social, personeros varios, próceres podridos en posición de entrega, oligarcas garcadores, sensualidades y bochornos. Pero todo con la serena, soberbia técnica de la Sixtina, compagni, con el pincel iluminado de un tano renacentista encaramado en la escalera papal, con los colores sesgados de un holandés con luz medida y ventana al Zuiderzee.

Lo tenemos junado y dicho: confeso old smuggler, literal viejo contrabandista de temas, formas y materiales, este argento tan fechado, marcado por la historia personal / nacional y del arte universal con huellas indelebles y detectables a simple vista y mirada, fue un soberano artista que pudoroso se reivindicaba laburante. Es decir: un consciente inventor de sutiles barbaridades. De esas turbias y jodonas que tanto les gustaban (sobre todo y antes que al resto) a los franceses vacunados por Lautréamont, Jarry y otros genios anómalos.

Por eso Nine –y está dicho y descripto, largamente– fue un monstruo, por simple definición: el que no tiene par. El zapato de charol con suela de cáñamo, la media con cordones, el guante mágico que se arregla, se pinta solo.

Cómo

Vamos al punto, entonces. Si nadie pudo (sino él) hacer lo que hizo Nine, y mientras tanto (como él) mirar para otro lado. Quiero decir: distraerse / hacerse el distraído / como el perro culorroto de los refranes escatológicos. Sigo: que si cualquier pescado (o no) pregunta quién fue que hizo qué en el dibujo, la ilustración, la historieta y la plástica argentinas, siempre –solo o acompañado– hay que decirle que fue él, que fue Nine. Que si mientras algunos parecen y otros son considerados, Nine es. Si todo eso, digo y ya hemos dicho largamente, qué queda sino decir que no se parece / parecía a nada que hayamos visto antes / vemos ahora / vayamos a ver.

Ahí está entonces el universo fantástico que Nine nos dejó para que, compañerito sin anteojeras, lo espíes según el instructivo que ya diseñamos una vez para aprovechar con disposición plena y adecuada: como el que, sin entrada, se asoma por el único siete de la carpa del mejor circo del mundo; como el santo varón, acalambrado culposo, que entrevé bellezas perturbadoras empinado en puntas de pie sobre el alféizar de la única ventana del equívoco Averno; y finalmente como el envidioso colado universal que, echado de panza entre los pastos crecidos y saturados de celestiales bichitos colorados, saca la cabeza por un agujero del alambre olímpico del Paraíso. Todo tuyo.

Coda / joda

Tras entregarles (últimamente) tantas cosas a los gringos, bien podemos regalarles un título equívoco y falaz, del tipo de los que nuestro ventrílocuo gráfico en patente retirada tanto disfrutaba. Digamos que desde hoy y por decreto al uso, Mister Nine (nain, para la gilada) es el fundador y único cultor de The Ninth Art (noveno arte), que no es / sería la historieta / el comic / la bedé, como algunos presumen, sino simplemente el Arte de Nine, el contenido inclasificable de esa desmesurada valija que quedó en el andén el sábado 16 de julio, cuando (dicen que) se fue.

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Imagen: Sandra Cartasso
 
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