CULTURA › UNA CHARLA SOBRE EL EXILIO VOLUNTARIO

¿Es lógico quedarse?

Convocada por Diego Melamed, autor de “Irse”, la mesa fue protagonizada por profesionales que decidieron volver al país y dieron sus razones.

 Por Karina Micheletto

Entre 1993 y 2000 se fueron de la Argentina un promedio de 5800 personas cada año. Del 2000 al 2003, la cifra trepó a 85.000 anuales. Estos números de Migraciones, citados por el periodista Diego Melamed, autor del libro Irse, parecen explicar por si solos el título de la mesa redonda: “Por qué quedarse en la Argentina”. Todos los integrantes de la mesa, coordinada por la periodista Magdalena Ruiz Guiñazú, estuvieron viviendo afuera, por diferentes razones.
El sociólogo Enrique Oteiza pasó 16 años entre Nueva York y Suecia, perfeccionándose en distintas etapas de su carrera, pero además es especialista en procesos migratorios, y uno de los referentes del tema en la Argentina. El escritor Mario Goloboff vivió en Francia 27 años. La doctora en química Angeles Zorreguieta adquirió notoriedad en 2001 por haber llevado adelante una iniciativa que se percibía inexplicable: volvió de Inglaterra, donde había emigrado en una situación ideal, con trabajo y proyectos de investigación, en el momento en que las colas de las embajadas en la Argentina se hacían cada vez más largas. El inmunólogo y genetista Eduardo Raimondi, director de la Universidad y de la Fundación Favaloro, estuvo perfeccionándose en Nueva York. Diego Melamed pasó un mes en Miami para la investigación que sustenta el libro, que publicó Sudamericana el año pasado. Todos volvieron con una respuesta a la pregunta que guió el encuentro.
Zorreguieta relató su experiencia en el centro de estudios Norwich UKA, a dos horas de Londres. “Vivía en una burbuja, preocupada sólo por mis experimentos y mis hijos. Estábamos cada vez más acostumbrados, y protegidos por un ghetto de latinos. Pero cuando volví de visita sentí una alegría que había olvidado. Percibí que allá estábamos bien, pero no tanto”, contó la científica. Hoy Zorreguieta trabaja en la Fundación del Instituto Leloir, que depende del Conicet. “Le encuentro más sentido a desarrollar mi carrera donde nací, pero no dejo de sentir angustia y bronca cuando constato que la ciencia y tecnología no están pensadas como una herramienta de progreso del país. Aun así, me consuela pensar que puedo hacer algo para que esto cambie”, explicó la química.
Los panelistas coincidieron en señalar que la pregunta más importante de responder es la de para qué quedarse. “Tenemos la obligación de preparar este país, cada uno con su trabajo, para que no haya más jóvenes expulsados”, sostuvo Raimondi. “Acá conozco el nombre y apellido de las personas que quieren que me quede, y también de las que hacen que por momentos tenga ganas de irme. Y prefiero quedarme a pelear para que no estén más estas últimas”, agregó Melamed, quien integra el movimiento Manifiesto Argentino junto a intelectuales como Mempo Giardinelli. Goloboff contó que partió por seis meses y terminó quedándose veintisiete años, deseando volver en todo momento. “Pasé todos esos años en una ‘cama transoceánica’, porque noche por medio soñaba con la casa de mi infancia, en Carlos Casares. Hay obras enormes de la literatura del siglo XX que fueron escritas en el exilio, pero yo necesité volver al lugar de mi lengua, que es como volver a mi casa paterna y a mi lengua materna”, explicó el autor de la primera biografía de Julio Cortázar. Oteiza, quien dirigió el Instituto Di Tella en la década del 60, relató su experiencia al frente de la Comisión de Repatriación de Científicos del Conicet, antes del golpe de Onganía. “La mayoría de los que regresaron en aquel entonces se volvieron a ir. Es algo que todavía me duele”, contó. “No hubiera soportado jubilarme dándoles galletitas a los cisnes de un lago suizo. Me faltaba la lucha por cambiar las cosas que no aguanto de esta sociedad. Volví porque necesito comprometerme”, aseguró el investigador.
La idea no era analizar los motivos por los cuales los argentinos se van, sino razonar sobre por qué y para qué quedarse. Las intervencionesdel público, sin embargo, fueron en más de una dirección. “Yo sólo quiero pedirles que no voten a Menem”, comenzó un señor que levantó la mano apurado. “Por favor, limitémonos al tema de la mesa”, lo retó Magdalena. “Es que ése es justamente el tema”, insistió el señor con una sonrisa. Después, la madre de un emigrado pidió que le explicaran qué pasó con la Argentina. Y un periodista suizo contó que estar aquí le da fuerzas para volver a su país “y aguantar la sociedad fría a la que pertenezco”. “Claro, pero no se queda acá, vuelve a Suiza”, acotó Raimondi. La mesa pareció naufragar, por momentos, entre definiciones de identidad que responden a cruces genéticos, en contraposición con otros países de América latina. “Basta recorrer Latinoamérica para ver que nosotros tenemos un lastre que se llama civilización”, aportó, por ejemplo, Magdalena. Sobre el final, se hizo evidente que la pregunta de la mesa tiene que ver con otras preguntas, relacionadas con una búsqueda de identidad, que aún no terminan de responderse.

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“Tenemos la obligación de preparar el país para que no haya más jóvenes expulsados”, dijo Raimondi.
 
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