CULTURA › ENTREVISTA AL PREMIO NOBEL DE LITERATURA JOSE SARAMAGO

“Vivimos en una plutocracia, un gobierno de los ricos”

A los 81 años, el portugués desarrolla en Buenos Aires una agitada agenda. El domingo cerró la Feria del Libro, ayer concretó una conferencia en el Colón, hoy será nombrado Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional de Buenos Aires y mañana disertará en el Malba.
En esta entrevista habla de dos mundos que en él confluyen y son inseparables: literatura y política.

 Por Verónica Abdala

José Saramago (Azinhaga, 1922) pidió una sola condición: que no lo molestaran mientras comía. No estaba dispuesto a responder preguntas con la boca llena. La salvedad no hubiese provocado caras de asombro de no haber sido porque la rueda de prensa prevista para ayer al mediodía en un hotel de la calle Tucumán se desarrollaría, precisamente, en el marco de un almuerzo. Obedientes hasta donde pudieron, los periodistas se limitaron a callar mientras los platos estuvieron llenos, para arremeter con preguntas sólo cuando los mozos se alejaban con los restos de comida. Pero eso no duró todo el almuerzo.
A pocos días de haber causado un revuelo considerable en el mundo, por sus críticas a la decisión del gobierno cubano de fusilar a tres hombres acusados de espías, el escritor se refirió a la cuestión, aunque visiblemente incómodo ante la obligación de tener que pronunciarse contra un gobierno que apoyó durante más de cuatro décadas. Habló sobre el tema lo suficiente como para no parecer descortés, y cuando sintió que había cumplido se encargó también de poner coto a las preguntas. “Ya dije todo lo que resultaba estrictamente necesario para el caso”, advirtió con gesto adusto desde la cabecera de la mesa. “Tampoco quiero hacer un espectáculo de todo esto.”
La cuestión se impuso a poco de haberse iniciado el almuerzo: los veinte periodistas presentes querían que se explayara sobre el sentimiento que despertó en él –que se define como un “comunista hormonal”– la tensa situación en torno de la actualidad de Cuba. Esos sentimientos lo llevaron a publicar un artículo, que este diario reprodujo, titulado “Hasta aquí llegué”, en el que retiró su apoyo el gobierno que encabeza Fidel Castro. “He leído la contratapa que el diario Página/12 publicó el fin de semana pasado, y en que el escritor José Pablo Feinmann hacía referencia al tema de Cuba. Nadie expresó mejor que él, con mayor transparencia, lo que muchos sentimos. Yo no he podido hacerlo tan claramente como él. Me hubiese gustado haber firmado ese texto estupendo”, subrayó. “Sólo quiero agregar que mi relación con el pueblo cubano se mantiene intacta, que mi corazón está con esa gente, como lo ha estado siempre. Yo me he distanciado del gobierno, de la cabeza de la Revolución. Aunque sería más apropiado decir que la Revolución Cubana se ha distanciado de mí.”
En relación con las demás cuestiones que afloraron a lo largo de la charla, que se extendió por dos horas, Saramago, que por la noche presentaría su último libro (El hombre duplicado, Alfaguara) en el Teatro Colón, no sólo no puso reparos sino que se esforzó por responder en todos los casos con amabilidad y precisión. La cuestión que desarrolló con mayor énfasis fue su histórica defensa de los derechos humanos y la necesidad de la puesta en duda de las nociones que rigen las democracias contemporáneas. Una batalla que viene promoviendo desde hace algún tiempo a lo largo y ancho del planeta y que justifica diciendo que “el deber de los intelectuales es suscitar interrogantes en los otros, además de sentarse de tanto en tanto a crear o escribir”.
–¿A qué se refiere cuando dice que las democracias, en el orden mundial, están debilitadas, al punto de haberse convertido casi en una farsa?
–Vivimos en una plutocracia: un gobierno de los ricos, cuando éstos, proporcionalmente al lugar que ocupan en sociedad, deberían estar representados por una minoría en el poder. No hay actualmente ningún país del mundo que viva verdaderamente en democracia, y éste es el debate que nos debemos, el que tenemos la obligación de imponer. La injusticia social es como una nueva capa atmosférica que envuelve al planeta entero. ¿Creemos que participamos del destino de nuestros países porque votamos a determinados funcionarios gubernamentales o municipales? Son las multinacionales las que en este mundo globalizado ejercen el auténtico poder, y devoran en su vientre los derechos humanos y las democracias comoel gato devora al ratón. Son ellas las que determinan nuestras vidas. Son los intereses económicos los que dirigen las acciones de los gobiernos, de todos los gobiernos del mundo. Nos han convencido de que esta vida es la única posible, cuando no debería ser así: vivimos en un mundo atroz, pero que no es el único posible. Iniciar el largo recorrido que apunte a esa mejoría, es nuestra responsabilidad.
–Pero ¿qué hacer concretamente, en este contexto? –quiso saber Página/12–. ¿Cuáles son los mecanismos concretos con que cuentan los ciudadanos para enfrentarse a fuerzas tan visiblemente poderosas, en el marco de los sistemas en que les toca vivir?
–Hay que empezar por reconocer que vivimos en la mentira. Sólo en la medida en que iniciemos el camino del debate público, el de la participación cívica, el movimiento de centenares de miles de ciudadanos de todas partes en pos de la democracia y el respeto de los derechos humanos, estaremos haciendo algo por el futuro, y por este presente que es producto de lo que hagamos o dejemos de hacer. Las multinacionales están decidiendo nuestros destinos y están gobernando a nuestros gobiernos. Y que no me vengan con que no hay tiempo para debates ni con que cada uno está concentrado en ganarse el pan: ya se han dicho todas las excusas posibles, pero ésa es la discusión que nos debemos y debemos proponer los hombres y mujeres de bien.
–¿Cómo se hace? ¿Es posible plasmar en acciones el descontento generalizado? ¿Cómo traducir en manifestaciones colectivas la insatisfacción de la experiencia individual?
–Debemos lograr que en el largo plazo los poderes económicos queden sujetos a pautas más democráticas. Nos hemos resignado, creemos que no podemos nada: ésa es la enfermedad que actualmente padece la humanidad. No queremos abrir los ojos: nada cambia que unas elecciones las gane un demócrata o un liberal. ¿Suponen que Blair, Aznar o Berlusconi se diferencian tanto? ¿Creen que si un candidato gana o pierde cambia radicalmente el destino de un país? Yo creo que, tal como están las cosas, da igual, porque no son ellos los que mandan en realidad.
Otro problema inherente al sistema mismo es, según él, que la representatividad en democracia queda sujeta a las propuestas de unos partidos políticos, y “todo lo que queda por fuera de ellos, consecuentemente no existe, porque no encuentra representación”. Las ideologías que en el pasado sustentaron la acción colectiva de sociedades y movimientos parecerían en retirada en este mundo globalizado, piensa el escritor. “El consumismo parece ser la única ideología extendida a lo largo y ancho del planeta”, reflexionó. Un momento después, la anécdota (¿real?) con que se despachó arrancó carcajadas. “Sé de una mujer que antes de morir dejó expresa orden de que sus cenizas fueran esparcidas en un shopping. Allí habían transcurrido las horas más felices de su vida”, relató.
Su visión del ser humano contemporáneo, como sujeto histórico, no es precisamente alentadora: “Nos hemos convertido en seres pasivos. Resignados. Seres que no cuestionamos, patéticos seres sentados a esperar que la ciencia y la tecnología nos aporten nuestra cuota diaria de bienestar. Somos responsables de este mundo desgraciado en el que nos toca vivir. Yo aspiro a morir en un mundo un poco menos desgraciado, por eso dijo lo que pienso: porque mi deber, como hombre público que soy”. Promediando la comida, el ímpetu de las preguntas fue dando paso a la atención de la escucha, y la evidencia de las manos levantadas fue dejando paso a la interrogación silenciosa de las miradas de unas personas puestas a pensar.
“Yo siempre he creído, y la historia de países como Chile o Argentina lo confirma, que los muertos no están del todo muertos, y que con ello están cumpliendo su obligación. Pero que los vivos tienen la obligación de estar vivos, porque si no no estarán ellos cumpliendo su obligación”, planteó el escritor. “Si no nos hacemos responsables de nuestro destino, no estaremos ni muertos ni vivos. Seremos apenas estos patéticos seres en que nos hemos convertido. Pienso que otro ser humano es posible: el hombre es formado por las circunstancias, como planteaban Marx y Engels, pero para ello debemos contribuir a la construcción de circunstancias más humanas. ¿Qué ser humano puede surgir de un mundo en que muere una persona de hambre cada cinco minutos? Vivimos una etapa histórica inédita de enajenación e indiferencia: ése es el mundo que para llegar a ser mejores personas debemos transformar.”
–¿Cree que son útiles las manifestaciones, como aquellas que no pudieron impedir la guerra?
–Las manifestaciones no sirven de mucho: si uno sale con una pancarta a la calle lo más probable es que reciba el palazo de un policía en la cabeza. Además, la gente se cansa de manifestar.
–¿Basta con las denuncias verbales, entonces?
–Las palabras son todo lo que tenemos. Acaso todos tengamos que decir alguna vez “Hasta aquí hemos llegado”, como dije yo. A las palabras que nos dañan hay que oponerles otras que apunten a construir. Se trata de lento proceso de toma de conciencia y de debate, al que los medios de comunicación tienen mucho para aportar.
–¿Dónde debería iniciarse la discusión?
–Hay tres preguntas fundamentales para el desarrollo de una sociedad. Esas preguntas reveladoras que todos deberíamos hacernos antes de avalar cualquier política, cualquier acción, propuesta o candidatura son: ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Para quién? Esas son las mismas que hacen los chicos hasta que los adultos se resisten a contestar la verdad. También nosotros perdimos la confianza y dejamos de preguntar y de pensar.
–Usted planteó recientemente la necesidad de repasar la filosofía clásica, como una de las cuentas pendientes para este milenio...
–Debemos recuperar la reflexión, el espíritu crítico, la filosofía, para volver a creer en la posibilidad de la evolución colectiva. Debemos quitarnos la venda de los ojos o moriremos desgraciados. A los 80 años, uno tiene la necesidad visceral de contribuir de algún modo a esa evolución. Es muy triste ver que la Declaración Universal de los Derechos del Hombre es un papel mojado al que nadie le da importancia. Es muy triste que las variables económicas no tengan contrapeso y que lo que está por debajo, nada menos que la democracia y los derechos humanos, no tengan peso al lado de aquéllos. Las trasnacionales no emergen del voto popular, por eso es que no son representativas de nadie. Vivimos en una farsa de la que todos somos cómplices: los gobiernos, los sistemas de enseñanza, los medios de comunicación. La posibilidad de dudar es la octava maravilla del mundo, pienso yo. Después vendrá la pregunta: si aceptamos vivir en el neoliberalismo, ¿para qué sirve el Estado? Enójense conmigo quienes no lo entiendan, pero ¡mi obligación es denunciar que el rey está desnudo! ¡Las cosas no son lo que aparentan ser! De si somos o no capaces de reflexionar sobre estas cuestiones depende, en términos históricos, el futuro de la humanidad.

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