CULTURA › LA LITERATURA, LA VOCACION, LA FELICIDAD

La invención de una realidad

–La literatura de un autor o de una época ¿es reflejo de lo que un hombre o una cultura son, o de sus deseos?
–De ambas cosas. Por un lado, la construcción literaria es siempre la construcción de un mundo deseado, es la sustitución de una realidad por otra tal como quisiéramos verla. Desde ese punto de vista, nos define tal como nos soñamos. Pero por otro, es también un reflejo de lo que somos, y define nuestra realidad, siempre que el escritor se esfuerce por mostrar las cosas tal cual son.
–¿Hasta qué punto es voluntaria la decisión de dedicarse profesionalmente a escribir? ¿La vocación se elige conscientemente o se revela como una necesidad no necesariamente racional?
–La vocación se le revela al escritor, y se convierte en una necesidad muy difícil de erradicar. En mi caso, desperté a la literatura muy temprano, porque era el único medio de expresión al que tenía acceso. Todo lo que podía hacer, sentía de chico, era leer y escribir porque organizaba mis experiencias como relatos, y se me volvía imperativo narrar. Mis padres eran los únicos lectores que me interesaban, y con la esperanza de conquistarlos empecé a escribir poemas. A los quince años gané el mayor concurso de poesía de mi provincia, Tucumán. A los 16 gané un concurso de relatos. Pero, definitivamente, la vocación se revela como una habilidad, luego como una necesidad de aprendizaje y como una pasión.
–¿En qué momento de su vida se descubrió escritor?
–En el momento en que el mundo se abrió a mí como relato. Entendí que todo podía ser narrado, y eso me produjo un sentimiento muy liberador.
–¿El proceso de escritura supone en su caso el disfrute o es un ejercicio más bien frustrante?
–Pasé por un período de sufrimiento cuando me inicié en periodismo y no podía conciliar ese trabajo con la literatura, que me interesaba tanto como lo otro. Pero cuando entendí que una cosa no estaba en absoluto separada de la otra, cuando superé el desgarro de lo que hubiera significado la elección de una u otra cosa, lo que vino fue puro e incesante goce. Sobre todo cuando encontré el tono narrativo, mi propia voz. Desde entonces y hasta aquí no ha pasado un solo día en que no la haya disfrutado. Por eso pienso que aquellos escritores que sufren escribiendo deberían revisar su vocación.
–¿Cómo definiría más precisamente eso que llama “la propia voz”?
–Cada uno debe encontrar la forma, personalísima, subjetiva, de expresarse con la mayor libertad de que sea capaz. En el momento en que uno encuentra ese tono a partir del que puede decir todo, esta pasión encuentra su cauce, y ya no hay vuelta atrás.
–¿De qué lo salvó la literatura?
–De la infelicidad, sin dudas.

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