CULTURA › ENTREVISTA AL ESCRITOR ESPAÑOL PEDRO MOLINA TEMBOURY

“Hay que elegir si vivir o contar”

Fue director del ICI y es subdirector de la Biblioteca Nacional de España. Presentó su novela Por pasiones así.

 Por Silvina Friera

Las ciudades dejan marcas lingüísticas por donde se filtran esas palabras que se escuchan todos los días en los bares o en las calles. Y el escritor y guionista español Pedro Molina Temboury, que vivió durante tres años en la Argentina, dice que fue una “gauchada” que coincidiera la publicación de su nueva novela con su llegada a este país para dirigir el Instituto de Cooperación Iberoamericana (ICI). Y fue, muy a su pesar, un testigo privilegiado de las andanzas del por entonces teniente coronel Aldo Rico en Montes Caseros. El impacto de esa etapa de gran inestabilidad política con la que se enfrentó no bien aterrizó en Ezeiza decantó, con los años, en Por pasiones así (Seix Barral), una historia de amor que transcurre en el turbulento Buenos Aires de 1988, cuando un corresponsal de un diario español se instala en la ciudad para cubrir de cerca los acontecimientos y conoce a una misteriosa bailarina argentina de la que se termina enamorando. En la entrevista con Página/12, Molina Temboury confiesa que tuvo la sensación, sin quererlo, de haber sido un agorero porque terminó de escribir esta novela en 2001, cuando el país se sumergía nuevamente en el abismo institucional.
Molina Temboury jugó de local y presentó Por pasiones así en el Centro Cultural de España (el ex ICI). “Yo quería contar un momento de la historia del país 12 años después de transcurridos los hechos, con la distancia necesaria para que no fuera dominante el contexto sino las historias de los personajes. Pero el libro salió justo con la crisis del 2001, que se parecía a la de 1988. Tenía la impresión de que la novela estaba apareciendo en una circunstancia desafortunada”, dice el escritor y actual subdirector de la Biblioteca Nacional de España. Después de su experiencia en la gestión cultural en la Argentina, Molina Temboury regresó a su país para dirigir La Casa de América de Madrid, entre 1991 y 1994, y escribir y coordinar varias series de televisión, entre ellas la adaptación de Carvalho, de Manuel Vázquez Montalbán. “Soy muy sociable porque vengo de una familia con nueve hermanos –aclara Molina Temboury, que nació en Málaga, pero se crió en Madrid–. Mi abuelo, que murió cuando yo tenía once años, escribía libros sobre arte. Recuerdo que me fascinaba verlo escribiendo en su despacho, rodeado de sus libros.”
–¿Qué sentido tenía para usted la gestión cultural cuando llegó a Buenos Aires en 1988?
–En una situación de crisis es cuando más entiendes el sentido de lo que haces porque en ese momento hacía falta traer un poco de aire fresco. Y eso se agradecía mucho, era muy gratificante para mí porque los escritores, los cineastas y en general los artistas estaban deseando escapar. Creo que esto, de a ratos, es un poco una maldición porque en los períodos en que trabajo en la gestión cultural dejo de escribir. Pero los espacios culturales hoy en día son como las catedrales del pasado, son símbolos que expresan mucho el tiempo en que vivimos.
–Usted se define como una persona muy sociable. ¿Se preguntó por qué continuaba escribiendo si el oficio es tan solitario?
–El escritor siempre está obligado a elegir entre vivir o contar. Mientras cuentas, es difícil a la vez vivir. Pero es un equilibrio que hay que combinar porque si aspiras a contar historias que tengan peso, tienes que descansar sobre emociones vividas. No digo que para escribir sobre un asesino haya que haber matado a alguien, pero sí hay que haberse planteado la posibilidad de que pudieras hacerlo. Creo que la escritura y la vida cuanto más unidas vayan, es mejor. Me encanta viajar, mirar otras culturas, establecer irónicamente relaciones y descubrir que en realidad el mundo, por grande que sea, es un pañuelo porque en todas partes los elementos de la comedia humana son los mismos.
–¿Cómo combina la experiencia de escribir guiones de cine con la literatura?
–Son actividades que se complementan y chocan. El guión es un tipo de escritura muy sintética y técnica, pero ayuda a la novela en el sentido de que la desnuda de cosas innecesarias. El guión me ha dado la independencia económica y el hecho de descubrir que cuando te gusta escribir todo es un desafío. A mí me encanta el cine tanto como la literatura, y creo que hoy en día el imaginario de la ficción pasa más por el cine.
–¿Cumplió el sueño de todo escritor ahora que trabaja en la Biblioteca Nacional?
–Eso dice la gente (risas). A mí las librerías me ponen nervioso, la visión de tantísimos libros almacenados me hace sentir lo superfluo de que tú intentes escribir otro libro. En la Biblioteca Nacional hay 16 millones de libros guardados y te dicen que todo lo que pudieras leer está allí. El encanto que tiene la biblioteca de Madrid es que conserva su aspecto tradicional: el salón de lectura es del siglo XIX y tiene ese ambiente del mundo de los libros a la antigua. Pero la biblioteca puede ser una pesadilla para un escritor porque tanto conocimiento acumulado es desanimante.
–¿Qué aspectos están tratando de mejorar en el funcionamiento de la Biblioteca?
–Hicimos un discurso de apertura, “De la biblioteca a la gente”, sobre la base de que hay una cierta manera de orientar las campañas de lectura en el mundo que es un poco cómica, que instala la idea de que leer es bueno. Cuando la gente percibe esta especie de sermón, no lee. Necesitamos desacralizar a la Biblioteca Nacional, que sea un espacio accesible, que cualquiera puede acercarse y usarla. Hay que luchar con las inercias de los propios investigadores que se plantean “cómo van a entrar aquí”. El otro desafío, más complicado, es la digitalización frente a una biblioteca que tiende a ser universal.

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Molina Temboury eligió Buenos Aires como escenario de su novela.
 
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