DIALOGOS › MABEL BELLUCCI, ENSAYISTA Y ACTIVISTA QUEER

“Ser heterosexual no es una decisión personal”

La revuelta social de 2001 y 2002 alzó las voces de diversos colectivos contra una estructura que excluía. En ese contexto surgieron las rondas de pensamiento, concebidas como charlas colectivas. En el transcurso de los primeros años, las rondas –explica Bellucci– estaban orientadas a contar la historia del aborto en el mundo. El debate de los ’70 ocupaba un lugar central. Con el correr del tiempo, la legalización del aborto cobró visibilidad. Bellucci dialogó con Página/12 sobre la historia del movimiento pro aborto que integra.

 Por Natalia Aruguete y Bárbara Schijman

–A propósito de Historia de una desobediencia. Aborto y feminismo, ¿cómo se vinculó con la lucha por el derecho al aborto en la Argentina?

–Es necesario ponerle el cuerpo al aborto, porque el clásico discurso siempre es en tercera persona: “Las mujeres abortan”. No: “Las mujeres abortamos”. Plantearlo así es volverlo cotidiano y de un presente constante; personificar la acción y estar más allá del reconocimiento jurídico y estatal. Encarnamos el ejercicio de un poder legítimo. Lo sustancial es desocultar la ilegalidad a la que está sometido el aborto por los guardianes del régimen heterocapitalista. En mi caso, me hice tres abortos y siempre acompañé a una importante cantidad de amigas que decidieron hacerlo. Fue así que me fui familiarizando con el aborto.

–¿Cómo repercutieron esos acontecimientos en su activismo en el movimiento abortero?

–Tengo 64 años y pertenezco a una generación con más dificultades de acceso a los métodos anticonceptivos, por desconocimiento y prejuicios, que las que me sucedieron. Fue nuestro método anticonceptivo, como lo fue el de mi mamá, mi abuela y mi bisabuela. Es una práctica que realizamos en condiciones desiguales desde tiempos remotos. Desde que tenemos memoria, nuestros cuerpos han sido tutelados bajo la férrea vigilancia del Estado, las leyes y la moral. El aborto fue siempre el método anticonceptivo de todos los sectores sociales. Y hay una cuestión bien interesante en relación con los métodos anticonceptivos: existe un dispositivo biomédico por fuera de la mismísima mujer que determina qué usar y qué no usar. En cambio, el aborto implica una decisión propia, un autoagenciamiento, quizá tomada más en soledad.

–Una cosa es plantear que el aborto es una práctica más difundida de lo que muchos creen y otra es entenderlo como el método anticonceptivo de todas las clases sociales...

–Pregunto, ¿quién no se hizo un aborto? ¿Quién no sabe de alguien que se lo ha hecho? Todo el mundo está al tanto, ¿o me equivoco? Está mucho más enclavado en nuestras vidas cotidianas de lo que una se imagina. Que no se lo habilite y se lo prohíba es otra historia. Mientras los sectores más retardatarios lo enuncian con todas sus letras, durante años del otro lado del mostrador fue ninguneado, negado, se lo mencionaba por sustitutos, se lo maltrataba.

–De acuerdo, pero sigue sin cerrar el plantearlo como método anticonceptivo.

–Las que viven y abortaron muchas veces muestran cierto repudio y fastidio con tan sólo nombrarlo y por eso nosotras, las que constituimos el movimiento abortero, decimos estar orgullosas. En efecto, nos apropiamos de las estrategias de visibilidad del movimiento de minorías sexuales que en 1968 se levantó en Stonewall, Nueva York, al grito de “Orgullo”. Allí prende este ideario de las desobediencias sexuales, de corporizar sexualidades no reproductivas ni coitales. Me parece importante acopiarse y apropiarse de aquellas experiencias colectivas que trascendieron en acontecimientos. Sentir orgullo por algo ninguneado, negado, abyecto, como sucedió en su momento con la homosexualidad y hoy con el aborto, es no sólo visibilizarlo sino también lanzarse a concebir otros modos de vivirlo.

–Se autodefine socorrista y abortera. ¿Qué implicancias tiene asumir esta posición?

–Me dedico a documentar la historia de luchas y conquistas del movimiento abortero. Aquella subsumida dentro de la historia del feminismo blanco y heteronormativo, que no ha sido escrita ni reconocida como tal. Es menester recordar que, a lo largo de casi cuatro décadas en la Argentina, los discursos en torno al aborto voluntario se fueron replicando con escasa renovación argumentativa. Esto lo compruebo al revisar los volantes preparados para ocasiones emblemáticas que reiteran año tras año la misma fórmula: la alianza entre clandestinidad y pobreza acentúa las dificultades de clase y enfatiza su mira en la salud. Prevalecen relatos sanitaristas que repercuten en una sociedad donde sólo el sufrimiento confiere certezas y se acepta como viable. Entretanto, la decisión soberana sobre el propio cuerpo, la sexualidad placentera, el no deseo de la maternidad o de una maternidad como una elección posible pero no única, aún se ampara en reserva. Por eso, hablar de muerte y riesgos para la salud da resultados efectivos de corto plazo.

–¿Y en el largo plazo?

–A la larga, esa estrategia “eficaz” se convierte en la única causa valedera a la que el grueso del heterofeminismo estuvo dispuesto a taladrar y el oyente común, a escuchar. Ahora bien, si con ello se esgrimía alguna punzada ofensiva, desde mi lectura resultó todo lo contrario: la dolencia quedó naturalizada. Se asoció sufrimiento a aborto. Ciertas colectivas cuestionan los lemas clásicos de la lucha por la conquista del aborto desde el momento en que parten de un sobreentendido al identificar la sexualidad humana con la heterosexualidad y con la práctica coital. Aún no se encontraron nuevos emblemas que propusiesen una perspectiva más amplia alrededor de la sexualidad de la mujer y de expresiones de género también opuestas al régimen heteronormativo. Igualmente merece un intento apostar a la superación del contenido heterosexual de la demanda del aborto para que quepa cualquier corporalidad que porte un útero indistintamente de su expresión de género.

–Para la tapa del libro eligió una fotografía en la que se lee “No a la maternidad, sí al placer”. ¿Por qué plantea maternidad y placer como categorías excluyentes?

–Se trata de una fotografía real. Quisiera aclarar que me posiciono desde mi filiación feminista queer, no hablo en nombre de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Sí la acompaño e intervengo porque es un movimiento social que no sólo logró jerarquizar el aborto voluntario sino que también lo federalizó. Anteriormente, su problematización se restringía a los cenáculos citadinos, de clase media, universitaria o profesional. Luego, constituida la Campaña, cruzó fronteras a lo largo y ancho del país.

–¿Por qué esa foto?

–Es maravillosa y resume buena parte del espíritu del libro: aparecen las agrupaciones feministas, sus banderas, un 8 de marzo de 1984, y un lema aun hoy impugnativo que cuestiona e interpela. Plantea un “no” a la maternidad forzada, compulsiva. No al mandato. En línea con las lecturas de la filósofa lesbofeminista Monique Wittig, jaqueo al aborto a partir de la categoría de la heterosexualidad como régimen político. Escribo sobre el movimiento feminista, el lesbofeminista, el LGBT y el movimiento queer; los atravieso y tranversalizo. Esto me permite poner en discusión la heterosexualidad como régimen político. No se decide ser heterosexual.

–¿Por qué no?

–Porque este régimen te precede. La sexualidad no flota en el aire, se sostiene y se reproduce a través de instituciones que son máquinas de captura. Hablamos de la familia nuclear, del amor romántico como ideal regulatorio, de la maternidad forzada y de la conyugalidad. Todos estos dispositivos regulatorios a su manera configuran subjetividades autorreguladas y fuerzan a un binarismo genérico (hombre/mujer) indispensable para su persistencia. A mi entender, esa línea se ha agotado; hay que abrirse a lo no familiar, lo no nacional, lo no racial, lo no generizado. Entonces sondeo en otros modos relacionales sexo-afectivos que también están experimentándose. La mayor parte de la gente no se pregunta qué es ser heterosexual y puede que muera sin saber que se trata de un régimen político. No es una decisión personal. Es una hegemonía y, como toda hegemonía, es un régimen. Por la calle nadie grita “chau, heterosexual”, pero a la marica, a la torta, a la puta, sí se lo gritan.

–¿Y ellos sí eligen o también los precede?

–Justamente, las sexualidades no reproductivas son sexualidades que están a los márgenes de la heterosexualidad como régimen político. Todo el discurso que se levantó durante la presentación de la Ley del Matrimonio Igualitario trataba de interpelar a la heteronormatividad.

–¿En qué consiste el movimiento queer?

–El libro se llama Aborto y feminismo, y no “aborto y mujeres”. Desde ahí ya postulo que el feminismo es un dispositivo político, teórico y de intervención, que cualquiera puede hacer suyo. No se define a través de las genitalidades. El mandato heteropatriarcal mujer = maternidad, que impera tan fuertemente sobre las subjetividades, incide a sentir culpa por desobedecerlo a la hora de abortar. En efecto, cuando abortamos estamos diciendo en ese mismo momento “no a la maternidad”, “no a la sexualidad reproductora”. De esta manera, el feminismo queer tensiona críticamente al sujeto político del aborto. ¿Quién dice que las mujeres que abortan son todas heterosexuales? Eso es sólo posible desde una mirada heterosexual. ¿No hay mujeres bi? ¿No hay lesbianas? ¿No hay hombres trans? Todo cuerpo que porta un útero se embaraza y también aborta. Con respecto a los varones, ¿quién dice que todos los que se acuestan con mujeres son heterosexuales? De alguna manera, convoco a desobedecer esta mirada heterosexualizada que lo único que encuentra a su alrededor son personas heterosexuales, personas forzadas a la reproducción humana. Todos los feminismos convergen en una misma demanda: el aborto voluntario. No hay otras demandas en las que converjan mayoritariamente. Cuando una se define feminista, es abortista. Lo queer también arrima y configura membresías político-afectivas con todo lo que expulsa la heterosexualidad.

–En los últimos años se registró cierta ampliación de derechos ciudadanos. ¿Por qué cree que los avances en el debate con respecto a la legalización del aborto apenas si se perciben?

–Defino el aborto como una demanda anticapitalista. Una práctica que coloca blanco sobre negro en torno a las corporaciones clandestinas: las corporaciones médicas que lucran con el aborto ilegal, los laboratorios que sacan del mercado el misoprostol y lo encarecen enormemente o lo llevan a la clandestinidad. Hay que tener en cuenta, además, que no todas las mujeres somos iguales. Nosotras, blancas, de clase media y universitarias, tenemos privilegios que no tienen otras de otros sectores sociales. Por ello, el aborto viene a tensar esa noción de igualdad y coloca sobre el tapete el tema tan recurrente de las clases sociales. Desde su clandestinidad, dice: “Estas se mueren y éstas no. Estas pueden y éstas no”. E interpela a la heterosexualidad que está revestida por esa maternidad tan querible e impuesta como ideal de toda mujer. El aborto viene a decir: “Mirá, esto también pasa”.

–¿El mayor impedimento para avanzar en su legalización es de orden religioso, cultural o político?

–Todo es del orden de lo político. La cama también. Lo que pone en discusión es el modo en que las instituciones regulan y normatizan los cuerpos. Abortar representa una decisión de libertad, una desobediencia de vida, un poder de facto, un poder de insurrección civil. Todo cuerpo que pueda concebir es tutelado por la sociedad. La necesidad de control concibe al cuerpo como un campo de batalla, como un espacio de poder y dominio, y sobre él tienen derecho a opinar la Iglesia, el Estado, los partidos políticos, el cuerpo médico, el jurídico. En el momento en que las instituciones estatales asumen la potestad de decidir “vos no abortás”, ahí es cuando desobedecemos y abortamos. Nadie habla sobre las sexualidades de los varones heterosexuales; en cambio, sobre las sexualidades reproductivas de las mujeres, sí. Lo interesante es preguntarse cuánto obedecemos. Si hay tanta intervención es porque también hay una alta obediencia. Yo misma sigo abortando cada vez que acompaño a otra mujer a hacerlo.

–¿Cuál es el posicionamiento de los varones frente al aborto?

–Que haya varones en las mesas de debate tiene que ver con la multiplicidad de miradas y sentidos que está adquiriendo el aborto voluntario en este presente. Por ejemplo, el año pasado, en el marco del Encuentro Nacional de Mujeres, en San Juan, se llevó a cabo una marcha contra la minera a cielo abierto. Esa multitud movilizada llevaba como escudo el pañuelo verde, símbolo indiscutible de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Una podría preguntarse qué tiene que ver una cosa con la otra. Sin embargo, así es como se están presentado los embates: cruzados y rizomáticos. Hace poco se realizó en La Plata el III Encuentro del Colectivo de Varones Antipatriarcales. Una vez más la conquista por el aborto legal, seguro y gratuito fue una de las premisas fundamentales. Aunque lo oculten y borren de la agenda parlamentaria, lo cierto es que el aborto adquirió un carácter político tal que ya tiene un lugar conquistado en los medios de comunicación, en especial en los medios alternativos, en las universidades, en los partidos políticos de izquierdas, en el mundo académico y en tantos otros movimientos sociales. Si bien en todos ellos las estrategias de visibilidad e instalación cumplieron su cometido, falta todavía el debate en la Cámara de Diputados. Aún nos siguen violentando con un ninguneo permanente.

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Imagen: Sandra Cartasso
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