EL MUNDO

El matemático detrás del halcón

Donald Rumsfeld, el jefe del Pentágono, es la cara visible de la actual política expansiva de EE.UU., pero no es el único. Aquí, un perfil de su “eminencia gris” y un reportaje a su principal propagandista.

Probablemente, Paul Wolfowitz haya sido el menos sorprendido por los ataques del 11 de septiembre. Durante años, el actual subsecretario de Defensa había estado tratando de convencer al Pentágono de que había que prepararse para lo inesperado, lo raro, lo remoto porque, según él, algo así iba a ocurrir. Sus colegas se burlaban de sus teorías, a las que tildaban de “poco científicas”. Sin embargo, de a poco empezó a ejercer una influencia comparable a la de su jefe, el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld. Y su oportunidad llegó cuando cayeron las Torres Gemelas.
El 14 de septiembre del 2001 declaró que la política norteamericana era “terminar con los Estados que financian el terrorismo”. El 15 de septiembre de ese año, Wolfowitz le dijo a Bush que había que atacar a Irak porque la amenaza más grande contra Estados Unidos no estaba en Afganistán sino en Bagdad. Y Bush, si bien no adoptó esa línea inmediatamente, le dijo cariñosamente: “Seguí en eso, Wolfie”. “Wolf”, en inglés, significa lobo –y Wolfowitz, con sus rasgos acusados, tiene cierto aspecto de lobo–; Wolfie, en este contexto, significaría “lobito”.
Wolfowitz tiene 57 años y, a diferencia de Rumsfeld, un provocador nato, es un hombre frío y calculador. Se graduó en matemática y química y está convencido de que la política exterior se maneja con números. Cuando hizo un posgrado en ciencia política en la Universidad de Chicago, se convirtió en el protegido de Albert Wohlstetter, el estratega nuclear que afirma que para estudiar la guerra atómica hay que ser racional. La novela Ravelstein, de Saul Bellow, está basada en Wolfowitz y en Allan Bloom, su mentor en Chicago. “Es sólo cuestión de tiempo para que Phil Gorman tenga un cargo en el gabinete, algo muy bueno para el país”, dice el personaje de Bloom refiriéndose al de Wolfowitz. En el ‘73, Wolfie entró al Pentágono, donde ayudó a crear lo que luego sería el Comando Central de las fuerzas norteamericanas (Centcom). También fundó el programa de posicionamiento de buques de guerra, médula del depliegue que Estados Unidos haría 12 años más tarde en la Guerra del Golfo.
Durante el gobierno de Ronald Reagan fue embajador en Indonesia, donde apoyó al dictador Suharto –en el poder gracias al golpe que Estados Unidos patrocinó en el ‘65– y lo aconsejó sobre una cosmética “apertura política”. Durante su estadía en Indonesia, su esposa Clare –ahora están divorciados– se convirtió en una especie de primera dama muy popular porque a los 17 había estudiado en Jakarta como alumna de intercambio y habla javanés a la perfección. En el ‘75, Indonesia invadió Timor del Este con armas estadounidenses, una política diseñada por Wolfowitz y Richard Holbrooke, ex negociador para los Balcanes y ex embajador de Estados Unidos ante la ONU durante la administración Clinton. Según el diario Asia Times, la carrera de Wolfowitz es un claro ejemplo de cómo Estados Unidos alimentó a dictadores como Suharto, Chun Doo Hwan en Corea del Sur y Ferdinando Marcos en Filipinas. A pesar de que durante dos décadas Estados Unidos apoyó con plata y tropas a Marcos, durante un discurso que dio en la Fundación Heritage en el 2000, Wolfowitz se llevó el crédito por la caída del dictador filipino. Hoy sigue manteniendo fuertes contactos con la Sociedad Indoneso-Americana, un grupo privado fundado por inversores estadounidenses, y Hasbro Inc., importante grupo inversor en Asia.
En 1989 empezó a trabajar para el equipo que diseñó los planes para la primera Guerra del Golfo. Logró juntar 50.000 millones de dólares entre los aliados de Estados Unidos para financiar la guerra y evitar que Irak abriera un segundo frente contra Israel. Ya en 1990 hablaba de lanzar ataques “preventivos” contra “Estados enemigos que tienen o buscan armas de destrucción masiva”. Fue el que convenció a Bush padre de que empezara la guerra contra Irak y se olvidara de Powell, que insistía con que Estados Unidos debía esperar a que futuras sanciones contra Irak empezaran a surtir efecto. Pero después, Powell logró convencer al presidente de parar la guerra después de liberar a Kuwait. Y Wolfowitz, que quería seguir peleando hasta que mataran a Saddam, se tuvo que callar. Desde entonces, ha pasado más de una década haciendo lobby para que EstadosUnidos eliminara a Saddam y a los talibanes. En febrero del 2001, al ser nombrado subsecretario de Defensa, advirtió que China era “una amenaza para Estados Unidos”.
Desde que en el ‘73 dejó un puesto como profesor en la Universidad de Yale para trabajar con Nixon, Wolfowitz ha trabajado con todos los presidentes norteamericanos, menos con Bill Clinton, al que criticó duramente porque no dio armas suficientes a los opositores iraquíes de Saddam. En 1977 pronosticó que Irak podría invadir Kuwait y amenazar a Arabia Saudita. El gobierno estadounidense le hizo caso y cambió su estrategia de despliegue en el Golfo. Pero en el ‘92, sugirió enviar tropas a Lituania si Rusia trataba de impedir la independencia de esta república y el Pentágono dijo que su idea era un “delirio”. Ahora, no lo diría.
Este es el matemático frío, unilateral, que se encuentra detrás del halcón en jefe. Y, siendo un judío, descendiente de víctimas del Holocausto, se entiende que hace un año y medio, mientras el proárabe Colin Powell desarrollaba una misión de mediación en Medio Oriente, Wolfie apareciera en Washington en una manifestación proisraelí y se dejara fotografiar sosteniendo un cartel que decía: “Estamos con Israel”.

Perfil: Milagros Belgrano.

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Wolfowitz, inmortalizado en una novela de Saul Bellow.
 
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