EL MUNDO › OPINIóN

La sombra de la soga

 Por Robert Fisk *

No quiero sonar alarmista, ¿pero Abdel Fattah el Sisi y sus generales en Egipto están planeando colgar al ex presidente Mohamed Mursi y a sus colegas de la Hermandad Musulmana? Imposible, se podría decir. Nasser combatió a la milicia islámica de Ikhwan con la misma ferocidad de Saddam sólo cuando un “hermano” –un plomero llamado Mahmoud Abdul Latif– trató de asesinarlo en Alejandría en 1954. Los Hermanos, según la policía de Nasser, estaban conspirando para tumbar el régimen –que es exactamente de lo que se acusa a los compañeros de Mursi ahora–. Una vez que se marca a una organización como “terrorista” en Medio Oriente, la sombra de la soga pasa a través de sus miembros.

Ahora que el levantamiento al estilo de Al Qaida en el Sinaí y los coches bomba en El Cairo se han combinado artificialmente –como se sabía que ocurriría– en una “conspiración” de la Hermandad casi tan aterradora como la que Nasser había identificado en su momento, Sisi y sus compinches pueden utilizar los medios que deseen para liquidar un movimiento que ha existido durante 85 años. Ellos fracasarán, por supuesto, entre otras cosas porque como Nasser y Anwar el Sadat –y Hosni Mubarak más tarde– se darán cuenta de que la Hermandad es políticamente corrupta y capaz de confraternizar con cualquier régimen militar para volver a la legalidad. El propio Mursi negoció con Mubarak cuando sus matones estaban disparando sobre manifestantes en la plaza Tahrir. Sisi fue nombrado ministro de Defensa por Mursi.

No, son los pequeños hombres los que pagarán el precio. Tipos como Bassem Mohsen, que protestaba en la plaza Tahrir contra Mubarak –tres de cuyos entonces compañeros han sido condenados a penas de tres años por manifestarse en contra de las nuevas leyes antiprotesta de Sisi– y que luego, durante la tarde, en medio de violentas manifestaciones frente al Ministerio del Interior, recibió un disparo en el ojo por parte de un policía. Aún no está claro si fue víctima de los infames francotiradores de la policía egipcia, de un cierto teniente llamado Mohamed Sobhi el Shenawy, que disfrutaba cegar a sus enemigos desarmados con perdigones de escopeta antes de ser arrestado y enviado a prisión por, sí, exactamente tres años. Por lo tanto, sus miniatrocidades fueron equivalentes para el gobierno de facto a la valentía de los tres compañeros de Bassem Mohsen, que recibieron tres años cada uno por oponerse pacíficamente a las leyes antidemocráticas de Sisi.

Mohsen, sin embargo, pagó el precio más caro. Hace dos semanas le dispararon en la cabeza y en el pecho durante una manifestación contra el gobierno en su ciudad natal de Suez. ¿Una víctima de gatillo fácil policial o manifestantes armados? Nadie, por supuesto, lo sabrá jamás. Bassem Mohsen había luchado contra Mubarak, después contra el régimen militar que lo sucedió, más tarde contra los matones de la Hermandad del presidente electo Mursi, y finalmente contra el nuevo régimen no electo, encabezado por militares, de pie y codo a codo con sus viejos enemigos de la Hermandad. No pudo soportar la matanza de 1000 hombres y mujeres cuando Sisi aplastó la sentada pro Hermandad en agosto pasado. Estaba especialmente furioso por el plan de la nueva Constitución, que permitiría al ejército juzgar a civiles en tribunales militares (un viejo truco de Mubarak, bastante efectivo).

Así, en el futuro, todos los partidarios de la Hermandad serán “terroristas” que merecen la muerte –como los cinco civiles asesinados el fin de semana pasado lo demostraron una vez más– y por lo tanto, un juicio militar y una posible sentencia de muerte. Así es como Mubarak trató a sus enemigos islamistas más intransigentes. Nasser no dudó en llamar al verdugo para decapitar a la Hermandad. Y Sisi, cuyo propio tío era miembro de la Hermandad hace más de medio siglo, ¿qué pretende de Mursi?

¿Y qué de las clases medias liberales y los jóvenes, que –junto con los trabajadores, los islamistas, los pobres, los ancianos y los intelectuales– exigieron el derrocamiento de Mubarak? Muchos de ellos cayeron en la línea después de decirle al ejército que se deshiciera del presidente que ellos mismos habían elegido. Muchos –periodistas, por desgracia, entre ellos– aplaudieron a Sisi por terminar con la Hermandad; por “salvar” a Egipto de la “tiranía” de la Hermandad; por aplastar un “golpe de Estado” islamista organizado por un presidente electo, por matar a tiros, admitámoslo, tantos inocentes.

Ahora bien, estos autores y artistas también están teniendo dudas. Grupos de derechos humanos están siendo acosados, sus miembros arrestados. Es una repetición de la historia reciente más humillante del país. ¿Debe Egipto volver a las épocas de Nasser y Sadat y Mubarak? ¿Mursi debe ser eliminado? Una cosa es encontrar ese rostro gélido de Sisi en un chocolate y otra muy distinta es comérselo.

* De The Independent, de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

Traducción: Patricio Porta.

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