EL MUNDO › COMO ES VIVIR CON COHETES EN ISRAEL Y PIEDRAS EN CISJORDANIA

Los peligros de la frontera

Kassim tiene apenas 15 años y como cinco de experiencia en el lanzamiento de piedras hacia los soldados que están en el checkpoint de Ramalá. Marlaine habita esa boca ciega de los misiles de Hamas que, en cualquier momento del día, caen en las casas.

 Por Eduardo Febbro

Desde Sderot y Ramalá

La vida en la frontera es peligrosa. Los muros y las balas del ejército israelí por un lado, el mar y los cohetes que Hamas dispara regularmente contra las poblaciones fronterizas del sur de Israel diseñan una vida en el borde peligroso de las cosas. A 200 metros del checkpoint de Kalandia, que es la entrada a Ramalá desde Jerusalén, los adolescentes palestinos juegan el juego de varias generaciones: con pañuelos en el rostro y poderosos hondas en las manos lanzan piedras contra “ese ocupante que está en la frontera pero que se nos mete hasta en la piel”, dice Khaled unos segundos antes de estirar el elástico de la honda y lanzar el piedrazo contra media docena de soldados israelíes que custodian la línea israelí. La imagen de desolación ahoga la respiración. Allí enfrente está el muro construido por Israel entre Cisjordania y Jerusalén. Es alto, extenso, helado y vacío como los ojos de un muerto. Frontera urbana, frontera de odio, frontera de humillaciones legendarias inflingidas por el ocupante.

La frontera de Marlaine es casi bucólica. Tiene el mar a un kilómetro, una colina suave a la izquierda y, un kilómetro y medio más abajo, Gaza. Sobre su cabeza hay un cielo eternamente azul y un puñado de misiles que, casi cada día, caen en el jardín de su casa o la de los vecinos. “Es horrible vivir así, siempre con el terror de esos bichos que nos vienen del cielo.” Y tiene razón. Los chicos juegan en los jardines del coqueto kibutz Zekim en medio de esa amenaza y de macetas construidas con los restos de los misiles artesanales que explotaron el año pasado. Zekim, Kissufim, Saad, Nahal Oz, a lo largo de la frontera sur de Israel los nombres de los kibutz pueden cambiar, no la perspectiva del mar, los contornos de Gaza y del “no man’s land” que bordea la frontera y esa boca ciega de los misiles de Hamas que, en cualquier momento del día, caen en los jardines, los depósitos y las casas. Judíos de origen francés, argentino, uruguayo, brasileño y rumano pueblan estos kibutz que Hamas ha tomado como presa. “En cuanto escuchamos la alarma, tenemos diez segundos para escondernos en los abrigos”, dice Marlaine. Pero ella prefiere no correr hasta esa segunda casa de apenas unos metros cuadrados construidas especialmente para protegerse. “Si me cae, que me caiga en mi casa, a donde vine hace 30 años. Esta es mi tierra.”

“Qué son unos viejos misiles del Hamas hechos con papel al lado de lo que nos hace a nosotros la fuerza de todas las armas israelíes”, dice Kassim. El muchacho tiene apenas 15 años y como 5 de experiencia en el lanzamiento de piedras hacia los soldados que están en el checkpoint. Es toda una ceremonia que se repite cada viernes, al final de la plegaria, entre las 12 y media y las tres de la tarde. “Nos pegan, nos encierran con muros, nos robaron las casas, las tierras, mataron a mi hermano mayor y a nuestros padres y, a lo último, nos construyeron ese muro para aislarnos. Vivimos en una cárcel a cielo abierto”, explica Muhammad. A sus ya 19 años enterró a muchos miembros de su familia y no se conmueve por los misiles de Hamas. “Se lo merecen por lo que nos hacen a nosotros”, dice con ironía. En él hay odio, en la frontera sur no. Víctor, un argentino que vino al sur de Israel hace 35 años “buscando una vida mejor”, extraña a los palestinos, igual que Marlaine o Daniel, un uruguayo. “Antes de todo esto, antes del Hamas, trabajábamos juntos. Ellos venían acá, trabajábamos juntos en la tierra, en la colchonería. Hamas y Ehud Olmert lo complicaron todo. Nosotros queremos que abran Gaza, queremos la paz de antes y no la guerra.” El mar es bello, alucinante, todo azul, eterno y libre, distinto a la otra cárcel de Ramalá y su muro gris, sin salida.

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Tropas israelíes y milicianos palestinos combaten ayer en las calles de Ramalá.
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