EL MUNDO › POR LUIS BRUSCHTEIN.

La realidad está entre dos versiones extremas

Es difícil opinar desde el exterior sobre el gobierno de Hugo Chávez. Principalmente porque se sabe todo lo que hizo mal y nada de lo que hizo bien. Lo cual introduce un factor de sospecha sobre la información que circula de ese país. Los grandes medios lo pintaban como un Saddam Hussein latinoamericano y la prensa oficial, raquítica, lo defendía en forma incondicional. Es posible que la realidad se encuentre entre esas dos puntas tan desiguales.
Los medios muestran los actos de protesta contra Chávez, pero a los de apoyo los califican de “turbas” o “bandas de maleantes”. Pese a todo se coincide que tiene más del 30 por ciento de apoyo, y que este porcentaje proviene casi exclusivamente de los sectores más pobres del campo y las barriadas urbanas. Y es probable que en una elección, las cifras sean muy parejas entre el “chavismo” y todas las fuerzas de oposición.
Un sector de la izquierda lo acusa de que no hizo una revolución. Lo cual es cierto, la propiedad privada no ha sido amenazada, ni siquiera puede decirse que haya hecho populismo económico. También es un hecho que allí no se dio un proceso de concentración tan acentuado como en la Argentina y en la mayoría de los países de la región. La oposición lo acusaba de autoritarismo, y denunció presión sobre los medios y los periodistas, lo cual es real y criticable. Pero también es cierto que no había opositores ni periodistas presos, ni medios intervenidos o cerrados y que todos eran furiosamente críticos al gobierno.
En ese contexto, la situación de Venezuela debería resolverse como en los demás países: si el pueblo decide cambiar o no, lo hará cuando llegue la hora de votar. Chávez no es responsable del empobrecimiento de Venezuela ni mucho menos, como sucedió en la Argentina con sus últimos gobiernos. Sin embargo el tono de los enfrentamientos es demasiado duro. Tanto, que la oposición convoca al golpe militar, lo que no hicieron nunca la izquierda ni las fuerzas populares cuando hubo gobiernos de derecha.
Más conocido es lo que hizo Chávez en el plano internacional, como reactivar a la OPEP para defender el precio del petróleo, respaldar a la revolución cubana, ser un defensor del Mercosur, crítico del ALCA y opositor al Plan Colombia. Cualquiera que asuma esas posiciones, será visto por los ojos del gobierno norteamericano como el más folklórico de los tiranuelos, aunque sea más democrático que Thomas Jefferson. Y Washington viene desarrollando una intensa y abierta campaña contra Chávez. La situación interna de Venezuela es cuestión del pueblo venezolano: que la oposición y el gobierno confronten de manera democrática. Pero la exacerbación de los enfrentamientos en un contexto que no los explica y que no es tan distinto al de sus vecinos, que no los tienen así, hace recordar a los cacerolazos contra Allende o a los “contras” en Nicaragua. El gobierno de Chávez debería tener el derecho de cumplir su mandato constitucional. Un golpe militar demostraría que las democracias latinoamericanas tienen límites muy estrechos.

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