EL MUNDO › EL ESTADO ES UN SIMBOLO DEL FRACASO REPUBLICANO

Ohio paga las cuentas de Bush

 Por Rupert Cornwell *
Desde Columbus, Ohio

Todos saben que fue este estado, Ohio, el que finalmente le entregó la Casa Blanca a George W. Bush en 2004. Pero mucho antes, Ohio era famoso por votar por el ganador en casi todas las elecciones presidenciales (FDR en 1944 y John F. Kennedy pueden haber sido las únicas excepciones en el último siglo). Es en parte rural, en parte cinturón industrial, en parte rico en agricultura y en parte alta tecnología. En resumen, es un poco de todo, un microcosmos de Estados Unidos, hasta su rolliza cintura y su propensión por la comida chatarra –Ohio es “redondo en los bordes y con alto colesterol en el medio” dijo un “corresponsal” del Daily Show–.

Esta vez también el estado es un símbolo –no del éxito republicano como hace dos años, sino del exceso y fracaso republicanos–. Este es un lugar adonde todos los pecados del partido gobernante de Estados Unidos han venido a pagar las consecuencias. Algunas elecciones legislativas son locales en sabor, otras son nacionales. Estas elecciones legislativas en Ohio son una mezcla de ambas. En un nivel son un referendum sobre un presidente republicano impopular, sobre políticas republicanas y mala conducta republicana en Washington, desde la guerra contra Irak a los escándalos de Jack Abramoff y Mark Foley, cuyos tentáculos se extienden dentro del estado. Alimentando la revuelta, está la sensación palpable de que es hora de que el otro bando tenga una oportunidad.

Ellos también son un voto de desconfianza en la economía nacional. Ohio en gran parte se salteó los últimos cinco años de recuperación. El desempleo aquí es mayor que el promedio nacional; en 2004 perdió puestos, la tercerización y las indecentes ganancias empresarias y pagos a los altos ejecutivos fueron los temas que casi llevaron a John Kerry a la victoria. En pocos estados industriales resuenan tanto las quejas sobre el salario mínimo nacional, que se mantuvo a 5,15 dólares la hora desde 1997 y que el Congreso controlado por los republicanos se ha negado a aumentar a no ser que fuera ligado a una ley eliminando los impuestos estatales, los impuestos sucesorios.

Pero el paisaje local es igualmente sombrío para los republicanos. Estas elecciones son una oportunidad enviada por el cielo para “sacar a los vagos” después de una serie de escándalos a nivel estatal, abusos que han crecido con los años de gobierno republicano sin oposición. Como Herb Asher, un científico político en la Universidad del Estado de Ohio, observa agudamente: “Es difícil aquí culpar a los demócratas por algo, porque no hay demócratas en el poder aquí”. “Todo va hacia los demócratas –comenta Asher–. Se están llevando la gobernación y podrían ganar otros altos puestos del gobierno estatal. Seguramente van a ganar la banca de Mike DeWine, y podrían lograr un par, quizá tres bancas en el Congreso. A esta altura, la única pregunta es si hoy los republicanos podrán lograr el voto de las bases.”

Pero esta vez será más difícil que normalmente, porque el problema de los republicanos comienza en lo alto, en la legislatura aquí en Columbus. Bob Taft, el gobernador saliente, es descendiente de una de las más grandes dinastías políticas de Ohio, una familia que produjo a William Howard Taft, el 27º presidente, así como a senadores, embajadores y jueces. Este Taft será recordado sólo por los escándalos que culminaron con su propia condena en agosto de 2005 por violaciones éticas. Ese otoño su promedio de aprobación cayó a 6,5 por ciento –que puede ser el más alto nivel de impopularidad jamás logrado por un político estadounidense–. Aun entonces, Taft se negó a renunciar (gracias a la mano de hierro republicana en la legislatura del estado).

Si eso fue malo, el “Coingate” puede resultar una debacle mayor. Thomas Noe, una vez un importante lobista republicano y presidente de la campaña Bush-Cheney en Ohio, ya fue convicto por lavado de dinero. Actualmente está en juicio por cargos de malversación de 50 millones de fondos estatales que invirtió en una extraña fundación de moneda que dirigía. Si fuera condenado, Noé se enfrentaría a diez años de cárcel. Todo sucedía bajo la benigna mirada de Taft.

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

Traducción: Celita Doyhambéhère.

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