EL PAíS › OPINION
LAS CONCESIONES DEL GOBIERNO PARA ACORDAR CON EL FONDO Y LAS ALQUIMIAS POLITICAS

La repetición de los ritos paganos

La suspensión de las ejecuciones motivó una plegaria, atendida. Del FMI. Un conflicto posible entre el Gobierno y sus bloques parlamentarios. Razón y sinrazón del aumento de tarifas. Un congreso partidario que ni en Suecia. Menem y Rodríguez Saá, en decadencia. Las nuevas ofertas electorales: nunca taxi.

 Por Mario Wainfeld

Se repite semana a semana, cual si fuera un rito pagano. Guillermo Nielsen, ladeado por un puñado de técnicos, peregrina hacia Washington. Roberto Lavagna enfila hacia allí unos días después, para afinar los detalles. La semana que despunta mañana no será la excepción y está por verse que sea la última.
El texto básico de la carta de intención está escrito en inglés y viaja, a la velocidad de un mail, desde el centro del mundo a este confín del sur, ida y vuelta, a cada rato. Una parte le agrega enmiendas y añadidos, le da ENTER para que la contraparte lo lea, amañe enmiendas y añadidos y la devuelva. Así, parece, se escribe la historia por estos días.
El ministro de Economía argentino ha sido un negociador duro y consistente, acaso el primero en su cartera en décadas que ha puesto ciertos límites a esa mezcla de arrogancia e ignorancia que suelen adornar a los poderes imperiales, desde siempre pero mucho más en la era de los Bush. Ese ápice de dignidad en la negociación no implica que Lavagna no quiera negociar ni que no pretenda que el acuerdo, finalmente, se urda. En estos días prodigó dos gestos que dan cuenta de esa vocación, aun a costa de encrespar resistencias en la sociedad y el sistema político argentinos: su oposición a que se vuelva a prorrogar la suspensión de las ejecuciones hipotecarias y su anuncio de que está dispuesto a promover el aumento por decreto de las tarifas de los servicios públicos.
La decisión del Congreso de renovar la suspensión de las ejecuciones sorprendió al Gobierno y enfadó ferozmente a los negociadores del Fondo Monetario Internacional (FMI). “Esto es volver al estado previo a la sanción de la Ley de Quiebras”, reprocharon a los representantes argentinos. La Ley de Quiebras y la de Subversión Económica, valga recordar, eran los fetiches de los organismos multilaterales, el puente del burro, la materia que Argentina debía aprobar sí o sí para calificar a los ojos “del mundo”. Lavagna acudió a la metáfora para explicar ante sus pares del Gobierno el desconcierto de los del Norte: “Esto no es un 0,1 o un 1 por ciento más o menos de recaudación. Eso se puede discutir, la línea del FMI puede tener una posición y las máximas autoridades otra. Con esto agraviamos su religión, el dogma mismo”. Y se dedicó, sin perder su usual tono calmo, a despotricar contra quienes no registraron que el Congreso se disponía a renovar la suspensión de las ejecuciones. Un dato cantado –porque la anterior suspensión termina el jueves que viene– que los operadores del Ejecutivo olvidaron.
“Cuando hay jubileo, todos los legisladores se anotan”, se quejan en Hacienda, reprochando falta de cooperación de la bancada oficialista. Los diputados y senadores peronistas replican que están hartos de hacer trabajo sucio y que no serán ellos los que darán piedra libre para que, en un puñado de días, se reaviven más de 53.000 ejecuciones hipotecarias, cuyos acreedores, en casi la unanimidad de los casos, son las desacreditadas entidades financieras.
El ala política del Gobierno no quiere, ni ahí, generarse un nuevo contrincante social, en un momento que lee como propicio a su permanencia y aún a su perpetuación. Economía propone se maquinen mecanismos de arbitraje o de protección a los deudores más desprotegidos pero impulsa que cese la emergencia, en ese rubro. Lavagna rescató un dato de discusiones anteriores: cuando se defendía la posibilidad de pagar impuestos con bonos provinciales, los legisladores y algunos ministros alegaban que esa medida beneficiaría a las pymes. Un estudio oficial demostró que cuatro grandes empresas, que aliviaron sus deudas en 1000 millones de pesos, fueron las beneficiarias de la medida. Economía cree que en este caso también habría que hilar fino pero a partir de reanudar la vigencia de los contratos y los juicios. Por una vez sus reproches no enfilan hacia el Norte sino a la tropa parlamentaria propia. Lo de las tarifas rumbea para un lado similar. Se han mantenido incólumes en un año de feroz devaluación y empinada inflación. Jorge Remes Lenicov, mitad bromeando mitad en serio, se quejaba de la falta de acompañamiento al Gobierno, usando este caso. “Pedían que se pesificaran las tarifas y las pesificamos uno a uno. Que se congelaran y las congelamos. Y nadie lo reconoce, ni lo registra.” Lavagna, que hace un culto en diferenciarse de su precursor en el cargo, opina muy parecido.
El Gobierno cree que es sensato un aumento limitado, segmentado según sectores y con tarifas sociales. Las privatizadas, hábiles lectoras del clima cultural imperante en Argentina, se muestran llamativamente silenciosas por acá pero tienen como paladines de sus intereses a los organismos internacionales.
El argumento central del Gobierno es la necesidad de regresar a “la normalidad” el cumplimiento de los contratos, un capitalismo predecible. Y sería atendible si Argentina atravesara una situación normal. Pero lo cierto es que el default y la salida no planificada ni pensada de la convertibilidad obraron una consecuencia central cuyas derivaciones no se terminan de asumir: todos los contratos dejaron de tener vigencia. Un principio básico del derecho es que los contratos pierden vigencia si se alteran brutalmente las circunstancias que le dieron contexto. Eso ocurrió tras una devaluación pampa y el cese de la regla de la convertibilidad. Si bien es cierto que no se puede, apenas, “congelar”, las relaciones contractuales (tal como ocurre con tarifas y ejecuciones) tampoco se puede, sin más, sacarlas del freezer sin hacerse cargo de las alteraciones de contexto. Ningún sistema capitalista funciona consagrando la impunidad de los morosos o impidiendo todo aumento de precios, en eso tiene razón Economía. Pero tampoco funciona si el cumplimiento de los contratos se hace imposible por obra y gracia de decisiones públicas y el Gobierno se hace el bobo a la hora de pergeñar acuerdos sociales o sectoriales básicos para repartir los costos.
Como fuera, es posible que las deudas hipotecarias detonen dos conflictos al unísono. El de los perjudicados, que podría poner en la calle un nuevo segmento de clase media en picada. En la calle, por falta de resguardo y para reclamar sus derechos. ¿Qué harán esos virtuales manifestantes cuando se topen con las huestes de Nito Artaza, que pretende que se cumpla al pie de la letra lo contratado antes del diluvio?
El segundo choque puede ocurrir entre los legisladores que, desairados por el Ejecutivo, podrían sancionar una nueva dilación de las ejecuciones por 30 días hábiles. Y el Ejecutivo, incitado por Economía, se dispondría a vetar la medida. Duhalde está urgido por cerrar el acuerdo con el FMI y así se lo hizo saber al mandamás del organismo Horst Koehler en una imprevista charla telefónica que en algún despacho de la Rosada se leyó como una velada desautorización a cierta tendencia dura de Lavagna.
La complejidad de lo real
La complejidad de la situación económica y la precariedad del “veranito” que enorgullece al oficialismo saltan a la vista. El superávit comercial es homérico pero revelador de la cruel constricción del consumo interno. La recaudación impositiva, enancada en las retenciones y el IVA, aumenta desatando un incipiente debate acerca de su destino: ¿pagar deuda o mejorar, por caso, el presupuesto social? En el “mejor” de los casos para el Gobierno –mantenimiento de las actuales tendencias, subsistencia de su mandato– ¿es razonable o siquiera decoroso mantener inmutable la prestación a los Jefes y Jefas de Hogar?
Nada es normal en la Argentina aunque en la Rosada y sus arrabales se empecinen en pensarlo distinto. La emergencia no ha cesado, los perdedores siguen siéndolo y volver, sin red, al libre juego de la oferta y la demanda es garantizar la muerte de muchos peces chicos. Y, ya se sabe, lospeces grandes manejan el capital (y las currículas y los posgrados de las Facultades de Economía) pero los peces chicos predominan en los padrones electorales.
Hablando de patrones
El operador peronista bonaerense se manda la parte a la salida de Obras, delante de su flamante amigo, el politólogo sueco que prepara su tesis sobre la Argentina. “¡Qué organización, viejo! Todo bajo control, no parecía un congreso de perucas sino uno de algún partido socialdemócrata escandinavo.” El sueco se encoleriza un poco, le señala que los congresos en su país incluyen debates, propuestas programáticas, documentos en discusión. En éste, prácticamente, pasaron lista y se fueron, destaca, algo decepcionado. De eso se trataba, precisamente, le replica el cuadro del conurbano: de contar congresales y nada más. El poroteo le dio fenómeno al duhaldismo que demostró férreo control sobre el órgano partidario y desnudó la soledad de Carlos Menem entre la dirigencia justicialista.
El armado partidista ha sido una perdurable obsesión de Eduardo Duhalde y a fe que lo ha hecho bien. No ha podido, en cambio, jamás de los jamases ser un líder reconocido del peronismo, ni siquiera cuando llegó a ser su candidato presidencial. Su estilo no conmueve a sus compañeros y su condición de bonaerense incentiva enconos locales que se remiten al fondo de la historia argentina, cuyas secuelas persisten aún en la aldea global. El cónclave de Obras potenció una tendencia triunfalista que viene creciendo en el Gobierno desde que empezó la primavera. Adolfo Rodríguez Saá sigue sin dirigirle seriamente la palabra al duhaldismo pero ya no tiene el rango de un candidato invencible. Viene enhebrando errores y traspiés. El mayor, seguramente, fue no cerrar la fórmula presidencial con un peronista, relegándolos a manos de Melchor Posse que poco podrá sumarle. Las tropelías del gobierno de su provincia hacia una jueza le hicieron poco favor pero, sustancialmente, el sanluiseño da la sensación de haber perdido el rumbo de su campaña y hasta su contagioso buen humor. Sigue conservando buena posición entre los más humildes que votan al peronismo pero no consigue trascender más allá.
Menem acusó el golpe de la contraofensiva duhaldista. Gotea sus apariciones públicas, sofrena a sus allegados cuyas críticas al duhaldismo tienen una moderación que no suele ornar las rencillas peronistas. De todas formas, sería apresurado dar por muerto al hombre de mayor voluntad política de la Argentina. En los próximos días, prometen sus fieles, habrá de jugar fuerte en el Senado acicateando una ruptura de bloque que, dado el peso relativo del menemismo, puede dar más de un dolor de cabeza al Gobierno.
Néstor Kirchner y José Manuel de la Sota, cual varones de Plutarco, viven vidas paralelas en pos de prosperar en las encuestas, hacer pie en la provincia de Buenos Aires y amarrar algún consenso perdurable con el duhaldismo. En tanto, la dirigencia oficialista promueve el cumplimiento de una de sus profecías, la reactivación del mercado interno, contratando consultoras para que sondeen fórmulas y escenarios electorales de lo más surtidos. Nada es definitivo y nada es descartable en ese terreno y la fecha de las elecciones es, en ese juego, una variable que los peronistas mueven con desaprensión.
El lanzamiento electoral de Elisa Carrió producido formalmente ayer, amén de abrir una alternativa de oposición, podría alterar la “pax duhaldista”. Si la líder del ARI recuperara la intención de voto que tuvo, digamos, hace cuatro meses los justicialistas perderían la percepción (hoy válida) de que son los únicos que juegan en pos de los dos primeros lugares del podio. Lilita se demoró a la vera de Luis Zamora, siendo que sus estrategias son distintas y desdeñó –quizá demasiado rápido– laperspectiva de un frente electoral con Kirchner y Aníbal Ibarra. Así y todo, en el páramo de la política nativa, hasta ahora asoma como la única candidata que propondrá, en las urnas, algo diferente a más de lo mismo.
Chiches nuevos
Nadie puede asegurar que haya internas pero, si así fuera, el apellido Duhalde campeará por sus fueros. Eduardo será candidato a presidente del PJ, dan por hecho en Balcarce 50. Y algunos se excitan con una eventual postulación a Presidente. Delirios dirá el lector y por ahora pinta así pero en las pampas, sucursal de Macondo, pueden devenir realidades en un abrir y cerrar de ojos.
Pero un Duhalde no parece ser suficiente y el nombre de la primera dama empieza a sonar como posible candidata a vice. La responsable del área social del Gobierno ha cultivado con cuidado su imagen pública. Es, desde la restauración democrática, la primera dama con más influencia y poder político pero se guarda mucho de ostentarlo y de revelar flancos débiles en su actitud personal o su estructura familiar. Así su imagen es alta, comparativamente. “Chiche es percibida como una dirigente que se preocupa por la gente”, desmenuzó uno de los más conspicuos consultores del peronismo y suscitó entusiasmos en las filas duhaldistas. Desde luego, queda mucho por caminar y por medir, falta un candidato consistente a Presidente tan luego, pero la euforia cunde en la Casa Rosada y aledaños.
Todas las semanas, como en un rito pagano, los hombres de Economía, enfilan hacia el Norte en pos de un acuerdo que no termina de llegar. Todos los días los hombres del Presidente, cual alquimistas, combinan elementos en pos de urdimbres electorales que, de momento, sólo a ellos conmueven.
La sociedad argentina se maneja por otros carriles, a la espera de que, alguna vez, haya gobierno, haya Estado, haya crédito, haya esperanza. Bienes que, altri tempi, ofreció el trémulo mercado interno y que hoy, en estos parajes, no se consiguen.

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